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Guatemala, domingo 26 de octubre de 2008

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Domingo:

Relatos del Día de los muertos

Alrededor de las máscaras, el cementerio, el plato de fiambre y la conmemoración de los difuntos se cuentan historias que no siempre tienen autor ni explicación. 

Paola Hurtado

Fuente menor Fuente normal Fuente grande

Mensaje en la pizarra

Patricia González
–Periodista–

En 1984 acabábamos de mudarnos a nuestra casa de Antigua Guatemala, y con mis hermanas pasábamos los días desocupando cajas y acomodando ropa. Teníamos muchas cosas viejas, entre ellas un pizarrón que mi papá usó cuando fue maestro en los años cuarenta. Era como los de antes: verde oscuro con marco verde claro. Mi papá siempre lo mantuvo muy limpio y con las barritas de yeso de colores colocadas una detrás de otra. Después que él murió, mi mamá lo mandó a restaurar y lo colocó en el garaje para que dibujáramos y practicáramos matemáticas. A veces el pizarrón servía para dejarnos mensajes como “regreso en media hora” o “no se les olvide que hoy es cumpleaños de la fulana”, cosas así.

Se llegó el Día de Todos los Santos y era tanta la emoción por la nueva casa, que no fuimos al cementerio a dejarle flores a la tumba de mi papá. Durante la cena, mi mamá dijo: “Ay, patojas, no fuimos a dejarle flores a papi...nos ha de haber extrañado”. Entonces mi hermana mayor contestó: “Él no nos extraña porque vive aquí con nosotras”. Sonreímos y ninguna hizo más comentarios.

Esa noche, todas oímos claramente que alguien escribía en el pizarrón. Los golpes del yeso eran inconfundibles. Yo les dije a mis hermanas: “Mami ya nos está poniendo tarea para mañana”. Ellas agregaron: “Sí, y como está escribiendo rápido y fuerte de plano que es un montón”. Segundos después mi mamá salió de su cuarto y nos regañó: “¡Ustedes no se cansan de escribir en el bendito pizarrón!”. Las tres corrimos asustadas hacia ella. Ninguna salió de la casa hasta el otro día, cuando encontramos la pizarra muy limpia y los yesos ordenados, uno tras otro.

Con los calcetines mojados

Harry Fernando Samayoa
–Auxiliar de abogado–
Empezaré contando lo que me pasó la noche del 31 de octubre de 1992. Mis papás habían ido a una graduación y yo decidí jugarle una broma a la empleada de la casa. Ella estaba en un cuarto acomodando ropa y yo, muy calladito, le tiré un bodoque de papel de baño mojado que se quedó pegado en la puerta. Ella gritó y yo me escondí aguantando la risa. Luego ella bajó al primer nivel y yo le hice creer que estaba en la regadera, pero sin querer se me mojaron los calcetines. Cuando escuché que estaba subiendo las gradas dejé caer una pelota de sóftbol. Ella, más asustada, salió corriendo hacia el segundo nivel y yo corrí hacia mi cuarto para esconderme, pero se me resbalaron los calcetines y me golpeé la espinilla con el marco de la puerta. Casi lloro del dolor...

Pero lo realmente feo me pasó al siguiente día. El 1 de noviembre nos reunimos en mi casa con toda la familia para comer fiambre. Es la única vez en el año que nos juntamos y siempre la pasamos muy bien. A las cuatro de la tarde estábamos refaccionando y tomando café, cuando tuve una sensación muy extraña. Sentí como si alguien andaba cerca. Volteé a ver y vi una especie de sombra pequeña. Me levanté tratando de acercármele y vi que era una niña. Ella subió las gradas y yo la seguí. Entró a un cuarto y, al entrar yo, no encontré a nadie. Sentí un miedo inexplicable. Cuando regresé a la mesa, mi abuelita me dijo: “Yo también la vi”.

Directo al corazón

Alma Irene Chávez
–Consultora de proyectos y chef–

Tengo un tío, el único que me queda vivo, que tiene una peculiar historia del Día de los Muertos. Era 31 de octubre de hace muchos años y en Tecpán, su pueblo, estaban engalanando los panteones. El mausoleo de su papá, o sea el de mi abuelo, estaba bastante descuidado y mi tío le pagó a un muchacho, el sobrino de mi abuelo, para que lo pintara de blanco. Hubo gente en el cementerio que lo vio hacer el trabajo muy esforzadamente, y cuando la pintura ya estaba seca, lo vieron acostado sobre la tumba, descansado y como midiendo si era de su largo. Al salir del cementerio, el patojo se encontró con tres hombres pasados de tragos que discutían. Habrá estado como a 50 metros cuando uno de los que peleaban sacó una pistola y disparó al aire. Era un tipo que no tenía pulso ni costumbre de usar armas. Si hubiera intentado acertarle a alguien habría fallado. Pero para la mala suerte del muchacho la bala le pegó en la mitad del corazón. Cayó muerto en el instante.

“Volá, que se hundió tu pueblo”

Eddy Castillo
–Periodista–

El 1 de noviembre que recuerdo muy bien fue el de 1998, porque ese día el huracán Mitch comenzó a hacer destrozos. Yo estaba en Guadalajara, México, y escuché en las noticias que toda Guatemala estaba inundada. Decían que había lugares tan anegados que los ataúdes salían flotando de los cementerios. Se hablaba de cientos de muertos y de pueblos que se “habían desaparecido del mapa”, entre ellos el mío, Oratorio, Santa Rosa. Yo pensaba que no iba a encontrar nada. Por las lluvias no pude salir de México, sino hasta en la tarde del día 2. Llegué a Oratorio con mucho miedo y, para mi sorpresa, estaba enterito. Se había desprendido un pedazo de cerro y cayó sobre la casa de una familia a la que le decían “Los Chiribiscos”. Se murieron diez personas. El único sobreviviente contó que se salvó porque cuando escuchó el ruido salió corriendo. Quedaron soterrados todos sus hijos y su esposa.

Para que me recuerden

Julia Corado
–Periodista–

Esto pasó hace unos 20 años en nuestra casa. La abuela vivía con nosotros, mi abuelo había muerto hacía muchos años. Estábamos platicando y comiendo, mi abuela hasta estaba tomándose la cervecita, cuando se apagó el foco del comedor, sólo ese, y se volvió a encender. En ese momento, una bolsa con frijoles que teníamos sobre la refrigeradora salió volando y al caer se desparramaron los granos en el piso. Todos nos quedamos viéndonos, callados, preguntándonos qué muerto nos había llegado a saludar.

Terror a todo galope

Luis Ángel Sas
–Periodista–

Un amigo y yo platicábamos en la puerta de mi casa, una Noche de Brujas, cuando de pronto se oyó un galope. Yo vivo muy cerca de la carretera a San Pedro Ayampuc, donde aún hay gente que se moviliza en caballo. “¿Quién será a esta hora?”, dijo mi amigo. “De plano que alguien que le agarró la tarde, ¡vamos a ver!”, le propuse. Nos asomamos a la orilla de la carretera, pero no había nada. Volvimos a mi casa y volvimos a oír el “tacatá, tacatá, tacatá”. Mi amigo se fue casi corriendo y yo, solo en mi casa, seguía oyendo el trote. Fue horrible. Mi mamá no estaba, sólo mi hermanito de nueve años y yo. Lo abracé fuerte y el ruido no se iba, no se iba. Y así, aterrorizado, con el tacatá, tacatá, me quedé dormido.

“Espíritu, materialízate”

Un hombre (todavía) asustado
–Abogado–

Esta historia no ocurrió un Día de Muertos, pero los testigos creen haber contactado a un difunto y casi se mueren del susto. Un grupo de estudiantes de Derecho de la Universidad Francisco Marroquín fuimos, en 1997, a la casa de un amigo en Antigua Guatemala. Como a las 11:00 de la noche, un amigo nos convenció de que jugáramos ouija. Había leído un libro en latín de cómo los romanos invocaban a los espíritus y quería probar algunas técnicas. Éramos como siete personas. Nos encerramos en un cuarto, encendimos una candela y apagamos la luz. Cuando hacíamos preguntas, el marcador se movía incoherentemente sobre el tablero de la ouija, hasta que nuestro amigo comenzó a hablar en latín y pidió una señal. La llama de la candela se agrandaba y achiquitaba. “Eso no es suficiente, quiero una señal más fuerte”, decía en español mi amigo. Nosotros, que ya teníamos miedo, le decíamos: “Vos, callate hombre”, pero no nos hizo caso. “Si tienes poder, materialízate en el siguiente minuto”, ordenó. A mí me temblaban las piernas y los demás estaban igual. Pero nuestro amigo nos había indicado que ninguno podía levantarse porque el espíritu se quedaría suelto.

Yo estaba sentado de espaldas a una pared y los demás alrededor mío. Nuestro amigo insistía: “¿Te vas a materializar o no?”, “¿O no puedes?”, “¿O no tienes poder?”, y nosotros le pedíamos: “Mano, ya callate”. La llama se hizo mucho más fuerte y mi sombra en la pared se hizo más notoria. Entonces mis amigos pusieron cara de pavor y yo apenas vi de reojo: yo seguía sentado, pero mi sombra se levantó y tenía pelo largo y barba. Y luego volvió a su tamaño normal. En el tablero se formó la frase: “Quiero hablar con alguien”, y sonó un teléfono celular. En la pantalla decía “número no identificado”. Sonaba y sonaba y el tablero decía: “Que alguien conteste”, hasta que se cortó la llamada. Nuestro amigo, el retador, estaba muerto de miedo, y apenas podía pedir: “Váyase, váyase”. Y sí, se fue, pero antes deletreó: “Me voy a materializar ante uno de ustedes en las siguientes tres noches”. Era el comienzo de la Semana Santa y todos la pasamos muy mal. Yo me fui al puerto con dos de estos amigos y todas las noches hicimos vela para cuidarnos.

Un día bomba

Un hombre (todavía) fugitivo
En mi pueblo, como en la mayoría de pueblos, los deudos llegan a adornar las tumbas de sus muertos desde la noche del 31 de octubre. A la medianoche, el cementerio está llenísimo. Y fue a esa hora cuando hace algunos años, un grupo de amigos colocamos una bomba panfletera en el campanario. Al oír el estallido la gente corrió a ver de qué se trataba, y encontraron volando cientos de “boletines” con los chismes del pueblo durante todo el año. La mayoría se trataba de infidelidades y traiciones. Eran crudos e impiadosos, pero, eso sí, cuidamos mucho la ortografía y procuramos que no tuvieran tantas malas palabras. La gente se espantó mucho, pero todos los leyeron, incluso hicieron falta más. Al siguiente año volvimos a colocar la bomba: a las 12:00 horas la gente ya esperaba el boom que lanzaba las hojas. Los pasquines se volvieron una tradición que por poco nos cuesta la vida. Cada 31 de octubre, el pueblo se tronaba los dedos pensando qué iba a publicar el boletín. El grupo tenía “reporteros” encargados de recolectar a lo largo del año los chismes. En el Puerto de San José encontraron “caído” a más de un pastor pasado de tragos o muy encaramelado con una “amiga”; en el campo de fútbol descubrieron apretujados a la señorita más engreída con el más vulgar del pueblo. Maestras en amoríos con el padre de algún alumno. O profesores de amantes con una ex alumna. Hombres casados saliendo del motel con la que no era su esposa. Marufias de la administración del Alcalde. En cada pasquín incluíamos unos 50 chismes: familias pobres y adineradas, empresarios y servidores públicos se iban parejo. “Vamos a mandar a matar a los que lo hicieron”, amenazaban los afectados. Una familia ofreció Q10 mil por nuestras cabezas. Para despistar, cambiamos de lugar la bomba, y era tanta la demanda de los pasquines que colocamos más en otros puntos. Hubo un año que hicimos explotar cinco bombas a la medianoche, con 1,000 boletines cada una. Una fotocopiadora los vendía al otro día a 15 centavos. La colocación de las bombas se nos hacía cada vez más difícil. Había policías y vecinos con palos tratando de pescarnos. Pero como era Noche de Brujas, y mucha gente andaba por ahí disfrazada, nuestras máscaras nunca generaron sospechas. Además, no éramos tontos: imprimíamos los boletines en la capital, transportábamos las cajas con disimulo, nunca andábamos en grupo y la regla fue nunca revelar el secreto. Hace como tres años abandonamos la práctica. Ya no hubo tiempo ni ganas y, en realidad, maduramos: tomamos conciencia de la zozobra en la que sumimos al pueblo durante diez años. Nunca nos descubrieron.
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4 comentarios:

  1. ana karen: (2010-10-12 19:05:06 horas)
    pzz... ami me ocurrio lo siguiente era un dia de brujas ii pzz.. todo mi famili feliz de ese dia entonces mi tia nos conto qe cuando fue a ver a su hija al cuarto dice qe vio aun niño peqeño qe jugaba con los juguetes de su hija ii bn dice qe se asusto demasiado qe cerro la puerta ii a los 10 min la abrio de nuevo ii ya no avia nada eso si fue ATERRADOR!!!!!!!!!!!
  2. Jorge Guzman Cazali: (2008-10-27 14:13:59 horas)
    Historias de espantos y espantados, mi familia tiene una ráfaga de historias para contar, y un día me daré a la teres de recopilar esas leyendas de la casa, que tan interesantes y sobrenaturales me parece, cabe mencionar que en todas ellas, no hay espantos, son sucesos sobrenaturales, de despedidas o saludos del más allá. Quién sabe, es bueno establecer relación con esos sucesos, solo espero el próximo y veré si puedo hacer algo!
  3. Luis Solares: (2008-10-26 23:34:54 horas)
    Verdaderamente interesante y ameno este reportaje. Así como hay leyendas clásicas de nuestra bella Guatemala, narradas por diversos autores, como nuestro gran Miguel Angel Asturias, o nuestro querido Celso Lara, sería muy interesante que El Periódico organizara una recopilación de historias de este tipo, como una labor editorial y que saliese incluso a la venta, o como suplemento del mismo diario, pero extenso y año con año. Felicitaciones a Paola Hurtado y al equipo de redacción.
  4. BELEN SOLEDAD LOPEZ: (2008-10-26 13:05:34 horas)
    ESTO QUE VOY A COMENTAR CASI NO SE LO DIGO A NADIE PORQUE EN DIFINITIVA NO ME LO VAN A CREER. SIEMPRE ME HA PASADO ESTO PERO CADA VEZ ES CON MAS FRECUENCIA. SUCEDE QUE POR EL ANGULO DE MIS OJOS PERSIVO QUE VEO UNA IMAGEN Y OTRAS VECES ES COMO SI ALGO PEQUEÑO PASARA MUY RAPIDO POR MI LADO. CUANDO FALLECIO MI ESPOSO, QUE DE ESTO YA HACE VARIOS AÑOS. YO TENIA QUE TRASLADARME DESDE GEORGIA HASTA LA FLORIDA PORQUE TENIA QUE VENTILAR UNA CASA QUE TENIA EN LA PLAYA Y NO VIVIA NADIE ALLI POR ESO VIAJABA SOLA. EN VIDA DE MI ESPOSO LO HACIAMOS LOS DOS JUNTOS Y EL TENIA LA COSTUMBRE DE PASARME LA MANO POR LAS PIERNAS Y CUANDO YO LO HACIA DESPUES QUE EL FALLECIO MUCHAS VECES PODIA SENTIR ESO. ESTA ULTIMA VEZ QUE VIAJE SOLA MANEJANDO 6 HORAS NO ME OCURRIO ESO.....CREANLO O NO ESA ES MI VERDAD....
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