Noviembre: elevar los ojos y encontrar nubes harinosas escarceadas por altos cielos azules.
María Olga Paiz mopaiz@elperiodico.com.gt
Arranca con la alegría.
Con la debida precaución, eso sí, al caminar por la banqueta para que
los pies no se precipiten entre uno de los cientos de hoyos sin
tapadera que nos ha dejado el afán exportador de cobre.
En noviembre El Viento se deja oír y qué bien silba el chiflón,
mientras busca agujeros para colarse hasta esquinas y rincones donde se
junta el polvo y las escamas, y las hojas secas. En este mes, su mes,
no está dispuesto a ser ignorado. Levanta cenicientos remolinos que
hacen danzar, a veces, un vals y otras una polca a la basura que
insistimos en tirar a la calle. Andamos por ahí guardando en los
bolsillos las manos, como quien dice no he sido yo, pero Él las busca
hasta encontrarlas en su escondite cálido y las obliga a que se
restrieguen en pantomima suplicante. Para Él todo es juego. Riega
agujas de pino viejo por los techos, revuelve los cabellos y levanta
las faldas, y nos encontramos sonriendo unos con otros de sus
chiquilladas. Nos alboroza los ánimos caídos por la frustración ante la
injusticia y la muerte incomprensible que aquí siempre nos ronda.
Espabila hasta las ánimas de los difuntos, que haciendo una excepción
en su eterno descanso, se avienen a soplar para arriba y ayudar a que
los niños encumbren sus barriletes. Nada se compara a la tensión
jubilosa del hilo, cuando nuestro enclenque pájaro mensajero ha logrado
montarse sobre el corcoveante lomo del Viento Norte su larga y
majestuosa cola del pájaro serpiente cimbreando en el cielo.
Los deudos tienen que esforzarse mucho para impedir que su aliento
apague la llama de las mil candelas y veladoras que iluminan las tumbas
de los difuntos.
Noviembre arranca con la alegría de la mesa compartida con los más
queridos, tanto vivos como los que ya han remontado el vuelo. Y claro,
como no todo podía ser bueno, también nos trae la cuenta regresiva para
el que, injustamente, llaman el mes más lindo del año.
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