Pasémonos al cine, porque esta semana se está exhibiendo comercialmente la película nacional Gasolina de Julio Hernández, ganadora en el Festival de Cine de San Sebastián...
Méndez Vides / Viaje al centro de los libros mendezvides@itelgua.com
Pasémonos al cine, porque esta semana se está exhibiendo comercialmente la película nacional Gasolina de Julio Hernández, ganadora en el Festival de Cine de San Sebastián del premio a la mejor película en la categoría Horizontes Latinos. Una verdadera proeza para nuestro país y una película muy particular porque tiene como ventaja ser diferente. La cinta no anda por caminos trillados, sino es una realización fresca y sabrosa, filmada prácticamente de noche, porque la historia empieza al atardecer de un día que podría ser viernes, y concluye de manera impresionante al amanecer siguiente en una playa gris y sucia, frente a un barco carguero, lo que le da un color vetusto y de sombras a la Guatemala proyectada, como diciendo metafóricamente que por acá vivimos de noche, a oscuras, en medio de una pesadilla. Los actores aficionados siguieron espontáneamente el juego que les instruía el director, siendo espontáneos y naturales, lo que nos recuerda las cintas italianas de posguerra en blanco y negro que tanto nos impresionaron en algún momento. Las colonias son sitios desolados en los alrededores de la ciudad, amplios terrenos llenos de lotes sin construcción, junto a obras a medias y casas cerradas entre rejas y alambradas sobre los muros para evitar el paso fácil de los delincuentes. Viviendas en colonias apartadas de la ciudad y de cualquier parte, donde los tres adolescentes protagonistas se sienten atrapados, aburridos, porque no pueden salir ni divertirse ni entretenerse si no encuentran cómo movilizarse. Para ellos la vida se reduce a conseguir dinero para comprar gasolina. Y como no tienen, la roban a sus vecinos, o aprovechando un error en la gasolinera. Los muchachos viven aburridos, en medio de un mundo de adultos a quienes no respetan: padres, guardianes… Todo es un juego y la vida un absurdo. Los jóvenes mestizos están maleados, acostumbrados a la violencia, ven el robo como algo natural, son irreverentes y libres, transgresores ante los adultos, pero sumisos ante el único personaje blanco, con auto agrícola, que aparece en escena, a quien llaman Don Raúl. La imagen que se respira de Guatemala es agobiante, pero no nos engañemos, la película retrata un malestar real, aunque el director tuvo la magia de hacerlo de manera divertida, porque la acción es ocurrente y sorpresiva, porque uno no puede evitar carcajada tras carcajada en medio del drama. Tiene esta película la fuerza y autenticidad de lo original. Habrá quienes se resistan a creer que lo aquí representado es Guatemala, y otros lo considerarán hiperrealista, pero yo me limito a decir que me gocé la película y me parece una feliz realización nacional, la mejor hasta el momento.
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