Editorial Magna Terra presenta hoy el nuevo libro de cuentos de Gloria Hernández, “Ir perdiendo”.
Por: Marta Sandoval
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Perder puede ser un arte. Hay artistas que dejan las llaves del carro en cualquier café, la billetera dentro de la refrigeradora, al perro en el veterinario, o a los niños en el supermercado. Se puede perder todo, y perder es una forma de encontrar. Pero si algo no pierde Gloria Hernández es el deseo de escribir, la inspiración y el consejo de las musas. En su nuevo libro, Ir perdiendo reflexiona sobre ese arte de los despistados. En esta época en la que se alaba a los ganadores, el título de su libro “Ir perdiendo” rompe los esquemas. ¿Hay que aprender a perder? – Yo creo que sí, que tal vez necesitamos una dosis de humildad para entender que no siempre se gana. Sin embargo, en la pérdida también hay ganancia. Es decir, está el aprendizaje, o sea que no se pierde totalmente. Por otra parte este título tiene el detalle del gerundio. Ir perdiendo quiere decir, ni más ni menos, que todavía puedes ganar. También está la posibilidad de reinventarse, de renacer o empezar de nuevo, como las protagonistas de “Angelina” y “Las vísperas”, ¿el final de las búsquedas internas nos lleva a otro comienzo? – Exactamente. Pero no sólo en Angelina y Las vísperas los personajes tienen esa posibilidad. En este libro intenté reunir historias cuyo hilo conductor fuera la posibilidad de renacer, como tú dices, a partir de la pérdida. A mí me llama la atención el tono de queja que se acrecienta en esta sociedad. Queja por todo, sin darnos cuenta de que todos los días tenemos la puerta abierta al cambio, a la probabilidad de ser otros, mejores, sin dejar de ser nosotros mismos. Su libro es a la vez una invitación que hace al lector para leer por ejemplo a Elizabeth Bishop y Sylvia Plath, ¿cómo le han marcado esas lecturas? – Bueno, creo que mucho. Por una parte, la poesía, como la de Bishop y otros tantos, me ha influenciado en la manera de escribir prosa. No sé cómo funciona exactamente. Pero, leo poesía, sueño historias y escribo en prosa. En ese orden. Cuando lo intento de otra manera, simplemente, no me sale nada. Por otro lado, reconozco la influencia de Virginia Woolf y Sylvia Plath, mis suicidas preferidas, en mi escritura. Hay algo en ellas personalmente y en su estilo de escribir que me ha cautivado siempre. Quizá me identifico con ellas en la sensación de que no le gano a la vida, de que no logro llenar un vacío, de que el tiempo no me alcanza. Julio Cortázar hablaba del lector cómplice, que se involucra en los juegos del autor, ¿cómo es su lector ideal?, ¿cuando escribe, lo hace pensando en alguien o para usted misma? – Nunca pienso en alguien en especial cuando escribo. Ni siquiera en mí. Escribo y deseo que alguien, quienquiera que sea, lea mis historias y se acuerde de las suyas. Que si yo hablo de una canción preferida como Misty, en el cuento del mismo nombre, el lector se recuerde de su propia canción y los efectos que pueda causarle personalmente. En sus cuentos hay alusiones a la magia y a lo sobrenatural, ¿qué significan para usted? – Más bien creo que hay alusiones a los sueños que están cargados de magia. Para mí, la magia de los sueños es de suma importancia. Ahí en ellos radica el germen del arte en general. Mozart, Dvorak soñaban su música. Muchos pintores sueñan colores insólitos y se despiertan a intentarlos en la vida real. Estoy segura de que don Rafael Arévalo Martínez soñaba sus increíbles cuentos también. Sólo hay que saber escuchar, estar atentos a esa voz interna que nos habla cada noche. ¿Qué piensa del poder catártico de la escritura?, ¿es una buena cura para el alma? – Mira, sí, la escritura posee cualidades curativas. Hacer catarsis por medio de la palabra escrita resulta una terapia inmejorable. Y quizá todos empezamos por ahí a escribir. Sin embargo, la literatura es otra cosa. Esa escritura inmediata no sirve de nada sin el trabajo. Y sin el desapego también. Hay que saber que de diez cuentos que una escribe quizá uno tenga posibilidades y a ese hay que dedicarse a pulir y a limpiar. |
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