Qué poco entendemos de nuestra arquitectura. Qué negados somos para atrevernos a interpretarla, a ir más allá de lo evidente y de lo totémico.
Rosina Cazali / No lugar rosinacazali@gmail.com
Qué poco entendemos de nuestra arquitectura. Qué negados somos para atrevernos a interpretarla, a ir más allá de lo evidente y de lo totémico. Cuando se habla de logros arquitectónicos es en términos predecibles, se exalta la gran construcción, la belleza del edificio emblemático de épocas modernas y de aquellos que resumen nuestro tímido afán por la contemporaneidad. Como contrapunto de lo que es considerado buena arquitectura se sugieren reglas, basadas en todo aquello que supuestamente no hay que hacer: se desecha la arquitectura adjetivada como.outsider, las construcciones producto de las remesas que recrean las expectativas del migrante y de la intuición, o aquellas que han heredado el ímpetu del ser humano por trascender toda lógica de proporción o ley de gravedad. Si mucho se ven con condescendencia sin dejar de reflejar aspectos de la exclusión, el racismo y la desigualdad históricas. Sin embargo, en Guatemala como en muchos países de Latinoamérica, el límite entre estas formas intuitivas y la arquitectura considerada seria, es cada vez más borrosa.
Recordando el Palacio Maya, construido entre las poblaciones de San Pedro y San Marcos para unir a dos poblados en eterno conflicto, pasando por la fachada del nuevo Pollo Campero maya, los parques del Irtra y el proyecto del Mundo Maya International Mall ubicado a orillas del lago Petén Itzá o los condominios tipo panal a la orilla de la carretera de Palín, no hay duda que éstas hablan de nuestro estatus social con mayor precisión que cualquier libro de arquitecturas lujosas. La realidad se divisa desde la terraza de un edificio de la zona 10 o desde la barriada, viendo el paisaje compuesto por un grupúsculo de edificios de la zona 10. Ese ejercicio implica la mejor manera de leer ese paisaje de dualidades y contradicciones, pues una está contenida en la otra.
En lo personal, siempre me ha parecido muy sabio el sentido del humor de Robert Venturi, quien se manifestó a favor de una arquitectura equívoca, defendió los elementos híbridos frente a los puros, los distorsionados a los rectos, los ambiguos a los articulados. A la sombra del autor de Aprendiendo de Las Vegas, si se trata de comprender ese panorama global y local, me parece que un gran pendiente es indagar la arquitectura desde lo ético. Pues la arquitectura refleja una manera de pensar, de vivir y consumir. En ella existen simultáneamente continuidad y mutación, desde la pretensión de lo universal hasta el fragmento de lo nacional y lo individual, define lo eterno tanto como lo transitorio. Entender el proyecto arquitectónico de esta ciudad –si es que existe algún propósito oculto– implica admitir la locura. Con una dosis de Venturi.
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