Corría 1951 cuando, a días de su llegada a Houston, un estudiante procedente del sur del Río Grande decidió desplazarse hacia el centro de la ciudad, para lo cual abordó el bus que hacía parada frente a la prestigiosa universidad donde proseguía sus estudios superiores. El transporte estaba prácticamente vacío y, siguiendo su costumbre, nuestro personaje se sentó en la parte posterior del autobús para gozar mejor del recorrido. A penas había logrado instalarse, cuando el chofer fúrico lo increpó exigiéndole tomar asiento adelante, arguyendo ante el atónito pasajero que los asientos del fondo estaban reservados únicamente para pasajeros de color: ¡El estudiante era blanco y debía por consiguiente actuar en Roma como los romanos! Y, en efecto, pudo observar momentos más tarde, que los recién ingresados pasajeros negros se amontonaban en la parte trasera del bus –sentados o aún parados– a pesar de que al frente seguían múltiples asientos desocupados.
Lo relatado sucedía cinco años antes de que una tal Rosa Parks, costurera de profesión, decidiera retar pacíficamente, pero con convicción, la ley sureña segregacionista en su ciudad natal de Birmingham, Alabama. Quizá por ser el momento histórico oportuno, dicho incidente se mediatizó a tal punto de tornarse un tema de relevancia nacional. La semilla antisegregacionista estaba sembrada y habría de evolucionar con el pasar de los años gracias a la lucha de negros excepcionales, sin duda, pero más aún a decisiones político-pragmáticas de gobernantes y jueces federales de Washington DC con sentido histórico, que entendieron oportunamente que la tranquilidad de la Unión debía pasar obligadamente por la igualdad de derechos de todos sus ciudadanos.
Y en realidad era justicia, ya que se les pedía a los “colored people” que integraran el Ejército al igual que los blancos, se les vitoreaba por ser grandes deportistas que le daban prestigio mundial a Estados Unidos, se les exigía el pago de impuestos como a todo otro ciudadano, y todo ello sin asegurarles la igualdad de sus derechos civiles; ello, en gran parte del territorio norteamericano donde eran, aún y a pesar de, considerados ciudadanos de segunda clase. El cambio era inevitable, y se confirmó a lo largo de los años con el ingreso paulatino de ciudadanos negros a la actividad política con su elección y designación a puestos públicos diversos. La mesa estaba entonces puesta para que un cierto Barack Obama –mulato afroamericano, animal político por excelencia, hombre inteligente y cerebral, ligeramente arrogante, poseedor de un gran talento histriónico y una oratoria excepcional– fuera ungido 44o. Presidente de la Unión. Yes, así que con esta elección, los estadounidenses han puesto una pica en Flandes, confirmando su vocación democrática.
¿Se podría concebir un presidente blanco en Haití, o un asiático gobernando en Moscú o Teherán?
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2 comentarios:
Cesar Rivera: (2008-11-12 12:47:42 horas)
Al ocupar los asientos de atrás, entonces la gente de color podía "gozar mejor del recorrido" ¿o no?
Ya en serio, mucha gente llegó y sigue llegando a EU esperando que allá todo sea más fácil, casi que de gratis. Sin embargo, la historia demuestra que hay que luchar y trabajar muy duro.
EU es una nación que floreció con una cultura en la que nadie te debe nada y cada uno debe luchar por lo que quiere. Alguien dirá que aquí también se lucha. Sí pero, allá verás más pronto el resultado de tus esfuerzos.
La excepción a esta regla es la presidencia de Obama. Practicamente Bush le regaló la presidencia con el asunto económico y McCain con una mala campaña.
luis paiz : (2008-11-12 10:40:49 horas)
Si, pero en Guatemala cuando no dejaron entrar a una mujer maya a una discoteca, nadie dijo nada... y todo sigue igual.
Luego no se pregunten porqué gana chavez en Venezuela o porque estamos como estamos.
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