Hoy se cumplen 120 años del nacimiento de Carlos Valenti y en celebración se inaugurará una retrospectiva de su obra.
Edwin Siekavizza
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carlos valenti fue junto a Carlos Mérida de lo más destacado de su generación, la primera del arte moderno guatemalteco.
Fue una de las promesas más grandes del arte guatemalteco moderno, y sin embargo, su obra y su vida terminaron en un enigma que ahora vuela como el primer mito de la plástica guatemalteca del siglo XX. Este 15 de noviembre sería el cumpleaños 120 de Carlos Valenti, cuya vida él mismo interrumpió cuando tenía 24 años en París. Hoy, en conmemoración del natalicio del artista, se inaugurará, a las 18:00 horas, una exposición retrospectiva con la mayor parte del trabajo de Valenti conservado hasta la fecha, en el Paseo de los Museos del Hotel Casa Santo Domingo, en Antigua Guatemala.
Poco se sabe de la vida de Carlos Valenti. A la fecha queda un valioso documento elaborado por su sobrina Walda Valenti, el esbozo biográfico más completo, y la novela de Eduardo Halfon, Esto no es una pipa, que hace un retrato donde la dicotomía entre la realidad y la ficción radican en torno a la figura del artista que llegó a ser Valenti, a pesar de su joven edad. Carlos Mauricio Valenti Perrillat nació en París el 15 de noviembre de 1888. Tres años después llegó con su madre y sus dos hermanos mayores a Guatemala. Su padre, Carlos Valenti Sorie, vino por invitación del entonces presidente Reyna Barrios, y fundó una barbería en el ahora Centro Histórico y abrió ahí el primer cine de Guatemala. El menor de los Valenti inició su educación en el colegio Villatoro, y desde temprana edad se caracterizó por su carácter suave y su pensamiento analítico. Frágil de salud, pero paciente, de modales refinados y maneras afrancesadas, la primera formación del artista se dio en casa. “En el hogar Valenti–Perrillat, la madre, de refinada educación y pulcros modales, orientaba a los hijos dulcemente, enseñándoles pautas en un trato hogareño, social y estético, pues era dama elegante; “motivos característicos del ambiente europeo de aquella familia en cuanto a costumbres y manifestaciones”, apunta la sobrina del artista.
Alma de artista
Carlos se inició en la música, pero rápidamente se integró a la academia de arte que dirigía el venezolano Santiago González, uno de los discípulos de Rodin, quien fue influencia para un grupo de jóvenes que resultaron siendo los precursores del arte moderno guatemalteco y que vio en Valenti un gran potencial, a partir de su disposición para el dibujo.
Luego del venezolano, el gran maestro de Valenti fue el español Jaime Sabartés, biógrafo y secretario de Picasso, quien introdujo al grupo de artistas, donde también estaba Carlos Mérida, a la evolución a la que la pintura había llegado, con los movimientos de la vanguardia y artistas como Picasso. “Creo que debe darse a Sabartés in memóriam el mérito de haber prendido en aquellos espíritus inquietos, como el suyo, la chispa de la renovación plástica, en sus críticas incisivas, en sus consejos lapidarios e irónicos”, apunta Walda Valenti.
El 25 de febrero de 1911 muere Helena Perrillat, madre de Valenti, lo que deja en el artista un gran dolor e incrementa el deseo de mudarse a París para consagrarse como pintor.
Según el texto de su sobrina, “Valenti era considerado un visionario dentro de su fecunda condición de artista, dedicado apasionadamente a su quehacer artístico; a plasmar en el lienzo lo que el ojo captaba”. Valenti “no era hombre normal en el sentido de su genialidad”, dijo Mérida. “Nos dejaba a todos sorprendidos con sus teorías y sus observaciones, mientras pintábamos. Hablaba lo necesario y sin jactancia sobre sus conceptos estéticos y apreciaciones”.
Rumbo a París
En 1912, junto a Carlos Mérida, su gran amigo y colega, se embarcan en Puerto Barrios, por más de 30 días, en el buque Odembalt rumbo a París, luego de haber reunido los US$100 que costaba el pasaje. Fueron acompañados hasta el puerto por su grupo de amigos artistas. En París los jóvenes artistas se mezclaron rápidamente con los otros frecuentes de la vida bohemia, con los aprendices de artistas y con los grandes maestros. Se inscribieron en la academia de arte que dirigía Cornelius van Dongen. Conocieron al mexicano Roberto Montemayor, al argentino Tito Leguizamón, a Braque, a Juan Gris, a Lèger, a Matisse, a Diego de Rivera, a Modigliani, a Mondrian y, especialmente y por recomendación de Sabartés, a un Pablo Picasso que recién se iniciaba en el cubismo.
Pero en Francia su salud fue decayendo y luego de dos diagnósticos se le recomendó el reposo absoluto, y que nunca más volviera a pintar para no forzar su vista y perderla. Valenti fue presa de la depresión. “Me siento defraudado en mis propósitos; frustra el hecho de comprobar día a día la disminución de mi campo visual”, escribió el artista.
El 29 de octubre de 1912, Valenti no asistió a clases. Al principio Mérida no le dio importancia, pero luego de un rato decidió irlo a buscar al apartamento que compartían en la Rue des Fossés. Al llegar al estudio, Mérida vio el sombrero de Valenti puesto sobre el caballete; la cortina de su cubículo estaba corrida. Al abrir la tela, Mérida descubrió el cuerpo de Valenti inmóvil, muerto de dos balazos en el pecho y con un revólver en la mano.
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2 comentarios:
Diego Sobral: (2008-11-19 09:17:21 horas)
Hay un mejor artículo sobre Valenti en la Revista D, de Prensa Libre, escrito por Juan Carlos Lemus, publicado hace una semana y media.
Además, cómo es posible que un diario selecto, como elPeriódico, cometa tantos errores ortográficos, solecismos y en su edición en papel, ortotipográficos.
claudia huerta: (2008-11-17 02:59:51 horas)
Ya sé que no van a aprobar mi comentario, solo arreglen el título, dice Carlos Vaenti, se comieron una letra.
2 comentarios: