69752. Que era su número de teléfono. Que lo tenía tatuado allí, sobre su antebrazo izquierdo, para no olvidarlo. Eso me decía mi abuelo. Y eso creí mientras crecía. En los años setenta, los números telefónicos del país eran de cinco dígitos.
Yo le decía Oitze, porque él me decía Oitze, que en yiddish significa alguna cursilería. Me gustaba su acento polaco. Me gustaba mojar el meñique (único rasgo físico que le heredé: ese par de meñiques cada día más combados) en su vasito de whisky. Me gustaba pedirle que me hiciera dibujos, aunque en realidad sólo sabía hacer un dibujo, trazado vertiginosamente, siempre idéntico, de un sinuoso y desfigurado sombrero. Me gustaba el color remolacha de la salsa (jrein, en yiddish) que él vertía encima de su bola blanca de pescado (guefiltefish, en yiddish). Me gustaba acompañarlo en sus caminatas por el barrio, ese mismo barrio donde alguna noche, en medio de un inmenso terreno baldío, se había estrellado un avión lleno de vacas. Pero sobre todo me gustaba aquel número. Su número.
No tardé tanto, sin embargo, en comprender su broma telefónica, y la importancia psicológica de esa broma, y eventualmente, aunque nunca nadie lo admitía, el origen histórico de ese número. Entonces, cuando caminábamos juntos o cuando él se ponía a dibujarme una serie de sombreros, yo me quedaba viendo aquellos cinco dígitos y, extrañamente feliz, jugaba a inventarme la escena secreta de cómo los había conseguido. Mi abuelo boca arriba en una camilla de hospital mientras, sentado a horcajadas sobre él, un inmenso comandante alemán (vestido de cuero negro) le gritaba número por número a una anémica enfermera alemana (también vestida de cuero negro) y ella entonces le iba entregando a él, uno por uno, los hierros calientes. O mi abuelo sentado en un banquito de madera frente a una media luna de alemanes en batas blancas y guantes blancos y luces blancas atadas alrededor de sus cabezas, como de mineros, cuando de repente uno de los alemanes balbucía un número y entraba un payaso en monociclo y todas las luces blancas lo iluminaban de blanco mientras el payaso con un gran marcador cuya mágica tinta verde jamás se borraba escribía ese número sobre el antebrazo de mi abuelo, y todos los científicos alemanes aplaudían. O mi abuelo, de pie ante una taquilla de cine, insertando el brazo izquierdo a través de la redonda apertura en el vidrio por donde se pasan los billetes, y entonces, del otro lado de la ventanilla, una alemana gorda y peluda se ponía a ajustar los cinco dígitos en uno de esos selladores como de fecha variable que usan los bancos (los mismos selladores que mi papá mantenía sobre el escritorio de su oficina y con los que tanto me gustaba jugar), y luego, como si fuese una fecha importantísima, estampaba ella con ímpetu y para siempre el antebrazo de mi abuelo.
Así jugaba yo con su número. Clandestinamente. Hipnotizado por aquellos cinco dígitos verdes y misteriosos que, mucho más que en el antebrazo, me parecía que él llevaba tatuados en alguna parte del alma.
Verdes y misteriosos hasta hace poco.
A media tarde, sentados sobre su viejo sofá de cuero color manteca, estaba tomándome un whisky con mi abuelo.
Noté que el verde ya no era verde, sino un grisáceo diluido y pálido que me hizo pensar en algo pudriéndose. El 7 se había casi amalgamado con el 5. El 6 y el 9, irreconocibles, eran ahora dos masas hinchadas, deformes, fuera de foco. El 2, en plena huida, daba la impresión de haberse separado unos cuantos milímetros de todos los demás. Observé el rostro de mi abuelo y de pronto caí en la cuenta de que en aquel juego de niño, en cada una de aquellas fantasías de niño, me lo había imaginado ya viejo, ya abuelo. Como si hubiese nacido un abuelo o como si hubiese envejecido para siempre en el momento mismo que recibió aquel número que yo ahora examinaba con tanta meticulosidad.
Fue en Auschwitz.
Al principio no estaba seguro de haberlo escuchado. Subí la mirada. Él estaba tapándose el número con la mano derecha. Llovizna ronroneaba sobre las tejas.
Esto, dijo frotándose suave el antebrazo. Fue en Auschwitz, dijo. Fue con el boxeador, dijo sin mirarme y sin emoción alguna y empleando un acento que ya no era el suyo.
Me hubiese gustado preguntarle qué sintió cuando finalmente, tras casi sesenta años de silencio, dijo algo verídico sobre el origen de ese número. Preguntarle por qué me lo había dicho a mí. Preguntarle si soltar palabras almacenadas durante tanto tiempo provoca algún efecto liberador. Preguntarle si palabras almacenadas durante tanto tiempo tienen el mismo saborcillo al deslizarse ásperas sobre la lengua. Pero me quedé callado, impaciente, escuchando la lluvia, temiéndole a algo, quizás a la violenta trascendencia del momento, quizás a que ya no me dijera nada más, quizás a que la verdadera historia detrás de esos cinco dígitos no fuera tan fantástica como todas mis versiones de niño.
Una reunión de ocho cuentos independientes entre sí que pueden leerse como una unidad, como una novela construída a retazos. Un libro en el que hay poesía, dolor, estupefacción y unas grandes dosis de realidad. A continuación reproducimos una apreciación de la obra debida a su editor Manuel Borrás y un fragmento de uno de los cuentos.
Permítanme iniciar mi intervención, que no quiero que sea larga, pues el verdadero protagonista esta tarde debe ser Eduardo Halfon, con la cita de unos versos de un poeta polaco judío de nombre desconocido. Esos versos rezan así:
“A todos nos acompaña una sombra, pero sólo unos pocos conocen esa luz que nos habla.”
En el libro que presentamos esta tarde, no les quepa la menor duda, hay una luz que nos habla. Y nos habla a media voz, pero también con la firmeza de saber que lo que nos está contando es reflejo de una revelación más antigua que la muerte.
Me costaría mucho destacar uno entre el conjunto de cuentos, dado que para el que se les dirige todos constituyen una unidad con clara independencia de sus partes. Con todo, voy a fijar mi mirada en el que lleva por título ‘El boxeador polaco’, porque fue un cuento que desde que lo leí me estremeció y mantuvo mi ánimo en suspenso merced a una habilidad fuera de lo común para yuxtaponer los tiempos en un presente cuya carga de trascendencia oprime al personaje narrativo. Es un relato que podría usarse –creo que ya se lo indiqué al autor en una carta para enseñar a un aspirante cómo escribir cuentos. En él se nos narra de manera muy sucinta una historia emocionante, la de la peripecia de supervivencia del abuelo polaco del narrador en el malhadado campo de exterminio nazi de Auschwitz. La intensidad emocional de este relato comienza cuando el personaje se pregunta a sí mismo cómo plantear la pregunta que nunca debe hacerse, la pregunta de cómo pudo sobrevivir alguien al horror, además de con el hecho de subrayar el efecto salvador que tiene la palabra. Una palabra o un conjunto de ellas que una vez enunciadas frente a una situación de peligro ya no se recordaban porque habían dejado de ser importantes o simplemente porque habían cumplido ya con su propósito como tales, y entonces habían desaparecido para siempre junto con el boxeador polaco, el salvador del abuelo del narrador, que alguna noche oscura las había pronunciado.
En el relato con que se abre el libro, ‘Lejano’, ya puede leerse, a modo de aviso para navegantes, que un cuento siempre cuenta dos historias y que un relato visible esconde otro invisible. Ambas verdades, créanme, van a ir desovillándose cuento a cuento en ‘El boxeador’. Libro en el que hay más, mucho más de lo que podemos ver, y que estando sólo sugerido, como dice el propio alter ego de Halfon, tanto monta, se encuentra igualmente presente entre líneas. Nos hace fijar la mirada en cosas que en realidad nos están diciendo otras sólo con señalarnos simplemente el lugar donde acontecieron unos hechos. En el cuento al que vengo refiriéndome, se nos desvela que una ilusión solamente funciona si confiamos en ella, y confiaremos en ella en la medida en que en ningún momento a lo largo del libro nos abandone a nosotros, los lectores.
Alguna vez cualquiera de nosotros, aunque sólo sea por unos instantes, no sabemos quiénes somos. Ése es, a mi juicio, el leitmotiv del tercer cuento de este volumen, ‘Twaineando’, y quizás también del segundo, ‘Fumata blanca’, donde la peripecia narrada se diluye con naturalidad en perplejidad hacia los otros, hacia el propio yo, hacia la esencia inaprensible que habita en lo real. Un congreso en Durham sobre Mark Twain; una historia de amor fugaz –mejor dicho, de amago de amor fugaz– con una mochilera europea de turismo por Centroamérica en ‘Fumata blanca’; la intensidad de la relación profesor alumno que lleva –volviendo a ‘Lejano’– al maestro a perseguir el porqué de la renuncia de su brillante pupilo de origen indígena a continuar sus estudios becados en la universidad.
En ‘Epístrofe’ ya se nos advierte desde la primera frase que ese cuento, como todo otro cuento, quedará inconcluso o al menos parecerá quedar inconcluso. Y también cómo se gestiona el genio, cómo se reconoce el estilo y lo complicado que resulta saber cuál es éste cuando en ese relato se nos habla de dos heterodoxos del piano, uno por el lado jazzístico, Thelonius Monk, y otro por el clásico, el gran pianista judío Lazar Berman, que por cierto, y sin ánimo de enmendarle la plana a nuestro autor, no estaba tan reñido con Chopin como se asegura, y como prueba de lo que afirmo sólo hay que escuchar sus magistrales interpretaciones de los ‘Estudios’ del compositor romántico.
‘El boxeador polaco’ reúne una serie de relatos de diversa índole que, sin embargo, tienen puntos en común. Sobre todo, la literatura y sus mecanismos, la vida y sus durezas y, por qué no señalarlo, sus extrañezas, el mal. Estos cuentos son, a mi juicio, tan buenos que aun al lector menos avisado le revelan una voz narrativa madura, con gran conocimiento del género y con gran habilidad para desplegarlo en forma de imágenes, pausas, extraídas, no les quepa la menor duda, del lenguaje poético. Es un libro, pues, en el que hay poesía, dolor, estupefacción y unas grandes dosis, como la preceptiva narrativa exige, unas grandes dosis, repito, de realidad. Desde ‘Twaineando’, cuyo pretexto temático, repito, es un congreso de escritores alrededor de la figura de Mark Twain, hasta el relato que da título al libro, en el que se nos narra la historia del número tatuado en el campo de concentración de Auschwitz en el brazo del abuelo del narrador (y por cierto, detalle mencionado en otros de los cuentos del volumen y que se resuelve prodigiosamente en forma de historia al final del libro), Halfon mantiene una regularidad y un dominio de los recursos propios de un escritor muy dotado y de una voz propia muy consolidada.
Son innúmeros, y lo recalco, los recursos que nuestro autor despliega en cada uno de sus relatos para lograr que funcionen. Y lo consigue en todos y cada uno de ellos. Desde apuntes del desenlace al principio hasta la ocultación sutil de datos para crear pequeñas catarsis de extrañeza y, ante todo, y lo más personal, una especie de talento para las sinestesias que irrumpe en los cuentos cambiando su dirección o estableciendo puntos de contacto con todos los niveles de realidad, desde el lingüístico hasta el de las cosas, los animales, el hombre común, los nazis imaginarios y reales a un mismo tiempo, etcétera.
Para terminar me gustaría simplemente hacer hincapié en algo en lo que se reflexiona en el relato que cierra el libro de Eduardo Halfon, ‘El discurso de Póvoa’. En qué es la realidad. El autor reconoce que no sabe la respuesta y aún menos cómo puede concebirla. Aunque de pronto rectifica y se le ocurre que lo único posible para lograr entender algo de eso que creemos lo real es volcarse sobre la propia experiencia. La literatura no es más que un buen truco, como el de un mago o un brujo, que hace a la realidad parecer entera, que crea la ilusión de que la realidad es una o que tal vez la literatura necesite construir una realidad destruyendo otra, es decir, destruyéndose a sí misma y luego construyéndose de nuevo a partir de sus propios escombros. Y al final concluye en algo que suscribo plenamente: que al escribir sabemos que hay algo muy importante que decir respecto a la realidad, y que lo tenemos al alcance, muy cerca, en la punta de la lengua, y que no debemos olvidarlo. Pero siempre, sin duda, lo olvidamos. Nunca se puede estar seguro de lo que se escribe, uno muere, como dice más o menos W.S. Merwin en uno de sus poemas, sin saber si algo de lo que se escribió era bueno, y si le hace falta saberlo, mejor que no escriba. De ahí que dijese al principio de mi intervención que lo que se nos cuenta en este libro es reflejo de una revelación mucho más antigua que la muerte.
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1 comentarios:
Ramon Aguilar: (2008-11-18 12:06:25 horas)
Felicidades Eduardo, excelente publicación...que bueno que en otro país reconozcan tu talento, sabemos que Guatemala es una madre que desprecia a sus hijos mas talentosos...en fin es parte de nuestra realidad...adelante...desde El Petén te saludo, diciendo que sé en carne propia lo que es eso, ya que tuve que luchar para publicar por mi cuenta mi primer libro porque en editoriales nacionales es muy difícil, publican a saber con qué criterio y hacen esto con libros sin ningun contenido, por lo menos en la mayoría de los casos...
1 comentarios: