El 24 de diciembre de 1917 tembló todo el día en la Ciudad de Guatemala.
María Elena Schlesinger/Ayer mes@itelgua.com
El 24 de diciembre de 1917 tembló todo el día en la Ciudad de Guatemala. El primer sismo se sintió tempranito en la mañana, precisamente a la hora del desayuno, cuando el abuelo remojaba una sheca en un café endulzado y espeso. Primero fue el jalón fuerte, luego el hamaqueo interminable y el ruido, ese castañeo de dientes de puertas, ventanas y tejados, el cual se prolongó hasta la cucharita del café del abuelo dándose de golpecitos sobre la porcelanita de china. “Aquí no está pasando nada”, repitió mi abuelo en voz fuerte y muriéndose de miedo mientras se detenía de los extremos de la mesa como para no caerse, cuando su silla se tambaleaba al ritmo de los temblores.
Para mediodía, mi abuela había empacado ya varias maletas con víveres y ropa de los niños por aquello que los temblores continuaran. Le había encomendado a Felipa a la pequeña Lucita, para que la cargara a tuto de arriba abajo, y había quitado del nacimiento al Niño Dios y a los pastores güegüechos que el abuelo había traído de España cuando había decidido mudarse de planeta.
Pasado el mediodía, llevaron los tamales rojos para la cena de Nochebuena. Los estaban sacando de entre las entrañas del canasto y las hojas de chocón cuando se sintió otro jalón fuertísimo, como el de la mañana: el movimiento, el tronar de las maderas viejas y una lluvia de polvo finito de teja desmoronada que les pintó el pelo de blanco. Todos corrieron al patio, menos el abuelo que se entretenía, como que si nada estuviera pasando, en el sitio vecino, jalando con una estaca larguísima de bambú las naranjas maduras del árbol, y el loro Copérnico, que desde temprano se encontraba paradito e inmóvil por el miedo, en una estaca que Felipa le había dispuesto en el calor de la cocina.
“Esto fue fuertísimo”, dijo la abuela aterrorizada mientras desenfundaba su rosario de la bolsa del delantal y ayudaba a la señora a colocarse el canasto de tamales hirvientes sobre un yagual de manta que llevaba enrollado sobre la cabeza, porque quería salir corriendo.
El terremoto los tomó a todos en la calle y en ayunas porque no habían tenido tiempo de destapar los tamales por el acarreo de bultos y tanates a la calle. Salieron todos, menos el loro Copérnico, que permaneció olvidado en la estaca de la cocina, y el abuelo, quien empecinado, a pesar de los ruegos y las súplicas de la abuela, se negó a salir de la casa, gritando a voz en cuello, y en medio de los temblores, que preferiría morir aplastado por las piedras que tanto le había costado levantar, que ver su casa en ruinas.
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3 comentarios:
Anibal Perez: (2008-11-22 11:19:55 horas)
Muy agradecido por esta infusion sabatina de mi dosis de nostalgia y recreo de imagenes muy chapinas. Doña Maria Elena tiene su elegancia y folklorismo mezclado en su pluma. Ya me es obligatorio venir a otear esta columna que me insufla una dosis de optimismo renovado y un lamento callado sobre lo que en Guatemala va desapareciendo a gotitas: la peculiar manera de ser del chapin promedio en medio de esta voragine de asaltos de costumbres extrañas.
Rosina Cazali: (2008-11-22 09:33:44 horas)
Linda la historia, Mariel. Además, me ha encantado leerla por entregas. Un abrazo para ti.
Luis Solares: (2008-11-22 08:47:27 horas)
Super interesante, María Elena. Por lo menos a mí me tiene pegado a estas últimas columnas. Me encanta conocer historias de los terremotos de 1917 . 18 y esa pasión me la inculcó de cierta manera mi abuelo, en su casa de la 5ª calle zona 1. Allí veíamos las fotos del libro de Arturo Taracena que publicó la Tipografía Nacional en 1967 con motivo del cincuenteneario de dichos terremotos. Lamentablemente, perdí ese libro, lo mismo que el otro titulado "Recuerdos de los terremotos de Guatemala" de González-Goiry Felicitaciones y sigo esperando sus columnas.
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