Ana echa otra mirada al reloj y descubre que todavía faltan 10 minutos para que Carlos pase por ella. Se cerciora de tener todo en el bolso: toallas, analgésicos y pañuelos; sale a la puerta a esperarlo, se pasa una mano por la nuca y la regresa húmeda, son casi las 8:00 horas. Carlos llevará lo más importante: las pastillas de Cytotec, un medicamento de Pfizer que se utiliza para inducir el parto, frenar las hemorragias postparto o tratar úlceras gástricas. “Su uso tiene buenas indicaciones obstetras y está recomendado por la Organización Mundial de la Salud (OMS)”, cuenta el médico Edgar Kestler. Pero Carlos y Ana van a utilizarlo para otra cosa. “Un aborto”, dirá después Carlos, quedito temiendo que le escuchen.
Hasta mediados del año pasado, la venta de Cytotec era libre, sin embargo, cuando las autoridades del Ministerio de Salud se dieron cuenta de que se le estaba dando un uso ilegal, decidieron regular su distribución. Pero conseguir el medicamento en Guatemala no es complicado. Basta con hacer una breve búsqueda en Internet para descubrir una media docena de anuncios. “Entrega a domicilio, discreta”, prometen.
A las 8:30, Carlos y Ana están entrando en un motel de la zona 7. Tienen cuatro horas para acabar con un embarazo de dos meses y medio. Ana se introduce cuatro pastillas por la vagina y se sienta a esperar. Dentro de poco deberá tomar una dosis oral y reunir todas sus fuerzas para soportar el dolor que, le advirtieron, será fuerte.
Uno de los vendedores contó, vía telefónica, que compra las pastillas en México y las trae clandestinamente. Las ofrece a Q670, mientras que en la farmacia Carolina cuestan Q1,282, con receta. De acuerdo con la resolución del Ministerio de Salud para comprar Cytotec, el farmacéutico debe retener la prescripción médica y llevar un registro mensual de las personas que han comprado el producto.
En Guatemala, 65 mil mujeres abortan al año. Casi la mitad lo hacen con ayuda de una comadrona, el 49 por ciento, y solo el 16 por ciento recibe ayuda de un médico, de acuerdo con el estudio “Embarazo no planeado y aborto inseguro en Guatemala”, realizado por el Guttmacher Institute.
Carlos y Ana no buscaron comadrona, ni médico, ni nada. La solución la encontraron navegando en Internet. Bajaron una guía que les indicaba paso a paso cómo hacerlo y los síntomas que se irían presentando. Llamaron al vendedor y recibieron la cajita con 28 cápsulas en la puerta de la casa.
“Este medicamento es efectivo para frenar hemorragias post-parto, que es una de las principales causas de muerte materna en Guatemala. Sirve también para cuando el feto se muere dentro de la madre”, explica Kestler.
El feto de Ana y Carlos estaba vivo, “era un embrión, que es otra cosa”, piensa Carlos. Media hora después de haber introducido las pastillas, Ana sintió un dolor fortísimo en el vientre, el rostro empezó a palidecer y la fiebre llegó a 38 grados. “Si sigue subiendo te llevo al hospital”, sugirió Carlos, al verla temblar de frío sobre la cama.
“Es un producto muy delicado que no debería usarse sin experiencia”, advierte el médico Fernando Meléndez, “no siempre funciona y si el aborto no llegara a realizarse por completo pueden quedar restos en el útero, eso requiere un legrado. Si la mujer no recibe atención médica incluso podría morirse por la infección”, agrega.
Las formas de autoinducir un aborto son muchas. “Antes las mujeres se metían pedazos de madera o hierros doblados”, cuenta Kestler, “y las consecuencias de una infección eran muy serias”. Ahora, además del misoprostol, el componente de Cytotec, se venden inyecciones de prostaglandinas y las comadronas ofrecen pociones herbales que venden en menos de Q50. El estudio del Guttmacher Institute también encontró que mujeres en el área rural intentan abortar ingiriendo cilantro con aguardiente y clavo, más de 250 gramos de sal común o 40 tabletas de Alka –Seltzer, sal inglesa con sulfato o aceite de castor. En casos más extremos llegan a introducirse perchas o varas de bambú por la vagina. Desde luego no todos funcionan y en muchos de los casos la situación solamente se complica.
Coágulos en el baño
La fiebre llegó a 39 y Ana gritaba de dolor. “Pasó cerca de media hora en el baño, yo estaba afuera muriendo de miedo”, recuerda Carlos. Ana expulsaba coágulos extraños en la taza del baño. Las toallas blancas se volvieron rojas y los pañuelos escurrían sudor. “Te voy a llevar al San Juan”, le dijo Carlos y Ana, con las pocas fuerzas que le quedaban se negó. Recordó que leyó que una mujer que aborta puede pasar hasta 3 años presa. “Voy a aguantar”, le prometió a su novio.
El 59 por ciento de las mujeres guatemaltecas que tienen un aborto inducido sufren complicaciones que requieren atención médica. El 20 por ciento no la recibe y el riesgo de muerte es muy alto. “El tratamiento de una paciente típica con complicaciones postaborto cuesta de Q2 mil a Q5 mil”, informa el estudio.
“Se estima que la probabilidad de que un aborto clandestino resulte en complicaciones que requieran hospitalización varía entre 15 por ciento en mujeres que recurren a un médico y al menos 70 por ciento en aquellas que se autoinducen el aborto o usan los servicios de una comadrona tradicional”, según el Guttmacher Istitute.
“Nosotros les damos toda la información para que lo hagan bien”, dice el vendedor clandestino, “les explicamos que van a sentir dolor y tendrán contracciones, pero más o menos en seis horas pueden hacer vida normal. No es nada complicado y nunca hemos tenido noticia de que a alguien le haya hecho mal. Todo sale bien, siempre que lo hagan como se indica”. La mayoría de anuncios ofrece vender el frasco completo, sin embargo, hay otros que dan la posibilidad de comprar sólo las pastillas necesarias por Q40 cada una. La cantidad depende del estado de gestación.
“Las leyes altamente restrictivas de Guatemala no han tenido éxito en impedir la práctica del aborto”, concluye el estudio. “Datos de todas partes del mundo sugieren que la penalización no limita el número de abortos que ocurren (el aborto inducido parece ser al menos dos veces más común en Guatemala que en muchos países en donde el procedimiento es legal y accesible), pero sí hace que el aborto sea más peligroso”.
En Guatemala, 180 mil embarazos anuales no son deseados, el 36 por ciento de ellos se resuelve con un aborto.
Son casi las 12:00 horas cuando Ana empieza a sentirse mejor. La fiebre baja, pero los dolores siguen. Carlos la sube al carro y dejan la habitación rentada. Al parecer, todo había salido bien. Los días siguientes, Ana trató de hacer vida normal, la diarrea que le produjo la pastilla disminuyó y los calambres eran cada vez menos frecuentes. Hasta que una tarde, cinco días después del aborto, una contracción la obligó a ir de prisa al baño, expulsó un coágulo grande, “como del tamaño de un limón”, recuerda.
“Yo sé que muchos piensan que soy un monstruo”, expresa Ana, “pero creo que más monstruo es el que trae al mundo un niño al que ni siquiera le puede dar de comer”, concluye.
*Los protagonistas de esta historia pidieron que sus nombres no fueran revelados.
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