Por las noticias supe que su nombre de pila era Edson y que tenía 26 años. Yo le calculaba cinco más, no sólo por el calibre de su posición en la jerarquía salvatrucha sino, sobre todo, por la serenidad con que dirigía las pitas ocultas del barrio.
Valeria me lo presentó el mismo día que la conocí a ella también, a principios del 2004. Yo iba de puerta en puerta recorriendo aquel burdel abierto, entrevistando prostitutas para un documental en el que luego ella sería una de las principales.
Sin su visto bueno, jamás hubiéramos podido trabajar ahí. Le llamaban el Vago, y hasta hace unos días fue el primer palabra (jefe) de la clica que controla La Línea. Siguió coordinando la operación incluso desde el tambo, a donde fue a caer después con sentencia de tres décadas por homicidio.
“¿Qué voy a hacer ahora, Andrés?”, preguntó sin consuelo, ahogada, el domingo cuando la llamé para saber si era cierto. Acababa de reconocer el cadáver: “Lo mataron a golpes, le arrancaron la cabeza, me lo descuartizaron, me lo quemaron”, sollozaba, como en letanía.
“¿Qué voy a hacer?”, insistió; “ya no tengo a nadie que me cuide en Guatemala”. Mujer fuerte y valiente como pocas que he conocido, fue raro reconocerla de pronto tan desamparada, tan vulnerable.
“Tenemos una relación muy bonita, pero en el futuro me imagino sola porque sé que va a terminar muerto”, dijo cuando la entrevisté esa vez. Hoy, Valeria (30 años, dos hijos, una nieta) suma a su rosario de tragedias la carga de una prematura viudez.
Se oyen voces de júbilo: “Bueno está; que se maten, que sufran, que paguen”. Les recuerdo (a ellos y al idiota que dio la orden de meter a siete salvatruchas en un pabellón repleto de dieciochos) que son muchas también las voces mudas, sofocadas de odio y de espanto.
Los deudos, las viudas, los huérfanos…
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