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    Guatemala, domingo 30 de noviembre de 2008

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    DOMINGO

    La realidad y la ficción se confunden en el barrio

    Entre la grabación y el estreno del cortometraje, el protagonista quedó parapléjico tras un tiroteo, un actor fue asesinado al igual que su hermano, algunos dejaron el barrio y otros han desaparecido. 

    Cuando Walter Cruz se propuso grabar una película en el asentamiento Mario Alioto, Villa Nueva, ya era un viejo conocido para los vecinos, las pandillas y los ex pandilleros del lugar.

    Él y su esposa, Ana Carpio, se habían adentrado en los vericuetos del barrio desde comienzos de esta década para documentar en vídeo el surgimiento de Iki Balam, un novedoso grupo de teatro conformado por integrantes de maras rivales que cambiaron las armas por las tablas.
    Años después, también grabaron la vida de una adolescente que fue abusada sexualmente tras buscar refugio en la pandilla y que encontró en la actuación un escape para sus miedos y anhelos.

    Así que, cuando Walter Cruz regresó en 2005 a Mario Alioto y le propuso a los integrantes de Iki Balam que colaboraran con su cortometraje basado en las historias que conoció en sus múltiples idas al asentamiento, los muchachos aceptaron de buena gana participar en el casting.
     El cineasta arrancó sin problemas la filmación que duró siete días y siete noches, tras “pedirle permiso” a los pandilleros y a los policías.

    Mario Alioto López está conformado por 1,700 familias, la mayoría inmigrantes del interior del país. Junto con otras dos poblaciones levantadas en la finca El Zarzal, Villa Nueva, conforma el asentamiento humano más grande de Centroamérica. También es una de las zonas rojas más desprestigiadas del país, donde los asesinatos en pleno día, las masacres entre pandilleros, los secuestros y las extorsiones figuran con frecuencia en las noticias.

    El elenco de Walter Cruz estuvo conformado por el hombre que cobra el servicio de agua (el único actor profesional y que no vive en Alioto), quien se encuentra con diversos personajes en su recorrido por el barrio: la madre que acaba de enterrar a su hijo, el pandillero enamorado de la hermana del líder de la mara rival, los niños que cobran extorsiones en las tiendas, el dependiente que matan por oponerse a pagarlas, la madre soltera que se prostituye para comprar droga, los bailadores de hip hop, el piloto de bus que debe pagarle impuesto a los pandilleros para poder trabajar y el peluquero que escucha en silencio los líos de todos.

    Walter retrasó la postproducción por falta de recursos y logró terminar el cortometraje este año.
    Lo exhibió el martes pasado en el Palacio Nacional de la Cultura, ante un público conformado en buena parte por los habitantes de Mario Alioto.

    Entre los asistentes no pudo estar David Moreno el Bio, el niño que protagonizó a un cobrador de extorsiones. A Bio lo mataron a balazos en Alioto poco después de haber actuado para la película porque intentó evitar, sin éxito, el asesinato de su hermano.

    Tampoco estuvo doña Mary, la señora que tras enterrar a dos hijos prefirió buscar otro lugar para vivir. Ni Mario el Blacky, el cantante reprimido que, cansado de su pobreza, se fue de mojado a Estados Unidos para cumplir su sueño de grabar un disco de reggaetón.

    Manuel Orozco, conocido por todos como Fu, sí estuvo presente en el estreno de la película.
    Pero el muchacho demacrado que llegó en silla de ruedas se parecía muy poco al joven vigoroso que personificó al pandillero enamorado de la hermana de su enemigo. En estos tres años, muchas cosas han pasado para Fu y para todo el elenco. En el barrio, la vida es tan voluble como vulnerable.

    La vida en el barrio

    Ninguno de los actores que participó en el cortometraje de Walter Cruz, que se llamó Barrio, era pandillero activo. La mayoría pasó por las pandillas, en la Mara 18 o la Salvatrucha, hasta que integraron Iki Balam, un movimiento fundado por Miguel Gaitán, un vecino de Alioto.

    Manuel Orozco, Fu, fue uno de los líderes de la Mara 18 en Alioto. Junto a uno de sus hermanos participaba en el robo de carros y motos, y asaltaban camiones repartidores para llevarse el arma del centinela. A los 16 años ya había estado varias veces detenido en el correccional de menores. Pero al cumplir los 18 y permanecer 8 meses preso entre  adultos, Fu replanteó su vida. Un grupo de teatro empezaba a surgir en Alioto, el asentamiento –que sus habitantes llaman colonia– donde sus papás invadieron un pedazo de tierra en 1995.

    “Metámonos, mano”, le propuso un hermano cuando lo fue a ver a la prisión. Para entonces, Bairon, el hermano mayor, ya estaba muerto. En su lucha por dejar la pandilla y las drogas, Bairon se enlistó en el Ejército, pero en cuanto tuvo salida se fue de juerga y agredió a varios policías. Los agentes le cobraron caro. Lo detuvieron en la estación y lo golpearon y torturaron hasta matarlo. Ya muerto, le colgaron un suéter al cuello para simular un suicidio.

    Los vecinos de Alioto miraban con desconfianza al grupo de “vagos” que se reunían en el campo de fútbol y luego en la escuela para hacer “payasadas”. Pero Iki Balam se dio a respetar como una academia de arte que enderezaba los torcidos caminos de los pandilleros. No sólo consiguió reunir en un solo lugar a líderes y peligrosos de maras rivales, sino que los motivó a incursionar en las artes.

    “Al principio yo tuve una doble vida”, recuerda Fu. “En el día iba a los ensayos de teatro y por la noche seguía en el rollo”. Eso se traduce en que  salía a delinquir y a reunirse con la mara. A los 19 años, sin embargo, Fu ya había dejado la pandilla. Había encontrado en la actuación su verdadera pasión y nunca dio vuelta a la hoja. “Con la actuación yo podía dejar de ser quien era por un rato y meterme en la vida de alguien más. Era una terapia, viajes en los que paré encontrándome a mí mismo”, cuenta. En esas catarsis, el joven descubrió que sus problemas de violencia doméstica y de drogadicción; el alcoholismo de su padre y las penurias de la pobreza no diferían del resto de jóvenes que tuvieron una infancia como la suya.

    Fu emprendió una prometedora carrera en las artes escénicas. Se integró al colectivo Caja Lúdica que lo llevó a Alemania junto a otros actores para dar una gira de teatro en distintas ciudades. Pero su pasado lo encaraba a menudo. Aunque sus ex compañeros de la Mara 18  lo dejaron de llamar traidor y aceptaron su nuevo oficio, para los miembros de la  Mara Salvatrucha  no hubo tregua. Lo perseguían para darle muerte y Fu lograba escabullírseles.

    Las persecuciones se apaciguaron cuando el joven fue capacitador en un taller de teatro, en los que participaron varios miembros de la Salvatrucha. Después de tres días de compartir las mismas habitaciones, los jóvenes parecían haber llegado a acuerdos. Uno le dijo a Fu: Si te llego a ver en rollo en la calle te tiro”. Era una benévola advertencia: quería decir que si el pandillero se enteraba que Fu había vuelto a la pandilla rival lo mataría. Pero Fu no tenía interés en volver a esa vida y tomó el aviso como un “pase de libertad”. “Pensé que el mal rollo (con los salvatruchas) había terminado”. No fue así.

    Hace dos años y medio, cuando Fu  tenía 9 años de haber dejado la mara, fue atacado a tiros por uno de los jóvenes que participó en el taller y nunca le perdonó su nueva faceta. Fu había abierto una empresa de animación y fiestas infantiles. Ofrecía espectáculos a domicilio como payaso y mago. El nefasto día fue a animar un cumpleaños a la peligrosa Ciudad del Sol, Villa Nueva. Regresaba a su casa cuando el salvatrucha lo detuvo. Intentó huir, pero le disparó cinco veces a quemarropa. Fu salió del hospital parapléjico y con su carrera artística hecha pedazos.

    Fue también en esa época cuando mataron a Bio, el quinceañero de piel aceitunada que personificó al cobrador de extorsiones. Casualmente lo mataron a balazos a pocos metros de la casa de Fu, a las 7:00 de la noche. Un mes antes, Bio se le había tirado al cuello al pandillero que acribilló al Cachetón, su hermano mayor, quien era un temido miembro de la mara contraria. La Policía detuvo al asesino del Cachetón, pero la mara no le perdonó la vida a Bio.

    “Así es la vida aquí”, dice Fu, a sus 31 años, sentado en su silla de ruedas, en su casa de la Alioto. “Nuestras vidas siempre están en movimiento y cambian de un momento a otro.
    Mírame a mí: estuve en la pandilla, estuve en el teatro, viajé a Alemania, tuve mi empresa y ahora... ahora estoy acá”. La esposa de Fu lo abandonó cuatro meses después de su accidente y le dejó a los dos niños. Fu y sus hijos viven en la casa de su madre. Su demacración se debe a que recién estuvo hospitalizado por una bacteria ósea.

    Doña Mary, la mujer que en la película encarna a la madre de luto, ha enterrado en la vida real a dos hijos: El Soldado y El Moreno. El primero fue un salvatrucha que dio guerra en Alioto.
    Su cuerpo apareció deshecho en la zona 5. El segundo, en cambio, era un muchacho apartado de las maras a quien mataron por venganza contra El Soldado.  La casa de doña Mary está abandonada. Ella salió del barrio por temor a que le mataran al resto de sus hijos, entre ellos Gerber, el joven que en el cortometraje intenta vengar la muerte de su hermano, un papel con el que no le costó identificarse.  “En Alioto ves y escuchás historias que no crees que puedan ser ciertas. Pero lo son”,  dice Walter Cruz. Cada vida que el cineasta llevó a su cortometraje está inspirada en una o varias que ha conocido en el asentamiento. Pero la realidad siempre supera la ficción.

    La obra continúa

    “Si no hubiera entrado a Iki Balam no me queda duda que sería parte de las estadísticas. Los pandilleros casi nunca viven más de 20 años”, dice Pedro Castillo, el joven de 30 años que encarna a El Vago en la película. Pedro fue hace muchos años un salvatrucha, pero las amenazas de su madre de “¡te corto el pedazo de piel en donde te pongás un tatuaje!” le evitaron muchos sinsabores que sufren los que dejan la mara, pero quedan marcados y no pueden conseguir trabajo.

    Pedro Castillo es otro de los muchos artistas que emergieron en Alioto gracias al grupo de teatro. Ahora es zanquero, malabarista, payaso y mago. Tiene contratos con empresas y personas particulares. Su esposa, también artista, le secunda en los shows y le confecciona los trajes y disfraces. Viven en Alioto, al igual que su madre y sus hermanos. Su cuadro familiar lo empaña la desaparición de su hermano mayor, quien fue pandillero, deportado de Estados Unidos, drogadicto y nuevamente emigrante. Le perdieron el rastro hace siete años.

    No es fácil salir del inframundo de la marginalidad ni de las pandillas. “La mayoría no logra dejar la mara”. Lo dice Fu, a quien la salida de la pandilla le costó su médula, y si se hubiera quedado sería cadáver. Pedro piensa lo mismo. “Los que nos metemos al rollo tenemos muchos problemas emocionales y psicológicos por las cosas duras que pasamos. La pandilla es un lugar “seguro” donde te sientes aceptado”, comenta Fu.

    El que toma el valor de salir al mundo se encuentra con la dura realidad,  la del país donde los empleadores no les dan trabajo, ya sea por sus tatuajes, por su forma de hablar o porque viven en Alioto, una zona proscrita para los que dan crédito, trabajo y hasta los que reparten comida a domicilio.  “Y entonces muchos se decepcionan de que no crean en su cambio, de que los resultados son pocos y lentos. Se cansan de buscar empleo y de no tener ni para comprarse una agua gaseosa. Se desesperan  porque la vida allá afuera es dura”, dice Fu. “Y vuelven a lo mismo”, acota Pedro: “a su pandilla que los recibe con armas, drogas, dinero y mujeres”.

    El hermano de ‘Fu’ es uno de los que pudieron dejar el mundo de Alioto. Es cantante de hip hop, el Ekis Ekis, como le gusta identificarse. Dos de sus canciones se utilizaron para la película de Walter. Son letras inspiradas en su vida en Alioto. Canciones en rima con frases como: “Yo vengo representando el barrio de los pobres, donde las balas corren así que sobres.

    Donde se desea que haiga el doble y que la comida nunca falte siempre sobre. Donde los callejones son oscuros y no existe punto para fumarse los puros. Donde siempre se viven momentos duros. Donde sólo si eres conocido estás seguro. Yo vengo del lugar que ni te imaginas, donde siempre encuentras mariguana, cocaína. De donde vengo no hay mansiones, limosinas, porque en cada esquina hay un alma asesina. De donde yo procedo se le llama gueto, ya que sólo el que mata se gana el respeto...”

     La vida en Alioto siempre continúa. “Es como una obra de teatro”, la describe Fu, quien ya ha empezado a reparar su vida. Volvió al teatro como guionista y director de comedias educativas. “No hay que quedarse sentado”, dice bromeando para sí mismo. “Si algo no sale bien hay que tapar los baches, como en el escenario. Cuando el actor se equivoca debe seguir como si nada. El público no conoce el guión, no tiene por qué enterarse de los errores”.

    Paola Hurtado

    29 noviembre 2008

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