Hace 30 años leí las obras completas del italiano Césare Pavese con toda fruición, y quedé profundamente impresionado.
Méndez Vides mendezvides@itelgua.com
Son novelas breves pero demandan tiempo para masticarlas, e ir con cautela porque deprimen y trasmiten ese raro malestar que condujo al autor a suicidarse. Sus poemas los tituló Trabajar cansa. Y su diario póstumo apareció bajo el título de El oficio de vivir. En la misma época leí Los indiferentes de Moravia y Crónica familiar de Vasco Pratolini, absorbido por la tragedia del hombre en el neorrealismo italiano que también se manifestaba en las películas en blanco y negro de Mastroianni y Sofía Loren.
Los tiempos han cambiado, pero los libros de Pavese siguen circulando por todo el mundo, frescos y universales. Su novela que prefiero es La luna y las fogatas, cuya edición argentina en mal papel y horrenda portada sigue siendo el ejemplar al que acudo a pesar de la letra borrosa y pequeña. Esta semana la leí nuevamente y la disfruté más que nunca. Trata de alguien que se va y regresa. El protagonista es un huérfano pobre que se marchó del país para regresar triunfante, si por tal cosa se entiende con fortuna. El otrora campesino se hospeda en el mejor hotel y es recibido hipócritamente por quienes antes lo menospreciaban. Un día se marchó para oponerse a la condena de la vida viviendo como árbol, sujeto a un lugar en el espacio, gobernado por las fases de la Luna, por las estaciones que traen la lluvia, las enfermedades, determinando cuándo se puede lavar una tinaja o hacer un injerto. Se opone a los ritos comunitarios y religiosos, y decide viajar, conocer, porque “el mundo entero es un enredo de caminos y de puertos”, pero a medida que pasa el tiempo comprende que “crecer quiere decir irse, envejecer, morir”, y que todos los pueblos en el mundo se parecen, que en todas partes se presencian las mismas decepciones, que es un sueño ingenuo comprender al mundo o cambiar las estaciones. El protagonista se altera ante el drama de la desigualdad social, lo abruma la impotencia de los lisiados, lo asombra la gente perdida en caprichos y deseos, y se derrumba ante el efecto del paso del tiempo, porque al envejecer nos aproximamos al destino universal de la muerte. El paisaje es árido y gris, y el espectáculo que encuentra en donde creció, ese poblado que añoraba, ya no existe como antes: “lo que quedaba era como una plaza al día siguiente de la feria, una viña después de la vendimia, el volver sólo al hotel cuando a uno lo han plantado”.
Desde septiembre pasado se está celebrando en todo el mundo el centenario de su nacimiento, y para el día de hoy se ha programado en el Instituto de Cultura Italiana un homenaje a su figura y obra, que incluye una película de los tiempos del fascismo en los años de la Segunda Guerra. Una ocasión para recordar a Pavese.
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