En estas latitudes, el showman tiene que ser de cemento encalado, para que no se derrita su proverbial blancura en un sitio como Coatepeque donde un copo de nieve es una proeza de la imaginación. En ningún sitio (bueno, quizás en las desérticas planicies de Kartún) se ve más fuera de lugar el gordo entrapajado y hasta con botas de charol. Hay que decir, además, que su descomunal barriga cervecera luce bastante descolorida junto a las furiosas buganvillas de la estación de gasolina.
Mayúscula insolencia: un mustio pinito navideño luciendo polvo y maltrechas guirnaldas de bricho han salido de quien sabe qué polvorienta bodega a adornar el descascarado Happy Pastime, por suplir con desvergüenza el ambiente acogedor de la época en el motel, me imagino. A medida que cae la tarde, a lo largo de la carretera hileras de lucecitas titilan tristes como luciérnagas engalanando las ventas de cocos fríos y licuados de frutas.
El ambiente navideño es un asunto bastante conspicuo a 35 grados bajo el sol. El elenco del Polo Norte se revela bastante ridículo en este entorno donde jamás una onda fría ha hecho a alguien enrollarse al cuello una bufanda o ponerse botas como no sea para el jaripeo. ¿Cómo es que a ningún ingenioso publicista se le ha ocurrido desvestir a Santa, haciéndole mostrar sus blancas rodillas y su pecho ensortijado de canas o hacer un Snowman con masa de Nixtamal o vender agua de coco como fresco de Frosty? Pero no, eso le quitaría la verdadera magia a esta época. No la que imposta el elenco extranjero sino la que su presencia incuestionable dice de nuestra capacidad para admitir y celebrar lo improbable, lo fantástico. La verdadera magia de la Navidad solo puede sentirse en la costa. Si en esta víspera le hace falta espíritu navideño, venga a darse una vuelta. Por si no bastara las maravillas diurnas, los niños queman cuetes desde noviembre y nada dice Navidad como el olor a pólvora.
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