Un aporte inobjetable al proceso de paz en Guatemala.
Helmer Velásquez
Con los albores del siglo pasado ven la luz en Guatemala, los movimientos mutualistas, asociativos y cooperativistas. Cada uno en su dimensión y especificidad, jugó y aportó al desarrollo de la vida social y ciudadana. Este, justamente, es el caso del Movimiento Cooperativo. Ya resolviendo por métodos de autoayuda y aportación propia, necesidades esenciales de sectores populares: vivienda y consumo. Ya promoviendo, la asociatividad empresarial campesina o el ahorro y el crédito popular.
Un siglo de presencia en el país, aderezado con momentos de auge y repliegue, éste último generalmente propiciado por la acción dictatorial, de la cual –lamentablemente– se plaga nuestra historia. Durante estos aciagos períodos, se reprimió a la dirigencia y bases cooperativas, con particular virulencia de los años sesenta hasta el fin del conflicto armado interno, con el abyecto objetivo de extinguir la organización social y cooperativa en particular. Sin embargo, como todo movimiento histórico, el cooperativismo no sólo se mantiene sino que logra desarrollarse.
Dentro de ese contexto, seis cooperativas agrícolas deciden, en el año 1968, constituir la Federación de Cooperativas Agrícolas de Guatemala –Fedecoag–. Con objetivos de defensa gremial, solidaridad y de sumar capacidad y esfuerzo, para potenciar al pequeño agricultor, facilitando su acceso al crédito, la asistencia técnica, y el comercio. Esta “profesión de fe” en la familia campesina y su pequeña agricultura, se transforma con el pasar de los años en una decisión estratégica para enfrentar los retos del desarrollo desde una visión cooperativa.
Fedecoag brindó un aporte inobjetable al proceso de paz: desde su especificidad formuló y movilizó propuestas para la reactivación productiva de la economía campesina, sobre la base de la estrategia del tránsito de la emergencia al desarrollo. Con esta visión se involucra en el proceso de retorno de los refugiados guatemaltecos en México conformando cooperativas de retornados, facilitándoles crédito productivo. Herramientas que permitieron a crecientes contingentes sociales, no solamente el acceso a la tierra sino el inicio de procesos de reinserción social y productiva, luego de más de una década de exilio campesino.
Ahora, 40 años después, la Fedecoag tiene una larga historia qué contar y, fundamentalmente, una experiencia de éxito social necesaria de transmitir. Con 55 cooperativas asociadas, es ahora poseedora de empresas cooperativas de agroindustria, con capacidad transformadora y de mercado. Esto, sin abandonar su intrínseco principio de solidaridad. Testimonian estos 40 años de cooperativismo, la enorme capacidad organizativa del movimiento campesino y sus grandes posibilidades de desarrollo empresarial asociativo y solidario. Muestra palpable que transformar el presente es posible.
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