Luis Aceituno / Lado b laceituno@elperiodico.com.gt
Lo bueno del mes de diciembre es que uno se encuentra de repente a algunos amigos de antaño. Me he encontrado con varios en días recientes y me he sentido por un momento reconciliado con mi pasado. Tenía sin verlos, qué se yo, 10, 20, 30 años.
Lo más regocijante fue comprobar que ninguno de nosotros se había convertido en fantasma y que bien que mal ahí la íbamos llevando. Hubo, por otra parte, un gusto sincero por el reencuentro y comprendí que algunos de ellos me habían hecho demasiada falta en todo este tiempo.
Por lo demás, lo de siempre, te encontrás, te abrazás, te mostrás fotos de época y algunas recientes. Nos dejamos de ver como a los 20 y ahora rondamos los 50, y pareciera que todos estamos recién llegados de un viaje que nos llevó por caminos un tanto complicados y extraños.
En un país que se desmorona, es bueno darte cuenta que hay dos o tres cosas que a pesar de todo subsisten. Las amistades de infancia, los chocolatitos, los cigarros Payasos, uno que otro paisaje que continúa ahí intacto.
Por lo general, me dan terror este tipo de encuentros, los rechazo, los evito, me pierdo por ahí esperando que no me encuentren. No hay nada peor que intentar revivir algo que ya está muerto. Uno se queda abrumado, borracho de amargura y de nostalgia, reprochándole al pasado ya no ser lo que era antes.
Por otra parte, uno comprende que hay lazos, conexiones, vasos comunicantes, vivencias compartidas que nos fueron convirtiendo en lo que somos, y que es bueno estar ahí y disfrutar a los viejos amigos y platicarles tonterías como en los tiempos idos, y de repente sentirte infinitamente agradecido de que ellos también estén ahí, y estén vivos y que al menos por esta vez no haya cosa más importante que dejarte llevar por la algarabía general y los buenos rollos…
0 comentarios: