Luis Aceituno / Lado b laceituno@elperiodico.com.gt
Cada vez que se encontraban frente al pelotón de fusilamiento, Ringo, Django, Tim McCoy, pedían la gracia del último cigarrillo y siempre lo fumaban como si fuera el único, con la mirada perdida en el horizonte, esperando la salvación.
No sé si en Smoke o Blue in the Face, las cintas de Paul Auster y Wayne Wang, Jim Jarmush se acerca a la tabaquería de Harvey Keitel para fumar el último cigarro de una larga vida de fumador. Ambos hablan sobre un Nueva York que ya no existe, una ciudad otrora maravillosa, ahora habitada por gente que lleva celulares ligeros como plumas y bebe agua mineral envasada en pueblos europeos con nombres sugestivos.
Unos años después, el mismo Jim Jarmush reúne, en Coffee & Cigarretes, a Iggy Pop y Tom Waits para sostener uno de los más deliciosos, nostálgicos y delirantes diálogos que el cine contemporáneo nos ha regalado sobre la falta de nicotina en nuestras vida.
En un diálogo reciente con William Ospina –autor de libros indispensables como Es tarde para el hombre y Esos extraños prófugos de Occidente-, este me confesó que ya no fumaba, pero que cada día estaba más convencido de que cuando la gente lo hacía el mundo iba mejor. Basta ver la cantidad innombrable de neurosis que han aparecido desde que el cigarrillo ha sido proscrito de la faz de la Tierra. Bipolares, dementes, psicóticos, simples locos deambulan por las calles de una infinidad de ciudades y están dispuestos a todo, a insultarte, a asesinarte, a robarte la cartera.
Pero qué le vamos hacer, como augura la Mopi en su columna de ayer, el mundo pide más desquiciados y menos fumadores. Sé que un día de estos, me encontraré frente al pelotón de fusilamiento y Zury Ríos ni siquiera me concederá la gracia del último cigarrillo.
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