Tres años atrás fui responsable de gestionar una actividad cuya finalidad era poner de relieve la presencia judía en Guatemala y sus aportes culturales.
Rosina Cazali / No Lugar rosinacazali@gmail.com
Tres años atrás fui responsable de gestionar una actividad cuya finalidad era poner de relieve la presencia judía en Guatemala y sus aportes culturales. El tema resultaba fascinante por la posibilidad de acercarse al bagaje de algo tan poco conocido en nuestro medio.
Lamentablemente la ingerencia de la comunidad diplomática judía propició su cancelación. Para comenzar, pidió que los invitados fueran restringidos a través de una lista, pasados por un detector de metales en la entrada del auditorio que, con antelación, sería inspeccionado por su propio servicio de seguridad para evitar cualquier atentado.
Para una institución que trabaja en el marco de la democracia y la cultura aquello era desproporcionado. Muy parecida a la contradicción que brota en estos tiempos de ataques encarnizados en la Franja de Gaza. Es un recuerdo que permite ver la parte y el todo, cómo se reproducen la lentitud de la reflexión ética y cómo el ser humano en lugar de resolver la tensión busca las formas para mantenerla.
Quienes carecemos de experiencias para analizar el panorama político mundial no estamos autorizados para opinar. Sin embargo, la historia de los judíos, de Israel y el mundo árabe en general, es tan abarcadora o mediatizada que las reflexiones sobre la situación actual nos involucra de alguna manera. Alguna vez Edward Said abría la pregunta que nos hemos hecho muchos: ¿qué clase de razonamiento vuelve fácil concebir un gran poder militar, que da licencia para emprender un cambio social y político con tan poca consideración por el daño enorme que dicho cambio entraña? ¿Qué poder divino le da legitimidad y lo justifica? Por inútil y frágil que parezca el esfuerzo por responder a Said –o a nosotros mismos en el silencio que dan la distancia y el anonimato–, me parece que muchas de las explicaciones que buscamos se resumen en todas aquellas imágenes que hemos interiorizado a través de las películas, los museos, los monumentos que apelan a la memoria del holocausto judío. Estas nos han conmovido tanto como perpetuado visiones concretas sobre las víctimas de los campos de exterminio. Y, por ello, gestionan la complicidad de callarnos y tolerar las posteriores muestras de poderío. Después del 11 de septiembre, a través del efecto del shock y su gestión mediática en el marco de las políticas de W. Bush, también se ha instalado el derecho de marcar la frontera entre el terrorismo y los grupos lícitos, aquellos que se arrogan la representación mundial de atacar con legítima legalidad.
Ninguna guerra se justifica. Mucho menos la dinámica desintegradora de no respetar tratados de derecho internacional, que da poder a unos en función de aniquilar a otros. El caso es que, en medio de esa desproporción, la población civil siempre aparece desprotegida. ¿No es contradictorio entonces que, después de haber sido ya sea testigos o víctimas del holocausto, no aprendamos? “El pasado no debe de regir el presente. La memoria –y el olvido– se han de poner al servicio de la justicia”, dice Tzvetan Todorov.
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2 comentarios:
José A. Calderón : (2009-01-07 08:56:59 horas)
Los judíos han sido, són y serán siempre los mismos. Descalifico toda forma de violencia, venga de donde venga, pero la religiosa me parece más abominable.
Carlos Lopez Y.: (2009-01-07 07:59:19 horas)
Buena suerte, Sra. Cazali. La esta emprendiendo contra el grupo mas poderoso en este mundo: los judios. Los judios controlan las finanzas y la prensa mundial, dice el refran. Para muestra de las industrias que son controladas por los judios:
* pornografia
* aborto
* armas
* diamantes
Vea lo que le hicieron a Mel Gibson por osar hacer una pelicula cristiana.
Defiendo el derecho de Israel de defenderse, pero no de matar niños y mujeres o atacar escuelas y hospitales.
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