El pasado 20 de diciembre el Gobierno boliviano declaró al país “libre de analfabetismo”, luego de una campaña nacional que duró tres años y que contó con la solidaridad de Cuba y Venezuela.
Más de 800 mil personas, especialmente mujeres, fueron alfabetizadas con el método “Yo sí puedo”, que en alrededor de tres meses permite la adquisición de las habilidades y capacidades básicas de lectura, escritura y cálculo. Este método está siendo implementado en varios países, incluso en Guatemala, y como todos los métodos tiene sus seguidores y sus detractores. Entre estos últimos hay algunos por razones técnicas y otros, los más, por razones ideológicas. Pero el método ha mostrado resultados para enfrentar uno de los problemas con más historia.
Dentro de los datos que más llaman la atención, se reporta que el programa movilizó a más de 46 mil facilitadores, Cuba donó 30 mil televisores que son requeridos por la metodología, fueron instalados 8 mil 350 paneles solares para comunidades sin energía eléctrica y algo muy singular es que 200 mil pares de anteojos fueron distribuidos para posibilitar el aprendizaje de personas con problemas visuales. Tuvo un costo de casi US$37 millones y tiene prevista una fase de seguimiento llamada “Yo sí puedo seguir” que equivale a la escuela primaria.
Muy interesante el esfuerzo. En particular porque Bolivia tiene algunas similitudes con Guatemala, sobre todo la presencia importante de pueblos indígenas. Con la diferencia que allá tienen una cuota del poder y aquí siguen siendo tratados como atractivo turístico.
Bolivia tiene ahora el reto de evitar que el desuso vuelva a producir analfabetas. Porque la lecto–escritura es uno de esos aprendizajes que requieren una constancia, principalmente para trascender de la descodificación hacia la lectura comprensiva y más aún, de la cartilla a la lectura del contexto, la historia y la realidad.
La alfabetización no es la meta sino apenas la puerta de entrada para romper la exclusión, la discriminación y la marginalidad. El alfabeto no basta, si detrás no hay programas de equidad que también permitan el acceso a fuentes de trabajo o la generación de las propias, si detrás no hay acceso a espacios de poder político y de organización social. Lo de Bolivia es buena noticia. Ojalá más países, y el nuestro en particular, pongan más empeño en lograr el acceso a la cultura escrita, pues no hay democracia en un país de analfabetas.
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