Que se devuelva la esperanza al porvenir de los niños.
Fernando Carrera
A medianoche del pasado 24 de diciembre, el papa Benedicto XVI dio su mensaje Urbi et Orbi (para la ciudad y para el mundo) desde el Vaticano. Se trata de un mensaje sencillo, lleno de lenguaje poético, destinado a la reflexión profunda a lo largo de todo el año, en vez de nuestros acostumbrados mensajes mediáticos cuyo sentido y utilidad desaparecen pocas horas después de haber sido emitidos.
En un primer momento el Papa nos recuerda que la Natividad es la celebración de la luz. Dios escoge a un niño, y a un niño de una familia pobre, para revelarse en cuerpo frente a la humanidad, y a través de él iluminar el camino de la verdad y la vida para todos los seres humanos. Es una luz de esperanza dirigida a todo aquel que quiera acogerla, sin distinciones sociales de clase, religión o cultura. Es una luz para iluminar a tantas poblaciones que todavía viven en tinieblas y en sombras de muerte, según nos indica el Evangelio de San Lucas y oportunamente nos lo recuerda el Papa.
Uno podría pensar que habiendo tantos niños en este mundo, y sobre todo tantos niños pobres, cada uno de ellos debería ser visto como una luz de vida y esperanza. Es una pena que los adultos les fallemos a la mayor parte de esos niños y niñas, y que al igual que Herodes en la historia bíblica, le demos la espalda a la luz de esta nueva promesa encerrada en cuerpo de niño ofreciéndoles un presente de penurias económicas y violencia. Como bien dice el Papa, los niños necesitan que “se devuelva la esperanza a su porvenir”.
El mensaje del Papa nos plantea además una ética para superar la crisis económica mundial, al señalar que “si cada uno piensa sólo en sus propios intereses, el mundo se encamina a la ruina”. Frente a esta perspectiva de egoísmo, Benedicto XVI nos anima a utilizar la luz de la Navidad para estimular “a todos a hacer su propia parte, con espíritu de auténtica solidaridad”. Una solidaridad orientada a respetar los derechos y la dignidad de todos los seres humanos, y que permita superar los egoísmos personales o de grupo que prevalecen sobre el bien común. Una solidaridad para superar la violencia y la pobreza, no sólo como una meta de un gobierno, sino como una meta de país y de toda la humanidad. Una solidaridad para superar los conflictos entre hermanos y enfrentar el futuro con esperanza y optimismo.
Que la luz de la solidaridad nos acompañe en 2009, y que esa misma luz sirva de faro orientador para articular nuestra respuesta como país frente a las amenazas de crisis económica y violencia que oscurecen nuestro futuro. Que así sea.
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