No terminé la novela propuesta, ni el país cambió gran cosa.
Méndez Vides
Los buenos propósitos se nos acumulan todos los años durante estas fechas. La Navidad ha sido propicia para agitar el carbón de los lazos familiares, porque el hogar es la patria.
Diciembre nos visitó lleno de aromas memorables y del frío característico. Creo que esta vez ni siquiera escuché el paso de las posadas. Disfruto el ponche y la fruta de temporada, las uvas que cambié hace tiempo por el vino, y el aroma de los cordones de manzanilla colgando a la entrada. No hubo muchos cuetes este año. Nada de silbadores prohibidos o cachinflines peligrosos, aunque continuaron vendiéndose debajo de la mesa, como películas pirata o estupefacientes para patojos nostálgicos. Entre tantas obligaciones se me pasó la época de reposo tan rápido que de pronto era Día de los Inocentes, y cuando menos sentí ya habían pasado los Reyes, llevándose los adornos de la época y el perfume de la pólvora.
El Año Nuevo lo viví alejado, fuera de mi costumbre, de los buenos amigos con quienes siempre he celebrado la llegada de la medianoche. No tuve tiempo ni de despedirme. Esta vez la celebración me cachó solo, en medio de hordas de gente desconocida que no se movían ni dejaban pasar, mirando boquiabiertos al cielo los fuegos artificiales a los que yo no puse atención por estar buscando una salida. Creo que al final cedí a la tentación y me fijé en algunos de los destellos que cubrían de luz el firmamento oscuro y frío, y supuse que lo que veía no era muy diferente de lo que se aprecia en La Antigua. Quizá la diferencia estuvo entre la deliciosa anarquía nuestra frente a lo ordenado de los proyectiles dirigidos que se lanzan al cielo en el Primer Mundo. La gente se abrazaba, los jóvenes bailaban en la calle, se reconocían como iguales, libres de precauciones, y detrás de la muralla humana estaba mi familia desperdigada. No fue necesario correr, porque la verdadera medianoche a mí me llegó con el reloj biológico cuando ya estábamos reunidos. Pero gocé el buen sabor de la tranquilidad, caminando por la calle en una ciudad extraña, sin preocupación ni temor a la delincuencia, y deseé profundamente que toda esa dicha se imponga en Guatemala.
Las fiestas ya pasaron y es la hora de regreso a la realidad. No terminé la novela que me había propuesto finalizar antes de que se extinguiera el año muerto, el país no cambió gran cosa, los diarios hablan de multitud de gente comprando útiles escolares, el país está endeudado, escasea el empleo, otra vez nos toca asumir el tráfico, aunque el descanso brinda cierta tolerancia que nos devuelve la sensación de paz. Tarde o temprano recuperaremos la confianza en los demás, no nos robará el electricista ni el banquero ni el político, y el país mejorará.
Gracias por recordarme que talvez la celebración de navidad sea una de las pocas cosas en que superamos a otros países, demostrando la riqueza cultural que poseemos. Usted mismo se ha dado cuenta qué aburrido y qué triste es pasar estas fiestas en otro lado: no hay colores, ni sabores, ni olores, ni sonidos, ni creatividad, ni calor humano. Tengo unos amigos salvadoreños que cada año vienen a mi casa para navidad, con su familia, y llena de satisfacción ver cómo lo disfrutan. ¡Salud!
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