El área IPER, Instalaciones de Producción de Energía Renovable. Así la llaman. El nombre impresiona y da la sensación de una de esas enormes industrias con maquinaria sofisticada donde la gente trabaja en turnos de día y de noche. Pero no. La planta Bio Procesos Energéticos Renovables S.A. (Biopersa) luce muy distinta en medio del claro de un bosque de Antigua Guatemala.
En realidad 5 personas conforman Biopersa, se encargan de producir entre 400 y 500 galones semanales de biodiésel. La maquinaria empleada también es simple y algunos de sus procedimientos incluso son artesanales. “Este es el reactor”, dice Alejandro del Valle, y señala un cilindro de unos 2 metros de alto y 1 de diámetro. Aunque pequeño, el artefacto es lo único allí que parece una máquina sofisticada. El reactor está unido por mangueras a 4 enormes tanques plásticos de esos para almacenar agua en casa; los adaptó para realizar la tarea. Así funciona en una estancia de techo de lámina de zinc y paredes de bloc sin repellar.
Y ese es todo el mecanismo de la planta donde producen el combustible que mueve una flotilla de diez vehículos de la municipalidad de Antigua Guatemala. El año pasado, mientras todos padecían los altos precios de los carburantes, la comuna llenaba sus tanques con galones de biodiésel, Q15 más barato.
En el país funcionan otras nueve plantas donde procesan el aceite vegetal de cocina ya usado para convertirlo en biodiésel, pero la IPER que dirige Del Valle, un biólogo, puede ser el inicio de algo grande en la cabecera de Sacatepéquez. Están en camino a convertirse en un municipio verde. Biopersa además de producir combustible ecológico se ha convertido en el sitio para echar a volar la imaginación de Del Valle con ideas que procuran un medio ambiente más limpio.
Tengo una idea
¿Cómo convencer a la gente de que el aceite usado de cocina puede transformarse en un combustible para mover carros y que al momento de la combustión este contamina menos? No es fácil, comprobó Del Valle, de 34 años, varias fueron las cejas levantadas con escepticismo o las carcajadas ante su increíble explicación de mover un auto con el aceite que había servido para freír papas, pollos o churros.
“En otros países es toda una industria la recolección y transformación de grasas vegetales usadas en la cocina, aquí no, primero hay que educar sobre el tema”, cuenta él. Su estrategia al principio consistía en frecuentar restaurantes donde primero comía para generar confianza y luego hablaba con el propietario. A todos ellos les preguntaba qué hacían con el aceite que había utilizado para cocinar y obtenía una de dos respuestas: “lo tiro en bolsas a la basura” o “lo dejo ir por el drenaje”. Una cucharada de aceite contamina 100 litros de agua. “¿Cuánto habían contaminado hasta entonces con lo que habían tirado?”, les volvía a preguntar y se sorprendían del daño que provocaban.
Y entonces se animaba a pedir el aceite usado de sus cocinas que antes no tenía ningún valor para ellos. La actitud de los propietarios de restaurantes cambiaba y se tomaban el tiempo de colarlo y guardarlo.
Estaba convencido de que encontraría el apoyo para echar a andar una planta para convertir en combustible lo que recolectaba y guardaba en su casa. El jardín olía a fritura lo mismo que la lavandería, era su laboratorio de pruebas, donde arruinó batidoras y licuadoras de su mamá en cada ensayo. “En la casa nunca me dijeron nada, pero me veían raro, creo que se preguntaban qué iba a hacer con todo ese aceite y cuándo lo sacaría”.
Y mientras, cada semana se aparecía con más galones de aceite. Alejandro es el primero de dos hijos, vive con su familia en la zona 11 de la capital.
Al menos diez veces llegó a la comuna antigüeña para explicarles su proyecto a distintas personas en cada ocasión. Hablarles de los beneficios económicos para la comuna y para el medio ambiente. “No me daba por vencido porque pensaba que si mi familia no me creía, menos un alcalde que no me conocía. Todo era cuestión de tiempo”, pensaba.
Tenía contactos con la Embajada de Suiza en Guatemala para quien había trabajado algunos proyectos, le sorprendió lo bien que lo entendieron y le dijeron que sí al financiamiento casi desde el principio.
Biopersa produce entre 400 y 500 galones de biodiésel a la semana –apenas el 10 por ciento de su capacidad real, unos 5 mil galones semanales– que mueven 10 vehículos de la comuna. Son 6 picops que sirven para transportar materiales de construcción, 2 camiones de volteo y 2 tractores. “Por el momento no utilizamos biodiésel en los vehículos de la Policía Municipal de Tránsito (PMT), por la garantía de los mismos, pero en el futuro esos carros también se moverán con ese combustible”, asegura Antonio Palomo, concejal suplente y encargado de la Comisión de Medio Ambiente de Antigua Guatemala. Y es que algunas piezas de motores diésel se deterioran más rápido con biodiésel, aunque el fabricante ya lo considera en sus nuevos modelos.
¿Que si es rentable producir biodiésel? Sí lo es. “Nuestros costos se mantienen a los precios actuales del diésel y con algo más, los niveles de contaminación por emisión de gases son realmente bajos”, compara. Los carros movidos con biodiésel huelen como si de cerca cocinaran pollo o papas fritas.
Un camión multiusos
Que los suizos creyeran en la idea de Del Valle fue como destrabar el engranaje que en adelante movería las piezas de una gran idea.
Al principio él iba y venía en su viejo jeep con el aceite que recolectaba, pero crecieron en oferta. En poco tiempo convencieron a los propietarios de más restaurantes –168 en total– de venderles o regalarles su aceite usado. En Biopersa necesitaban algo más grande para transportar todo aquello, pero, ¿cómo pagarlo?
“Con publicidad”, se le ocurrió. En septiembre, Biopersa adquirió un pequeño camión, el furgón está dividido en cuadros que anuncian hoteles, restaurantes y laboratorios clínicos de la ciudad colonial. Cada cuadrito significa dinero (entre Q200 y Q400) para pagar mes a mes el camión.
Un día visita restaurantes de Antigua Guatemala y otros tres viaja a la capital, como cierta mañana de miércoles de diciembre. Su jornada comenzó en el restaurante Patsy, a un costado del Palacio Nacional de la Cultura. Recogieron 5 canecas (25 galones) de aceite. “Venimos 1 vez por semana a este restaurante porque reúnen una buena cantidad, pero en otros llegamos una vez al mes”, explica Pedro Morales, asistente técnico del proyecto. El Café de Imeri les proveyó esa mañana 1 caneca de aceite y en las oficinas centrales de Chévere recogieron 900 libras de manteca vegetal, unos 120 galones. Y así en otros restaurantes.
Ya los conocen, ya los buscan, pero todavía tocan puertas para encontrar el ansiado aceite usado de cocina. Cuando lo que recogen es una cantidad considerable, pagan Q3 por galón.
El camión de Biopersa guarda un día de trabajo para otro proyecto, el del reciclaje. Tiene
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