Cuentan de un joven que quiso ser orador. Tal era su más preciado sueño. Desde niño puso por eso muchísima atención a la forma de expresarse del presidente Romeo Lucas y precisamente –denotaba muchísima sabiduría infantil– para no hacerlo como este, lo que presagiaba un buen comienzo. Adolescente aún tomó diversos cursos para hablar en público y practicaba horas enteras, incluso ante un espejo. Obtuvo su primera licenciatura en oratoria de la Universidad Rafael Landívar, a la que añadió otra por la de la San Carlos. Completó su formación en el arte de Demóstenes con senda maestría por la Francisco Marroquín. Se preocupó incluso por la impostación de voz y llegó a dominarla a perfección. A todo esto vino a sumar una exhaustiva lectura de los clásicos y profundizó en las más variadas disciplinas. Actualizó sus conocimientos con autores modernos y se mantenía al tanto de todo para transmitirlo, algún día, en las alocuciones que soñaba.
Todo hubiese hecho pensar que incluso Fidel Castro habría de palidecer ante orador tan preparado. Contaba en su repertorio con sentencias populares, modismos, dichos y refranes, adecuados chistes y múltiples puntadas del más hilarante humor.
Lapidario en sus conceptos como Ayau, puntual como Pérez de Antón, florido como el doctor Armando de la Torre e incluso más, casi como el Mico. Ameno como Velorio pero educadísimo, a lo Fredy Guzmán. Afable como Álvaro Arzú –pensándolo bien esta comparación no es del todo afortunada– locuaz como Vielman, esta tampoco…Humilde y sencillo pero, sobre todo, poco reiterativo, como Dionisio. ¡Mal se pone este artículo en el arte de las comparaciones! Simpático como Cerezo, esta sí vale.
En fin, decía, todo hacía presagiar que tendría un éxito rotundo como orador y que lograría culminar su sueño. Sin embargo, surgió un problema. A pesar de su perfección en el hablar y de sus profundos conocimientos, nadie le escuchaba. Nadie le ponía atención alguna. No lograba incluso que lo oyera ni su propia mujer. Pasaba total y absolutamente inadvertido.
Alguien le recomendó entonces que se adiestrase en algo que fuese espectacular, a tal extremo que le permitiese asegurar la atención de los oyentes.
Por ejemplo, le dijo, volar…
Con el único afán de hacerse oír empezó el largo y doloroso aprendizaje. Volar desde una altura de cinco peldaños… y cataplum. Curitas, vendajes, escayolas… Una y otra vez, hasta lograrlo. Después, desde una escalera de más altura. Desde un primer piso, un segundo y un tercero. Revoloteando manos y canillas, girando velozmente la cabeza como asta de helicóptero. Pecho hundido, brazos extendidos, planear… ¡Lo había logrado!
Después fue incluso ya más ambicioso, desde la torre del Reformador por las noches, sin que nadie lo viera.
Y llegó el gran día. Un 15 de septiembre en plena plaza central. Él, agazapado en los campanarios de Catedral, a la par de la Chepona. El pueblo en la plaza, el Presidente de la República, el Gabinete y todo el cuerpo diplomático en la tribuna de honor. Presente el Ejército, maestros y escolares. Inmediatamente emprendió el vuelo. Al principio todos creyeron que se trataba de un suicida pero ¡sorpresa! Planeaba, remolinaba, volvía a ascender, tocaba las nubes, se dejaba venir en picada y volvía a subir. Aterrizó finalmente. Todos lo contemplaban maravillados, atónitos. No había más atención que para él. Ni el general Ríos, ni monseñor Quezada fueron capaces de pronunciar palabra. ¡Ni siquiera el Conejo se echó “comentario” alguno!
El silencio era absoluto y los ojos de todos sobre él. Aterrizó a escasos metros del micrófono. La verdad es que no necesitaba de aparato alguno, tal su dominio de la voz, pero le pareció que hacer uso de este le imprimiría incluso más carácter. Se fue hacia él, pausado, con total y absoluto dominio de la escena. La atención era tal que parecía que nadie respirara.
Señoras, dijo, señores…El dominio que ejercía sobre todos era poco menos que infinito… Pero entonces, antes de que pudiera decir otra palabra surgió un coro unánime que le hizo imposible continuar y que desbarató sus sueños para siempre: ¡Que vuele¡ ¡Que no hable! ¡Que vuele! ¡Que no hable! ¡Que vuele!… Coreó la multitud. ¡Que no hable! ¡Que vuele! y se puso así punto final a nuestra historia.
¿Colofón ? No lo sé pero, tal y como me la contaron, se las cuento. Tanto esfuerzo, decía el poeta, el de la mosca por ser paloma y el de la paloma por ser tigre, sólo el arco, apacible, sin esfuerzo.
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3 comentarios:
Alba Suárez: (2009-01-12 04:54:15 horas)
Nos encantó su artículo, licenciado. ¡Ojalá nos de muchos como éste.
José A. Calderón: (2009-01-11 22:23:43 horas)
Muy buena beta. Ojalá nos brindes más artículos como éste.
Betty Rufina: (2009-01-11 08:40:58 horas)
a Colofón le vamos llamar Colom, acisclo, con otras palabras le dio a entender a Colon que cuando habla ninguno le pone coco, que no se le entiende y que mejor se vaya a volar.y que no pelee con los analistas.
3 comentarios: