No recuerdo el nombre de la cantina. Tal vez no tenía.
Eduardo Halfon
Me preguntó qué significaba para mí escribir, y yo tomé un trago de cerveza y luego me metí el cigarro a la boca y aspiré profundo y, soltando todo el humo con mis palabras, le contesté que escribir es morirse un poco.
“Eso, más o menos”. Desde su banquito de madera, mi amiga seguía tomando fotos de las personas que entraban y salían del cementerio público, de los coloridos nichos, del señor que vendía tiras de mango verde y del señor que vendía naranja agria con sal y pepitoria y del señor que vendía lápidas.
“Ya”, dijo ella sin ningún interés. No recuerdo el nombre de la cantina. Tal vez no tenía nombre. El aire apestaba a perro mojado. “¿Otra cerveza?” “Como quieras”, susurró ella detrás de su largo lente. Poniéndome de pie, machaqué mi cigarro en un cenicero plateado. Entré al local. Me acerqué a la barra y, algo recio, debido al barullo futbolístico que hacía una pequeña televisión, le pedí a un muchacho dos cervezas más. Volví a salir y de inmediato me sorprendió descubrir a mi amiga hablando con un anciano de pelo blanco y piel tan pálida que casi parecía rosada. Llevaba puesto un traje negro, empolvado, varias tallas muy grande. “Este señor quiere que le tome una foto”, me dijo mi amiga. Saludé al anciano. Pero él, aún de pie y con los brazos cruzados, me ignoró. Sólo observaba a mi amiga. “¿Qué dice, jovencita, me toma usted una foto?” “Con mucho gusto”. “Es que nunca me han tomado una foto, fíjese”. “Claro”. “Y entonces quiero que usted me tome una. Si es tan amable”. Salió el muchacho y nos dejó las botellas sobre la mesa de plástico. “Pues yo encantada”, le dijo mi amiga al anciano, ya enfocándolo a través de su lente. “Y si usted quiere, me anota su dirección en un papelito y al rato le puedo mandar una copia”. “Ay eso no”, dijo muy serio. Mi amiga bajó la cámara. “¿Cómo así? ¿No quiere que le mande la foto?” “No, jovencita”, musitó, sacudiendo la cabeza. “¿Está seguro?” El anciano seguía sacudiendo la cabeza. “No quiero ni verla”, dijo con énfasis. “¿Y entonces para qué quiere que le tome una foto?” Hubo un silencio y yo aproveché ese silencio para beber un sorbo helado de cerveza y encender otro cigarro. “Pues usted, jovencita, hoy sólo me toma una foto y luego la cuelga en alguna pared de su casa”. El anciano estaba rascándose el pelo blanco con sus uñas largas y filudas. “Así después”, dijo desolado, su mirada opaca hacia el cielo, “la gente sabrá que yo existí”.
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9 comentarios:
Lucía Escobar: (2009-01-14 18:58:44 horas)
La cantina bien pudo ser El Olvido.
Manuel Aler: (2009-01-14 17:40:37 horas)
Bienvenido y preparáte para que te vuelen penca por este medio.
Nada más que te descubran, intuyan o te adjudiquen -gratuitamente, eso sí- una filiación, inclinación o gusto que no sea conservador y te lloverá lava jurásica.
Salú.
Ana Martínez: (2009-01-14 17:04:14 horas)
Estimado Eduardo:
Muchísimas gracias por la historia! Saludos!
Angel Garcia: (2009-01-14 15:19:20 horas)
¡Epa Eduardo! Espero leerte por mucho tiempo en este espacio. ¡Salud por los buenos escritores!
María García: (2009-01-14 12:46:46 horas)
Me encantó la historia, no sé si sean reales los hechos, pero... te pone a pensar un poco.
José A. Calderón: (2009-01-14 12:42:27 horas)
Ojalá tu espacio sea permanente. Necesitamos más columnas como ésta, pues ahora, cualquier pendejo conectado escribe.
Dina Fernández: (2009-01-14 10:46:40 horas)
Eduardo, bienvenido a las páginas de opinión, las vas a enriquecer.
Mike Morals: (2009-01-14 08:01:38 horas)
Interesante lo escrito por Eduardo, sin duda muchos queremos dejar huella que vivimos o existimos.
Tono Fuentes: (2009-01-14 06:43:00 horas)
Pasamos por la vida como sombras. Creemos que nuestras frivolidades son tan importantes, que no necesitamos de una "foto" para grabar nuestro recuerdo en la mente de los otros.
9 comentarios: