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Actualmente hay 30 sonriseros activos y 170 en formación.
La palabra que utilizan con tanta seriedad los integrantes de Fábrica de Sonrisas no existe en el diccionario. “Sonrisero” no tiene definición concreta para los expertos del lenguaje. Sin embargo, cualquier persona que la escucha puede armar un significado: persona que utiliza trajes, ademanes, gestos y objetos apropiados para contagiar alegría.
¿Por qué no llamarlos payasos, palabra que en el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) sí tiene definición? Sencillamente porque los voluntarios de esta organización no cobran por su trabajo ni son expertos en el arte de contar chistes, actuar de manera cómica o realizar variados diseños de animales, flores y muñecos con globos, papel o pinturas para el rostro.
A ellos no los une un talento (aunque se esfuerzan por desarrollarlo) sino el deseo de compartir unas horas de su tiempo para dejar la indiferencia a un lado y contagiar de alegría y optimismo a niños y ancianos de hospitales y asilos del país.
Lo que comenzó como una iniciativa de un grupo de amigos, ahora es una asociación legalmente establecida e integrada por más de cien voluntarios que han pasado por una escuela de adiestramiento en técnicas como globoflexia, teatro, mímica, papiroflexia, malabares y pinta–caritas.
La “payaescuela”, como ellos la definen, es el lugar donde los voluntarios aprenden a utilizar las habilidades que poseen para cambiar el día de una persona enferma u olvidada. “Después de cinco meses de capacitación, los voluntarios se gradúan y comienzan sus visitas semanales”, comenta Andrés Ruiz, quien forma parte de la generación que le dio forma a esta iniciativa.
Sus integrantes lo ven como un verdadero compromiso. Clarissa Barrera es una auditora de 40 años que decidió unirse a la fábrica el año pasado. “Yo encontré una filosofía distinta de vida: todos los días debemos comportarnos como en la fábrica, sonrientes, felices, a pesar de nuestros problemas”, comenta Barrera, a quien niños y ancianos conocen como Doctora Estrella.
“Los egresados de esta escuela son llamados doctores de la risa, payamédicos, médicos de la alegría o sonriseros. Cada uno debe escoger un nombre para realizar su vida como voluntario y cambia la filipina celeste que utilizó en su etapa de preparación por una bata blanca que lo identifica como médico de la alegría graduado”, agrega Ruiz, quien eligió el nombre de Doctor Fantasía.
Actualmente hay 30 sonriseros activos y 170 en formación. Entre ellos están los integrantes de la generación 0, que comenzó el proyecto, la generación 1 y 2, graduados en 2008 y la generación integrada por voluntarios que estudian los sábados, de 8:30 a 12:00 horas, en el Parque La Democracia, zona 7.
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