Estábamos echados bajo las ramas de un amate, contemplando cómo un grupo de veleros atravesaba el lago espejado y sin mucha brisa, cuando él me dijo que la única vez que había querido hacer drogas fue después de su secuestro. “Hongos, especialmente”. Se pegó un manotazo en el cuello. Revisó sus dedos para ver si había alcanzado al mosquito. “No lograba recordarme de los detalles del secuestro. Fijate. Y pensé que tal vez una droga psicotrópica, como los hongos, podía ayudarme a recordar algo”. Nos llegaban voces y risas desde la casa y desde el jacuzzi de agua volcánica. “Recordaba, por ejemplo, que me habían secuestrado una mañana al entrar a mi clínica. Recordaba que una mujer me ayudaba en las noches, aflojándome los amarres y grilletes para que pudiera dormir mejor. Pero poco más”. Estaba él acostado en una silla de playa, vestido únicamente en su Speedo azul marino. Su piel chispeaba aceitosa. “Entonces fui a ver a un psicoanalista en Alabama, y le dije que quería que me recetara alguna droga, para recordar”. Una golondrina volaba a ras del agua soposa, color arveja. Pareció cazar algo. “Y el psicoanalista me dijo que no, que él no hacía eso, pero que si yo aceptaba podía hipnotizarme”. Alguien lo interrumpió con un grito risueño desde el jacuzzi . “Ya hipnotizado lo primero que recordé fue despertarme desnudo en el suelo de un cuarto con poca luz, y no reconocerme a mí mismo. ¿Entendés? No me reconocí. Una cosa espantosa. Todo me era tan ajeno que había perdido hasta la noción de mí mismo”. Una lancha jalaba a un solitario esquiador. “No sabía quién era”. Pausó, como si otra vez quisiera recordar. Del otro lado del lago, entre las montañas verdes y brumosas, una jacaranda ardía púrpura. “Hasta que reconocí mis Kickers”. Lo había dicho en un tono benévolo, casi dulce, y yo me quedé viendo sus pies descalzos, su pecho bronceado y canoso, su mirada opaca, sus manos viejas y pulcras tratando de ahuyentar a otro mosquito. “No sabía nada. No sabía ni quién era. Pero de pronto reconocí mis Kickers en una esquina y entonces también me reconocí a mí mismo a partir o a través de mis Kickers”. Escuchamos el salpiqueo de gente mojada saliéndose del ‘jacuzzi’. “Pero mirá, vos, si ya es mediodía”, dijo al ver la hora en su reloj digital, “y el bar se abre a mediodía”. Lo observé levantarse con calma. Me pareció un gigante en su metro y medio. “¿Un güisquito?”.
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3 comentarios:
Rodrigo: (2009-04-01 23:27:37 horas)
Me alegro que Tono Fuentes lea literatura. Es un buen comienzo. Siga adelante, Tono!
Víctor del Cid: (2009-04-01 21:46:06 horas)
Sr. Fuentes: Que no se escriba nada no quiere decir que no se lea. Sr. Halfon: Qué linda columna, qué bonito escribe, siempre le leo, es un remanso de paz....
Tono Fuentes: (2009-04-01 16:25:09 horas)
La columna de Halfon se merece un sitio mas adecuado. Son las 3:25 pm y leo 0 comentarios. Esto quiere decir que no despierta mayor entusiamo. Pero ni los lambiscones que otros dias se han disparado cosas como: Que linda columna, que bonito escribes, siempre te leo, es un remanso de paz y otras adulaciones hacia el autor, apoyan con un comentario, aunque sea para decir, me gusto o no me gusto. Un consejo para Halfon: hay que ignorar a los aduladores.
3 comentarios: