No he podido conciliar el sueño desde que observé la foto del bebé asesinado junto a su padre y abuelo que lo lloraban con desconsuelo, y luego entrarme del asesinato brutal de Rolando Sántiz. No pude evitar sentir repudio por ambos actos delincuenciales, y pensar que estamos parados desarmados en medio de una guerra. ¿Hasta cuándo las muertes van a ser cuantificadas y olvidaremos que detrás de cada número hay una vida que trasciende en el orden universal? ¿Cuántas viudas y huérfanos tendrán que cambiar su vida de golpe al serles arrebatados sus seres queridos? ¿A quién pedimos ayuda? ¿A quién ayudamos? ¿Cuánto tiempo podemos vivir con la angustia de que los nuestros deben salir a la calle a trabajar y en el camino esquivar las balas? ¿Hasta cuándo nos tendrá hasta el cuello el crimen, organizado o no? ¿Cuándo podremos decir alto al miedo y producir en paz para nuestro país? Esta gente que no puede ser catalogada de otra forma que de enferma y desalmada, que tienen el país a raya. Y no puedo evitar poner la cabeza en la almohada para rezar una pequeña oración, y pensar si no es Dios, ¿quién podrá defendernos?
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