Para que mis lectores no me encuentren desubicada con el tema, les cuento que hace dos semanas me vine a Ginebra a cambiar un poco los aires asfixiantes de mi muy querida Guatemala. Sin embargo, no me desconecto para compartirles que en el palacio de las Naciones Unidas existen desasosiego e incertidumbre porque ese organismo no podrá permitirse el lujo de que fracase la “III Conferencia Mundial contra el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y otras formas conexas de intolerancia”, que se realizará aquí a partir del lunes próximo.
Después del rotundo fracaso de la anterior conferencia realizada en Durban en 2001 y el crecimiento de la discriminación racial y religiosa en muchos puntos del planeta, sus organizadores, especialmente, la alta comisionada para los Derechos Humanos, Vavi Pilay, estará con los dedos cruzados, rezando y quemando inciensos para que los representantes de los países que causaron el revuelo en el anterior, depongan su actitud esta vez, especialmente, Estados Unidos e Israel que no aceptan cualquier proyecto que critique a algún país o algún conflicto, como el texto anterior que mencionaba el Holocausto como un ejemplo xénofobo que la humanidad no debe olvidar y que la intolerancia y la discriminación entre religiones no deben existir.
Hasta ayer, el texto, que le llaman de examen de Durban, nadie ajeno lo conocía, y se espera que el que aparezca suprima lo que se relaciona con la reticencia a participar por parte de Israel, Estados Unidos y los demás países que lo apoyan, para que el quórum sea el tradicionalmente esperado. Pero, como muchos todavía no lo quieren entender, el orden de influencia política internacional está cambiando más luego de como lo imaginamos, ayer miércoles, el presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad ha confirmado su asistencia y, naturalmente, será para hablar de la desventajosa situación entre Israel y los palestinos, pueblos entre los que las manifestaciones de intolerancia abundan desde los gestos en las relaciones interpersonales hasta la violencia, a gran escala. Esas nuevas actitudes de los países participantes, bélicamente más poderosos, de ir a medir sus radios de influencia a los foros y convenciones de las Naciones Unidas, representan también un acto de marginamiento y discriminación para las otras tantas naciones que, sin ser económica y bélicamente poderosas hacen ya un papel de deslucidas comparsas.
Nueva y lastimosamente la situación de la discriminación de los pueblos indígenas, con sus específicas características y su precaria situación de marginamiento, quedarán con el persistente resabio del colonialismo que todavía pervive en países como nuestra querida Guatemala donde ni los estereotipos de nuestra sociedad, ni las actitudes de los políticos cambian.
(continuará...).
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