Simón Wiesenthal, el austriaco sobreviviente de los campos de concentración, quien llevó a alrededor de mil nazis a los tribunales de justicia; ante la pregunta ¿por qué ese empeño de cazar criminales de guerra?, solía responder que al morir se iba a reencontrar con su gente perdida en el Holocausto, de quienes nunca pudo despedirse, y sólo quería decirles: “No los olvidé”.
Entre más cruel es una guerra y menos respeta los principios humanitarios, más profundo hinca los colmillos del odio y el resentimiento. Cuando hace 11 años el obispo Juan Gerardi proclamó en la Catedral Metropolitana el “Nunca más” a las atrocidades, sabía muy bien que apuntaba hacia una utopía. La vida luminosa y trágica de la humanidad está llevada de una mano y de forma reiterada por la destrucción y la crueldad. Esa condición humana tan compleja y contradictoria, a pesar del progreso y de los sorprendentes avances de la ciencia y la tecnología, jamás nos abandonará.
La utopía de Gerardi, acarreaba, a la vez, una gran cantidad de tareas concretas civilizatorias. Gerardi sabía que la fórmula de paz de 1996 no iba a servir porque había llegado desde afuera y desde arriba. Y adentro y abajo había demasiada gente humillada, aplastada, rota a la cual debía ayudársele para procesar esos sentimientos amargos, atorados, autodestructivos. Para recuperar su dignidad. Por eso se empeñó tanto en el “Nunca más”, que dio título a los cuatro libros donde resumió el esfuerzo pastoral de consuelo y sanación de la “Recuperación de la Memoria Histórica” (Remhi), que los cristianos ya no abandonarán.
Gerardi no tenía vocación de justiciero, como Wiesenthal. Era un pastor que no escapó al trauma de la guerra. Pero siguió siendo un pastor ocupado en atender las heridas de los supervivientes, y de otear los valles y barrancos del país. Le interesaba la verdad. Creía también que la verdad era un ingrediente esencial del mensaje cristiano para ayudar a la gente postrada.
Por eso me puedo imaginar que, aunque no lo conoció, ha de estar agradecido con el escritor Francisco Goldman (autor de El arte del asesinato político. Anagrama 2009), quien se ha ocupado por casi diez años en develar la verdad oculta detrás del crimen planificado contra el propio obispo, ocurrido en su casa de San Sebastián la noche del 26 de abril de 1998, y que fue la respuesta inmediata de los nazis locales a su proclama del “Nunca más”.
Tampoco creo que a Gerardi le disguste que la gente no lo ha olvidado y que el “Nunca más” es la utopía que los hace caminar.
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