“Amamos a los museos… ¿los museos nos aman igual?”
Por el Día Internacional de los Museos exponemos una reflexión sobre esta entidad a partir del proyecto “The Pinky show”, difundido en internet.
Oswaldo J. Hernández
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Guatemala celebró ayer el Día Internacional de los Museos bajo el tema “Museos y Turismo”.
Para mayor información visite en internet: proyecto crítico educativo “The Pinky Show” en el sitio www.PinkyShow.org.
Exponer un tema con simpáticas pizcas de sarcasmo parece fácil. Sin embargo, hacerlo además educativo y en alguna medida inteligente requiere dosis de talento. Tal caso puede encontrarse en la didáctica crítica del sitio de internet The Pinky Show (www.pinkyshow.org) y que con excusa pertinente al Día Internacional de los Museos –celebrado ayer a nivel mundial–, puede recopilarse una pequeña crónica de uno de sus artículos más visitados: Amamos a los museos… ¿los museos nos aman igual?.
De entrada hay que notar que The Pinky Show se inclina por una estética felina, de ese modo el espectador advierte a Pinky, un gato-presentador de baja definición, dibujado a mano, con una idea clara: informar todo aquello excluido de la discusión convencional.
A partir de allí Amamos a los museos… ¿los museos nos aman igual? inicia con la proyección de varias diapositivas. La secuencia indica que Kim (una felina pequeña) ha visitado distintos museos alrededor del mundo generándole profundo interés sobre el asunto.
En efecto, Pinky, el presentador, anuncia a Kim y un reporte titulado “La Creación de Valor: meditaciones en la lógica de museos y otras instituciones coactivas”. Vaya lema. Y Kim, ingenua, no parece inmutarse; es su turno: “¿Qué es un museo?”, dice. Ella misma da una respuesta: “Básicamente, un museo es una caja grande con muchos objetos en su interior. La caja debe proteger de la lluvia, fluctuaciones excesivas de temperatura, humedad… y funciona como una máquina del tiempo en un sentido inverso: en vez de moverte a otros momentos de la historia, la máquina simula un viaje de tiempo trayendo otros momentos históricos a la actualidad. Nada se permite envejecer… se lucha por ralentizar los efectos del tiempo en las obras tanto como sea posible”. Quizás una deducción simple, lógica, que da la pauta para introducir el concepto de Cubo Blanco que Brian O’doherty desarrolló en el 76: “La modernidad inventó el espacio neutral para aislar cada obra de su entorno inmediato y de cualquier cosa que pudiera distraer la experiencia del espectador con el arte mismo, que debía ser evaluado dentro de su lógica interna y no en relación con su contexto –cultural, económico, político–”.
Colecciones
Procede Kim entonces a preguntar/responder: “¿Qué clase de objetos puede albergar un museo?: pinturas, momias o edificios enteros. Aunque existen debates sobre la importancia cultural e histórica de cierto tipo de objetos. O si el objeto adquiere importancia al trasladarlo al interior de un museo. Por ejemplo, ¿por qué algo está en un museo? ¿Acaso no se puede pensar que es feo? ¿Quién decidió que esto es suficiente importante para exponerlo en un museo…? Las personas que lo deciden probablemente no tienen nada en común con usted. Pero cuentan con la preparación académica adecuada para dar un juicio de valor y lo que será presentado al público”.
Fideicomiso y objetualidad
Con obras reconocidas de Duchamp, Demian Hirst y el Museo del Louvre de fondo, Kim cuestiona la idealización de “templo” en que se transforman las instituciones de arte y el fenómeno de “guiar la experiencia del visitante”. Además, reflexiona ante la función de un museo en la sociedad y cómo lo ve análogo a una fábrica donde ciertos “valores” son “construidos” y entonces distribuidos a la comunidad.
Con esa premisa, Kim expone los fideicomisos de los museos y sus obras de arte. Este contrato jurídico donde las piezas son relegadas a los museos para “administrar lo ajeno como propio” significa, dice Kim, una responsabilidad que repercute en todo lo que un museo “ideológicamente” expone y mantiene desde una perspectiva específica (clásica, moderna, postmoderna, contemporánea…).
Claramente Kim está divertida con el tema. Luego de referirse a la manera de cómo el juicio de “valor” de museógrafos y curadores se supedita a los esquemas de un museo, se atreve a plantear un apéndice tocante al objeto y la representación: “Yo también inventé una historia para el desarrollo de una exposición. En mi historia, Pinky muere y alguien que trabaja en un museo dice: oye pongamos ese gato en un museo (por el motivo que sea). Un taxidermista desarma a Pinky y recompone su cuerpo –con esa típica expresión tan llena de “vida” en el rostro (risas)–. Y es así porque por mucho que el museo trate de copiar la realidad, esboza sólo su representación. Entonces los visitantes dicen: oh, esto es el Pinky verdadero; ¡wow! qué educativo, etcétera”.
–Pinky: ¿Cómo he llegado a parar con un taxidermista en tu historia?
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