Estaba sentado del otro lado de su escritorio y mezclando tabaco y hachís sobre un papel de liar y me dijo que cuando por fin lo encontraron, desmayado en el suelo de su casa del pueblo, llevaba tres días con la misma camisa blanca de funcionario público babeada toda de vino tinto.
“Había tenido muy claro lo que debía hacer”.
Lamió el papel, para sellarlo. Sus dedos índice y medio eran ya color yema.
“Ir a mi pueblo. Buscar la bicicleta de mi hija. Montarla hasta el bar, unos kilómetros colina abajo. Beber una o dos botellas de vino, mis últimas botellas de vino. Montarme de vuelta en la bicicleta de mi hija y pedalear colina arriba hasta llegar a un peñasco que desde niño conozco muy bien. Y lanzarme”.
Encendió el cigarro. Me lo ofreció. Aunque yo no fumo hachís se lo acepté y fumé un par de jalones como si con ese par de jalones pudiera acercarme a él y comulgar con él y así quizás entenderlo un poco.
“Vamos, que lo tenía muy claro”.
Le devolví el cigarro. Empezó a sonar el teléfono y él se volteó y lo observó sonando como si fuera un bicho herido.
“Yo ya había dejado de tomar varias veces. No tenía otra opción”.
Por fin contestó.
“Sí, dígame”.
Era un comprador. Escuchó impaciente y luego balbuceó con tosquedad que no, que no tenía, y colgó refunfuñando algo.
Le pregunté por qué había decidido hacerlo en su pueblo.
“Pues no lo sé”.
Atrás suyo, entre tantos libros viejos, había un mundo terráqueo en miniatura, como de juguete.
“Y tampoco recuerdo por qué después del bar me monté en la bicicleta de mi hija, regresé a la casa del pueblo y me quedé profundamente dormido en el suelo”.
Le acepté el cigarro.
“Y así me encontraron mi mujer y un amigo”.
Fumé.
“Yo seguía borracho y todo harapiento y tumbado en el suelo y mi amigo se puso a llorar y a decirme no sé qué tonteras de una clínica privada que podía ayudarme, que él ya había hablado con los médicos, que él estaba dispuesto a darme todo su dinero para pagar mi tratamiento”.
Fumé otra vez.
“Nunca fui a la clínica. No fue necesario ningún tratamiento. Allí mismo, escuchando a mi amigo, decidí dejar de tomar”.
Cuando después de un silencio le pregunté por qué, él simplemente entornó la mirada y sacudió la cabeza y con una sonrisa ya ennegrecida me susurró unas palabras como si esas fueran las palabras más obvias, como si nada pudiera ser más evidente.
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1 comentarios:
Tono Fuentes: (2009-05-27 09:49:04 horas)
Ni el alcohol ni el hachis, ni la mota proporcionan las visiones que da la abuela ayahuasca. Esas solo dan alucines de poca monta. El alcohol es una droga legalizada y de facil obtencion, pero su efecto es muy bagre, puro atontamiento de los sentidos y trabazon, pero de alto consumo, pues la publicidad se encarga de hacer creer que es lo mas tuanis que su puede consumir. Hasta en eso, la mara vive enganiada.
1 comentarios: