Señalé ya hace un buen tiempo la existencia de dos Guatemalas pero aquellos que pertenecemos a la primera seguimos ciegos y no queremos ver la segunda. ¡Malaya, mi vida, que la segunda Guatemala fuera la de la Universidad de San Carlos! Ojalá que así fuera y que las grandes diferencias se circunscribieran a las que puedan existir entre la situación social y económica de quienes estudian en la universidad estatal y de quienes lo hacen en universidades privadas.
Si así fuera, ¡estaríamos hechos! Habría diferencias entre nosotros, pero serían tolerables, todos con acceso a la educación superior, dotados de los conocimientos suficientes –unos más y otros menos– pero todos provistos con el mínimo para batirse con éxito en la vida.
Somos tan ciegos. Conocemos tan poco de nuestra patria que no entendemos que la otra Guatemala no es la de la Universidad de San Carlos, ¿tan miopes podemos ser?, sino la que está en la más absoluta miseria, plagada de niños desnutridos que jamás podrán tener la posibilidad de salir adelante, determinados física y mentalmente por la desnutrición desde el propio seno de su madre. ¡Malaya si llegan a terminar la primaria!
¿La segunda Guatemala, la de la Universidad de San Carlos? ¡Por favor!
Todos los universitarios en Guatemala hemos tenido el excepcional privilegio de la educación superior y alcanzamos escasamente –todos juntos– el 0.5 por ciento de la población.
Pero en fin, recordemos leyes incluso de la física. Nuestro juicio es relativo, depende de la comparación que hagamos y, así, los más privilegiados ven a los menos privilegiados –pero también privilegiados– como la segunda Guatemala y no alcanzan a ver a la verdadera segunda Guatemala, la que jamás podría salir adelante por sí misma.
La fusión en un fuerte abrazo de un marroquiniano con un sancarlista no une a las dos Guatemalas, sino simplemente a unos privilegiados de la primera con otros privilegiados de la misma, unos más privilegiados que otros. El abrazo con la otra Guatemala tendría que ser distinto. Se trata de la Guatemala profunda que no vemos, o que no queremos ver. Esa desgraciada patria nuestra en la cual Q300 mensuales para el sostenimiento de una familia de 5 o más bocas, puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. La aun así más que precaria, posibilidad de un cambio…
¿No lo entendemos o no lo queremos entender?
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