Cuatro décadas después del mayo 68 –ese movimiento de jóvenes idealistas que exigían la libertad individual y colectiva, desde una conciencia histórica y un compromiso social, que luchaban para trasformar el mundo–, aquí una marea blanca pretende tomar las calles de la ciudad.
A diferencia de aquel mayo 68, ahora somos conscientes de que más que transformar el mundo, es el mundo quien nos transforma. Las manifestaciones pacíficas de los “guerreros de paz” contra el Gobierno parecen seguir el dictado de una moda, sin conciencia histórica de lo que hicieron a otros nuestros abuelos y con uno de sus representantes con pasado oscuro ubicado en una finca del Ixcán (jóvenes: ojo con los líderes a quienes damos credibilidad).
Con su lema “Guatemala, yo nunca te abandonaré”, me pregunto ¿qué dice esto a los jóvenes marginales de las colonias urbanas, los campesinos e indígenas a los que siempre hemos abandonado? ¿Acaso estos “guerreros de paz” conocen el país que dicen representar, su realidad popular urbana y rural? Llaman a volver a tomar la patria. “Patria o barbarie” parecen decir.
Patria, la “nuestra”; barbarie, la de Colom; y el dinero en Miami. ¿Es esta la manera de hacer patria, es decir, de construir lo común?
“Momento histórico de la juventud” nos dictan los medios de comunicación. ¿Acaso un momento para que la juventud participe responsablemente y adquiera conciencia histórica?
¿Tenemos derecho nosotros ahora a comprometer el futuro de los que vienen detrás? ¿Hay lugar para indígenas, campesinos, ex pandilleros o conglomerados marginales (que son las mayorías) en ese futuro, para ellos y sus hijos y los hijos de sus hijos? Para construir el futuro necesitamos una coalición de los vivos, extendida que se ensanche para dar cabida a los que vivieron antes que nosotros y cuyo legado hoy solamente gestionamos, no para nosotros, sino para los que nos sucederán; así entiendo yo algo parecido a la patria, como bien común, heredado y proyectado hacia el futuro.
Desde esta perspectiva, un movimiento juvenil, plural y popular consciente de la complejidad de su tiempo, crítico con un sistema político, privatizador y clientelar, mercadotécnico y despolitizador, exige su transformación. Hace falta para participar en la construcción de ese bien común, forjar una conciencia ciudadana, sensible a la explotación de clase, a la diversidad étnica/cultural y de la discriminación que la acompaña, una conciencia del país del dolor en que vivimos, y de sus raíces históricas. Todo futuro es el futuro de un pasado, no podemos esquivarlo, tenemos el derecho a conocerlo y el deber de gestionarlo.
Más que proclamar que queremos un cambio más vale que imaginemos otras maneras de concebir y actuar sobre Guatemala. Por qué no partir de una serie de datos básicos, no cuestionables: reconocer que una de las causas de la pobreza es la distribución de la riqueza, que somos de los países más desiguales del mundo, reconocer las raíces históricas de nuestro actual patrón de desigualdad. No elegimos lo que heredamos, pero sí lo que hacemos con ello.
No somos responsables del pasado, sí de lo que hacemos en el presente para construir un futuro.
Podemos retomar también el idealismo y el compromiso, la fuerza de los jóvenes para darle vitalidad a su presente, para pensar el mañana, no como porvenir, sino como futuro, ese que traemos al presente al luchar por un mundo más justo. ¿Quién puede estar contra esta pretensión y decirse humano?
El futuro de los jóvenes y de los hijos e hijas de los jóvenes de este país, depende de nosotros ahora; somos responsables de ese futuro aquí y ahora. Tomemos conciencia del país que habitamos, y que habitaron otros antes de nosotros, tomemos conciencia de la historia que nos hace ser como somos, estar como estamos, aprendamos de ello. Responsabilicémonos del futuro, uno donde asumamos que para que haya paz debe haber igualdad y que esta debemos conquistarla. Jóvenes en arenas movedizas: “seamos realistas, exijamos lo imposible”.
Agregar comentario:
26 comentarios: