¿Es eso lo que necesitamos los guatemaltecos? ¿Una refundación del Estado por personas ilustradas que establezcan una administración de justicia fiable, un sistema de seguridad social que funcione, un modelo político que recupere la representatividad ciudadana perdida para los cargos públicos?
¿Es eso lo que tuvimos en 1944? Antes que la izquierda de corazón me caiga a palos, deténganse un poco a pensar: ¿quiénes, sino burgueses, estudiantes universitarios y oficiales jóvenes de un Ejército nutrido de la pequeña burguesía, fueron los reales protagonistas de la Revolución de Octubre? Profesionales liberales, comerciantes prósperos, en suma una clase media que gozaba de los beneficios del crecimiento económico que el régimen de Ubico había traído al país con su dictadura, los que se encargaron de encender y conducir el proceso de modernización de Guatemala.
Los jóvenes que hoy hacen sus intentos –torpes e insustanciales, como rigen nuestros tiempos- por construir un movimiento que se opone a la impunidad reinante, ¿acaso no podrían ser el equivalente a aquellos autores de la gesta del 44? ¿Tenemos mejor opción –viable- que ellos? La polarización ideológica ha hechos estragos en nosotros.
La izquierda nacional, comunistas y socialistas, fue en aquel entonces fundamental para darle forma al movimiento político que se gestó tras la caída de Ponce Vaides. Líderes obreros e intelectuales devenidos en diputados fueron el sustento real de las transformaciones nacionales porque la Junta Revolucionaria de Gobierno apenas tenía una somera idea de los cambios que requería el país.
A diferencia de entonces, hoy los jóvenes que protestan a partir de la aparición del video de Rosenberg son repelidos por la izquierda, cuestionados por su origen social, por la universidad en la que estudian o por la falta en ellos de otra ideología que no sea el mercado. Como si algo más fuera posible en el siglo XXI.
La izquierda nacional, académica y militante, luce desvinculada de las fuerzas vivas del país, excepto de las organizaciones sindicales y populares que se han transformado en grupos que velan por sus motivaciones sectoriales e ignoran el interés nacional en sentido amplio.
En cambio la derecha luce mejor organizada. Al menos dos movimientos que proponen una transformación del sistema político y legal, uno encabezado por Manuel Ayau y sus libertarios seguidores de la Universidad Marroquín y el otro liderado por el ex pastor neopentecostal Harold Caballeros, se encuentran presentes en el panorama nacional. Resulta más probable que cada uno de ellos logre capitalizar el momento, sume entre sus cuadros a los jóvenes que aparecen como nuevos líderes y fortalezca sus posiciones. Pero la propuesta de ambos supone esperar un siglo y medio de prosperidad económica de la elite antes que el bienestar llegue a los más pobres del país.
Es una lástima que la izquierda se condene otra vez a sí misma a quedarse fuera de la jugada, entretenida en sus divertimentos intelectuales, en sus prejuicios de etnia y clase, o en sus sempiternas disputas que la atomizan y la inhabilitan.
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