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Colección de Arturo González
Raquel Meller cautivó al cronista con su voz.
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Tartamudeó. Intentó parecer un tipo elegante pero tartamudeó. Ella era una rubia descomunal, de esas que aparecen sólo en las revistas, que viven del otro lado del océano y que es prácticamente imposible encontrar en el calor del trópico. Pero estaba allí, frente a él, con su piel blanquísima y sus manos hechas de algodón. Le pidió un paquete de medias de seda y él se apresuró a buscarlo. Tuvo que ponerse de puntillas para alcanzar lo alto del estante y cuando alzó las manos descubrió sus dedos coronados por medias lunas negras. Además de ser un niño de 15 años era el empleado de una tienda; pensar que una mujer así podría fijarse en él era, además de estúpido, bastante soberbio.
“Quiero que lo empaquen todo y que el chico me lo lleve a casa”, dijo la rubia extendiendo una tarjeta de presentación. Se llamaba Edda Christen, y era la esposa de un embajador. Enrique Gómez Carrillo creyó ver un guiño en su rostro, pero desechó la idea de inmediato.
Desde muy pequeño, Enrique Gómez Carrillo sintió debilidad por las mujeres, le hacían perder la cabeza. No había una que se escapara a sus encantos; si él se quedaba fascinado por su belleza hacía hasta lo imposible por conseguirla. Enloquecía por las mujeres hermosas y despreciaba a las feas. “Si fuera médico no atendería a esos seres que deshonran a su sexo”, decía, “la mujer tiene la obligación de gustar, o al menos de no disgustar”, era otro de sus principios. Tres matrimonios, ninguno duró más de un año, una colección de corazones rotos, masculinos y femeninos, y una interminable lista de amores, de pasiones desbordadas y autodestructivas, marcaron la vida del príncipe de los cronistas. Se rumoró que fue amante de la Mata Hari y dicen que Oscar Wilde lo cortejaba. Lo único que queda claro es que el amor lo llevó siempre en el bolsillo, su corazón se entregaba con facilidad y tuvo la suerte de encontrar a tres mujeres que fueron “mi único y verdadero amor”.
Enrique Gómez Carrillo, uno de los escritores imprescindibles en la literatura guatemalteca, el cronista más destacado que ha tenido Guatemala y un intelectual entre los más intelectuales, fue también un enamorado perdido. “Viví la vida con todos sus excesos”, escribió en sus memorias.
Edda, la iniciadora
“Yo haré siempre lo que tú quieras, no tengo más voluntad que la tuya”, repetía Edda aferrada a las infantiles piernas de Enrique. Con ella había perdido la virginidad y con ella empezaba a descubrir lo peligrosa que puede llegar a ser una relación obsesiva. Todo empezó el día en que Enrique le llevó el paquete a casa. Su marido estaba de viaje y el adolescente aprovechó muy bien la ausencia. Así empezó una relación anormal, entre un joven de 15 años y una señora que rozaba el medio siglo.
Hubo un tiempo en que pensaba que con ella viviría el resto de su vida. Edda tenía un plan: llevarlo a vivir lejos: “Nos instalaremos en una casa al borde del Nilo y por la noche veremos las cimas de las pirámides. Te pondrás un manto de seda roja, como los que llevan los príncipes y unas zapatillas de tafilete azul que yo misma bordaré en oro”, le proponía; según narra él en sus memorias.
No hace falta decir que la madre de Enrique estaba completamente en contra de aquella relación. “Entre nosotros lo que indigna no es el pecado, sino el escándalo”, le dijo su padre y Enrique no tuvo otra alternativa que terminar la relación. Edda sufrió, envió cartas y cartas que él ni siquiera abrió.
Aurora, la escritora
Era 1902 y una novela estaba causando alboroto: Del amor, del dolor y del vicio publicada en París, y escrita por un joven guatemalteco del que últimamente todos hablaban, Enrique Gómez Carrillo. La obra estaba absolutamente prohibida para las señoritas. Aurora Cáceres, una periodista peruana, lo sabía, pero su curiosidad literaria podía más que su recato.
Una tarde, cuando su cuñado recién regresaba de un viaje a París, descubrió en su maleta un ejemplar del libro. Lo sacó con mucho cuidado y se escondió en el clóset. Lo leyó de un tirón.
La enamoraron las letras, y por eso el día que recibió una carta de Enrique Gómez Carrillo se estremeció. Se presentaba como el corresponsal en París del diario español Liberación y le pedía que le entregara a él personalmente su próxima columna. Aurora temía verlo. Temía enamorarse de un hombre así, con fama de mujeriego y capaz de desafiar a la conservadora sociedad. Le dijo que ella mandaría el artículo y que lamentaba no conocerlo pero que sus padres la enviaban a estudiar a un convento en Alemania. Esa misma tarde Aurora y su hermana se reían a carcajadas de la foto que el cronista le había mandado. Estaba sentado frente a un escritorio, con una pluma en la mano y un papel en blanco, el cabello alborotado, y un bigotito espeso que parecía pegado en su rostro, y, ¡horror!, llevaba guantes. “No es nada chic”, fue la conclusión de las hermanas y Aurora partió a Alemania confiada en que había hecho bien al no recibirlo.
Un año más tarde Aurora regresó a París; Enrique no se había olvidado del desplante. Esta vez escribió como un fiel admirador de los textos de Aurora y le pidió que colaborara con la revista guatemalteca, El Álbum de Minerva. Aurora aceptó y Enrique llegó entonces a buscar el escrito.
Dicen que fue amor a primera vista, aunque ya ambos se conocían a través de sus letras.
“Ante Dios y ante mi madre, por quien conservo un amor supersticioso, le juro que si usted no es mía eternamente y para siempre, no seré yo nunca de ninguna otra mujer”, le escribió él.
Se casaron. Fue entonces cuando Aurora descubrió que el juramento ante Dios y la madre, no era muy válido. Sumado a la irritabilidad en la que vivía el escritor. “El humor del marido neurótico, lo hace amanecer sereno y anochecer iracundo o viceversa, y aún de un minuto a otro el cambio ocurre bruscamente, de manera que la esposa no sabe en qué momento oirá una frase desagradable o recibirá una tierna caricia”, según cuenta Edelberto Torres Espinoza en su extensa biografía sobre Gómez Carrillo. El divorcio llegó 11 meses después.
Raquel, la cantante
“¡Dame 500 francos!”, le gritaba Gómez Carrillo a Raquel Meller, su mujer. El cronista estaba rodeado de amigos en un bar y ella pálida frente a él, sin saber muy bien qué hacer, si dárselos o reclamarle la borrachera. Pero la demanda se hacía más fuerte, “¡que me des 500 francos!”.
Raquel abrió la billetera pero también la boca, y le lanzó sobre la mesa un billete acompañado de varios insultos.
Gómez Carrillo se enamoró de la cantante española, la adoró y quiso que todo el mundo se deleitara con su música. Consiguió que muchos de sus amigos, importantes escritores y poetas, publicaran halagos a Raquel y logró poner en expectativa a todo París para que cuando ella llegara recibiera sólo aplausos. Le labró el camino y la enamoró. Después ella, y gracias a ese empujoncito, se convirtió en una de las cupletistas más renombradas de Europa, incluso Charles Chaplin le pidió grabar una película con él.
Cuando Raquel se hartó de los episodios alcohólicos de Enrique, decidió divorciarse. Y el abandono era algo a lo que no estaba acostumbrado Gómez Carrillo. Rogó, lloró y suplicó. Pero Raquel no dio marcha atrás, entonces se decidió a hacer una nueva “Raquel”, buscó a una serie de cantantes españolas y se acostó con todas ellas. Les propuso forjarles una carrera en Francia, como lo había hecho con Raquel, pero no lo consiguió con ninguna.
Consuelo, “La Principita”
“En cuanto regrese a París voy a terminar con la zorra de Consuelo”, le escribió Gómez Carrillo a un amigo, desde Buenos Aires, “ya estoy curado del mal de amor. Cortejo a una viuda millonaria argentina, que me sacará del lodo y me hará olvidar”. Días después volvió a París…,
y se casó con la zorra.
Consuelo le tenía preparada una sorpresa, había conocido a un árabe millonario y se paseaba asida de su brazo. Enrique no lo podía creer y corrió a rogarle que se casara, le prometió amor eterno, una vida de ensueño a la orilla del Mediterráneo y fidelidad absoluta. Consuelo lo dudó, pero después de muchos ruegos le dio el sí a Enrique. Se casaron en 1926 y 11 meses después murió él.
Consuelo Suncín era una salvadoreña pequeñita, de ojos negros intensos y un rostro infantil que embobaba a quien la veía. El primero en caer en sus encantos fue José Vasconcelos, el intelectual y escritor mexicano. Él la llevó a París, y ella empezó a codearse con las elegantes parisinas. “¿Las mujeres que están aquí son las más bellas de Francia?”, le preguntó a Vasconcelos en uno de los restaurantes más caros de París. Cuando él le contestó que sí, ella observó a su alrededor con cuidado, analizó a cada una y luego volvió la vista a Vasconcelos.
“Te apuesto a que en menos de nueve meses yo ya soy parte de la burguesía francesa”.
En algo se parecían Consuelo y Enrique, y era en el afán de encajar; dos centroamericanos deslumbrados por París que luchaban a toda costa por ser aceptados, por sentirse parte, por ganarse un poquito del glamour y la elegancia que allá sobraba.
Vasconcelos perdió la apuesta y también perdió a Consuelo. Gómez Carrillo, Gomarela, como él lo llamaba, se había metido en el medio. “Esto sólo se resuelve con un duelo”, propuso Enrique, que para ese entonces ya se había ganado fama de mosquetero. Vasconcelos aceptó, tomó clases de esgrima y pasó varias noches sin dormir pensando en la afrenta que lavaría con sangre. “Lo haces por mí o por tu orgullo”, le preguntaba Consuelo, “por los dos Consuelo, por los dos”, le respondía. Al final de cuentas el duelo no se llevó a cabo y Consuelo sólo envió una nota: “Me caso con Enrique, nos vamos a Niza. Que seas feliz”.
Consuelo vivió los siguientes 11 meses al lado de Gómez Carrillo, lo cuidó en la enfermedad y fue, además, la relación más estable que pudo tener el cronista.
Dos años después de que Gómez Carrillo falleciera, el Gobierno argentino decidió rendirle un homenaje. Consuelo fue la invitada de honor. Se hospedó en uno de los hoteles más lujosos de Buenos Aires, donde también estaba instalado Antoine de Saint-Exupéry, el célebre escritor de El Principito. Dicen que fue toparse con ella en el vestíbulo del hotel y enloquecerse. La invitó a dar un paseo por las nubes, y arriba, en su avioneta, le rogó que le diera un beso. “Dame un beso o nos mataré”, le gritó dejando caer la aeronave en picada. “Mátanos” dijo Consuelo de lo más tranquila. Antoine elevó de nuevo la nave y soltó a llorar. A Consuelo aquello le conmovió y fue entonces cuando se acercó a darle el beso. Antes de aterrizar ya había aceptado ser su esposa.
Más tarde, cuando Consuelo enviudó, se quedó con los derechos de todas las obras de Gómez Carrillo y de Saint-Exupéry, y cuando ella murió, el heredero fue José Martínez, un jardinero español al que Consuelo llegó a tener mucho cariño. El gestor cultural guatemalteco Ángel Arturo González viajó a Francia, a Grasse, la ciudad donde vive actualmente José Martínez, para pedirle que donara o vendiera a Guatemala los papeles de Gómez Carrillo, su sombrero y cuantas cosas más pudiera tener del cronista. José contestó que no estaba interesado. El sombrero, dijo, lo usan sus nietos para jugar.
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