Raquel Par salió temprano de Tecpán. Un bus que más que rodar rebotaba, la llevó a la capital.
En el camino fue cuidando el sueño de Heidy, su hija de 11 meses, tratando de que los traqueteos del camino no le despertaran. Llegaron a la estación y Raquel se sentó a esperar el siguiente autobús, que la llevaría a casa de una tía. No era mucho de tiempo de espera, pero fue suficiente para que una señora le sacara conversación. Le habló de Dios, le contó que era cristiana y le hizo mimos a la bebé. “¿No le gustaría trabajar en la capital?”, le soltó de golpe.
Raquel ya se lo había planteado y le contestó que sí, que un buen empleo no le caería mal. La mujer se ofreció a llevarla a una casa donde la contratarían. Caminaron juntas, hasta que la señora notó que Raquel estaba cansada y se apresuró a comprarle algo de beber. Volvió con una Coca Cola en bolsa que Raquel bebió de buena gana.
Pero fue terminar de tomarla cuando las paredes y el suelo se convirtieron en una espiral violenta en su cabeza. No atinaba a caminar, ni a hablar, sólo sentía que el mundo se difuminaba. La mujer le quitó a Heidy de los brazos y se fue. Para cuando Raquel despertó ya su hija estaba lejos.
Desde ese día, 4 de abril de 2006, Raquel no ha dejado de buscarla. De tratar de reconocer su rostro de 11 meses en caritas de niñas de 3 años. La misma lucha han librado Loyda Rodríguez, Ana Escobar y Olga López, acompañadas por la Fundación Sobrevivientes y la incansable Norma Cruz.
Las cuatro madres empezaron el mes de mayo de 2008 con hambre. Apostadas frente al Palacio Nacional y negándose a probar bocado hasta que les devolvieran a sus hijas robadas. Tras una semana de huelga de hambre consiguieron que la Procuraduría General de la Nación (PGN) les enseñara uno a uno a todos los niños que estaban dispuestos para la adopción. Fueron intensas jornadas identificando niños. Ana encontró a Zulamitha, su pequeña que ahora tiene dos años y medio, y que ella dejó de ver a los 6 meses. Le devolvieron una niña que no se aferraba a sus brazos como lo hacía antes, sino que más bien rehuía de ella. El reencuentro fue difícil, pero no tan complicado como será, si llega a darse, el de sus tres compañeras de lucha.
Olga, Loyda y Raquel no reconocieron a su niña en ninguna de las que la PGN les mostró.
Norma Cruz, cree que pudieron llevar a otras niñas a la revisión. Loyda piensa que su hija pasó cuando a ella la sacaron del salón, porque sus dos hijos, de 2 y 6 años, “ensuciaban el piso encerado”. La dejaron viendo el desfile de infantes desde lejos, y más de una vez la interrumpió un jardinero furioso porque los niños cortaban las plantas.
La búsqueda no se quedó allí. Las tres madres siguieron revisando papeles y archivos, en el Consejo Nacional de Adopciones (CNA) y en Migración. Allí hallaron a sus hijas. Lo creen firmemente porque las fotos que vieron les recuerdan los rostros de sus bebés, pero de momento no hay prueba de ADN que lo dé por seguro. Lo más difícil de todo: las tres niñas están en Estados Unidos con nuevos padres.
Loyda y Anyely
Desde el 3 de noviembre de 2006 Loyda no ha logrado dormir bien. Es bajita, menuda, de sonrisa amplia, cabello teñido de rubio y ojos avellana. Al verla nadie sospecha la fuerza que tiene, no se ha dejado vencer por la ineficiencia de las autoridades, ni por la desesperación, ni por el tiempo. Desde ese 3 de noviembre no ha descansado por recuperar a su pequeña Anyely, que recién había cumplido dos años cuando una mujer entró a robarla del patio de su casa, en Villa Hermosa.
Revisando los expedientes del CNA se topó con una niña cuyos ojos le erizaron la piel. Era ella, era Anyely. En los papeles se llamaba Karen Abigail y había salido hacia Estados Unidos.
Ahora era la hija de un cirujano y una empresaria. Loyda, ama de casa y Daniel, albañil, habían dejado de ser legalmente sus padres. Ese día sintió una mezcla de emociones. Alegría por haberla encontrado y tristeza por hallarla lejos. La niña salió a finales del año pasado en un proceso supervisado y aprobado por el CNA. Para sacarle el pasaporte, los delincuentes llevaron a otra niña a migración. En el aeropuerto no se dieron cuenta que la niña que salía no era la misma de la imagen en el documento de identidad.
La niña fue declarada en estado de adoptabilidad por un juez de Iztapa, Escuintla. Pero esa declaración estuvo sumamente viciada. Por ley, antes de declarar en abandono, el notario tiene que publicar la foto de la niña en el Diario de Centro América. Lo hizo, pero envió al periódico una foto de otra menor. También hace falta una prueba de ADN de la madre biologíca que da su consentimiento para poner en adopción a su hijo. Ante el juez llegó una mujer que decía ser la madre de la niña, pero la prueba de ADN aseguró que no estaban emparentadas. Sin embargo, el juez se hizo de la vista gorda y le dio trámite. “Ya pedimos un antejuicio contra el juez. Nos dimos cuenta que en una jornada sacó 25 niños, eso es lavado de niños”, cuenta Norma Cruz.
Por este caso ya hay dos personas detenidas.
A Loyda no le queda más que esperar a que Estados Unidos entregue la prueba de ADN, que confirme si Karen es o no Anyely.
Olga y Escarlet
Olga salió sólo un momento de casa. Dejó a Escarlet, de 40 días, con la abuela. En el camino tres mujeres se le acercaron, le hicieron plática y trataron de hacerle perder el tiempo, a Olga eso le pareció extraño y apuró el paso. Cuando estaba ya cerca, se topó con su sobrina, que iba a toda prisa en la bicicleta, “¿tía usted mandó a traer a la nena?” le preguntó, “no, dígale a mi mamá que no la dé”, le gritó Olga. En ese momento un hombre en motocicleta pasaba cerca y Olga se interpuso en su camino, le rogó que la llevara a casa y casi sin esperar respuesta ya estaba subida en la moto. Regresó rápido, pero ya era tarde, a la abuela le habían arrebatado a la bebé.
La madre corrió a un serenazgo cercano y les pidió a los policías que salieran con ella a alcanzar a la mujer que robó a la niña, pero ninguno de los oficiales la acompañó. Olga empezó a buscar sola. Una búsqueda larga que concluye, probablemente, con el hallazgo de unos papeles en Migración. Es la imagen de Sindy Colwell Thomas, la niña que Olga cree que es su hija Escarlet López. Fue adoptada en Estados Unidos, salió el 19 de diciembre de 2006, tres meses después de que se la robaran. Al igual que Karen, a Escarlet también la declaró en adopción un juez de Iztapa.
El Ministerio Público (MP) no consiguió mucho. Lejos de ayudar a Olga, la culparon. “Deje de estar viniendo que ya sabemos que usted vendió a su niña”, cuenta que la acusó el fiscal Mynor Pinto. “Le dijo a mi mamá que ella tenía que confesar que yo vendí a la nena o la iba a meter presa por cómplice”.
Mynor Pinto no tiene nada que decir al respecto, no puede comentar las hipótesis que se han manejado, ni hablar nada del hecho. “Ya no tengo el caso yo, y por eso no le puedo dar declaraciones”, se excusa.
A Raquel Par le sucedió lo mismo: los investigadores no encontraron nada. Desde 2006 el caso lo llevó la Fiscalía de Villa Canales, hasta octubre pasado, cuando lo trasladaron a la capital.
“Venía de estar un año frío”, cuenta el fiscal Julio Barrios. En Villa Canales, lo llevaba Mario García Agustín, un fiscal bajito, robusto y siempre ocupado. Por teléfono ofreció una cita al día siguiente, pero al llegar a entrevistarle no tenía nada que decir. No sabe exactamente qué acciones se tomaron en ese caso, porque el expediente lo tiene su jefe que ese día no está.
Recuerda que entrevistó a dos testigos que la misma madre llevó, pero que no dieron suficientes indicios. También hizo un allanamiento en una casa, pero no encontró nada.
Cuando Raquel recobró la conciencia, después de beber la Coca Cola adulterada, había dos personas cerca. Ellos vieron lo que había pasado y la ayudaron. Fueron los testigos que llevó al MP. Le contaron que la mujer que le robó a Heidy tenía mala fama en el sector. Raquel recorrió entonces las calles aledañas a donde le quitaron a su hija, hasta que dio con la casa de la mujer, la falsa cristiana. Era una señora con un lunar en la frente, imposible de confundir.
Fue inmediatamente a contárselo al fiscal García Agustín, le pidió que se levantaran de los escritorios y fueran a buscarla. Lo hicieron una semana más tarde, lo que tardó en salir la orden de allanamiento. Durante esos largos ocho días Raquel fue al MP a diario. “Me decían no seas necia, ándate de aquí”. Cuando la orden salió la bebé no estaba en la casa. Pero la supuesta ladrona sí. No la detuvieron porque no había pruebas y de la niña no se supo nada.
“La señora Raquel se fue de aquí muy enojada, porque ella quería que un carro del MP la llevara a visitar todas las casas cuna y eso no se puede”, dice Agustín. Sí se pudo. Raquel fue sola a los hogares a buscar a la niña.
“A este tipo de casos las autoridades del MP no le brindan mayor interés, los engavetan”, comenta Cruz. “La misma Fiscalía de Villa Canales tuvo el de Heidy Par y el de Anyely y no investigaron ninguno de los dos”.
Al igual que Loyda y Olga, Raquel encontró a su hija en los papeles de adopción. Se llama Kimberly Azucena y desde 2007 vive en Estados Unidos.
El difícil regreso
La Fundación Sobrevivientes ha acompañado a las tres madres en todo el proceso, que ha sido largo y complicado. Pero ahora viene lo peor. Conseguir que las niñas regresen a Guatemala significa un esfuerzo binacional nada sencillo. Ya se solicitó a los nuevos padres de las niñas, una prueba voluntaria de ADN, para por fin salir de dudas. Pero no han querido darla.
“Ya no depende sólo de nosotros”, dice Julio Barrios, el fiscal que lleva el caso de Heidy, “la fiscalía pidió, en octubre pasado, una prueba de ADN a Estados Unidos y no se ha recibido. Eso lleva tiempo”. César León, de Cancillería, explicó que el proceso depende del Consejo Nacional de Adopciones y que ellos sólo brindan apoyo en el momento que el CNA lo requiera.
“Si la niña que está en Estados Unidos es Anyely, entonces ya es una ciudadana americana y la protegen las leyes estadounidenses”, cuenta Elizabeth de Larios, presidenta del CNA. Lo más sencillo y rápido sería la prueba de ADN voluntaria, De Larios recuerda un caso en el que los padres adoptivos aceptaron la prueba y al dar positivo devolvieron a la niña. Pero de momento no ha sido posible por la vía amistosa.
Si en verdad las niñas adoptadas son Heidy, Anyely y Escarlet, la justicia puede quitárselas a los padres adoptivos y regresarlas con sus madres. Pero para eso hace falta mucho tiempo y las niñas están creciendo, reconociendo en los rostros ajenos a sus padres y cada día se olvidan un poco más de sus madres biológicas. A Loyda le llegó una foto hace poco, en ella se ve la niña sobre las piernas de una mujer de enorme y alineada sonrisa, le están leyendo un cuento… en inglés. Si pasa el tiempo Anyely no podrá comunicarse con su madre, en su mismo idioma.
Los grandes perdedores en todo esto son los niños. Pasar de una madre a otra y de un país a otro cuando apenas empiezan a conocer el mundo, puede dejarles un trauma indeleble. “Los seres humanos siempre nos apegamos a los que nos brindan los cuidados primarios, es una estrategia de sobrevivencia", explica la psicóloga Karin de Swank. "En estos casos son dos golpes duros los que deben afrontar, primero separarlos de la madre biológica y después de la adoptiva”.
Agregar comentario:
7 comentarios: