¿Seguro no quieren comer algo, papitos, mientras esperan?
Eduardo Halfon
El restaurante en Puerto Barrios era un rancho viejo. Estaba construido en alto sobre un mar cuyas aguas se habían tornado color Coca-Cola a causa de todos los enjambres de mangle. Se llamaba El Mangle. “De niño quería ser pianista, el gordo, pero mientras dormía una siesta en el campo un burro le partió la mano”. Estábamos parados al borde de un muelle de madera, fumando y viendo hacia el agua. “O al menos eso me dijo”. Desde su silla de plástico la señora nos gritó si queríamos comer algo. A pesar de su obesidad, llevaba puesta la parte superior de un bikini color rosa bordado con lentejuelas de oro. Tenía el pelo frisado y desteñido. Sus pies descalzos parecían dos bolas de fango. Le dije que sólo las cervezas, gracias. “¿Seguro no quieren comer algo, papitos, mientras esperan?”. Nos habían dicho que esperáramos allí, en El Mangle, que alguien de la comunidad llegaría a buscarnos en lancha alrededor de mediodía para llevarnos a Estero Lagarto. “Hay jaiba”. Con pesadez, como si le costara un gran esfuerzo, la señora se puso de pie, sacó dos botellas de un pequeño refrigerador con puerta de vidrio, y nos las llevó. “También hay mojarra fresca”, dijo, volviendo a su silla de plástico y dejándose caer. Tomé un trago largo de cerveza. Me sequé la frente con la manga de mi camisa. “Una vez le tuve que pedir al gordo un poco de plata”. Lanzó su cigarro al agua y de inmediato encendió otro. “Yo me había quedado sin plata, ¿me entendés?, y tuve que pedirle prestada un poco, no mucho, hasta que me pagaran a finales de mes”. Escuchamos el ronrón de una tiburonera que se alejaba. “Y viene el gordo y saca unos cuantos billetes de su cartera y me los da y me dice que es un regalo”. “¿Entonces, papitos?” nos gritó la señora desde su silla de plástico. “¿Les preparo unas mojarras con arroz y ensalada?”. Ni siquiera la volteamos a ver. “Y yo le digo al gordo que no, por supuesto. Que de ninguna manera. Que yo le devuelvo la plata al nomás cobrar mi sueldo del mes. Pero él sólo coloca sobre mis hombros sus dos manos enormes, mofletudas, unas manos que a mí me parecen íntegras y hasta macizas, y me dice que a un amigo no se le ponen pruebas”.
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2 comentarios:
alicia villavicencio: (2009-06-17 13:45:57 horas)
Verdaderamente es muy relajante poder leer este tipo de relatos. Nos regresan a épocas o quizás a momentos más sencillos de la vida pero que tienen el deje de una moraleja...
Wendy Miranda: (2009-06-17 11:20:55 horas)
Me encanta la descripcion que hace de la señora! Muy enriquecedor tener la opcion de leerlo todos los miercoles.
2 comentarios: