Todo se perfumó de clavo y naranja y pétalos de rosa.
EDUARDO HALFON
“¿Dónde vas, bella judía?” Lo interrumpió un muchacho de piel muy oscura y brillante que llegó cargando una tetera de bronce y tacitas de bronce y colocó todo sobre la mesa baja y redonda y nos dijo que era una especie de té negro con especias y miel. “Té etíope”, dijo luego, sonriendo como si fuera una broma, y se marchó. Yo me acerqué a la mesa. Llené las tacitas. De inmediato todo se perfumó de clavo y naranja y pétalos de rosa. “¿Cómo iba, entonces?”, le pregunté. Él se peinó el fleco rubio con los dedos, alzó un poco la mirada como buscando las palabras escritas en el aire o en el techo, y volvió a cantar: “¿Dónde vas bella judía, tan descompuesta y a deshora?”. Hizo una breve pausa entre pregunta y respuesta, tomó aliento y cantó: “Voy en busca de Rebeco, que espera en la sinagoga”. Se rió, quizás elegante, quizás apenado por su voz. “Es de la Petenera, un antiguo cante flamenco, muy pausado y emotivo, que muchos sostienen vincula la música flamenca con el judaísmo”. Bebió de su té. “Cantarlo, decía mi padre, tiene mal fario”. “¿Qué es eso?”, le pregunté. “Mala suerte”. Volvió a reírse. “Yo crecí en Jaén”, dijo, “escuchando a mi padre entonar saetas y coplas y el cante jondo de los andaluces, y no tengo la menor duda de la influencia que tuvo en estos la música judía, los cantos judíos, el hermoso y poderoso Kol Nídrei, por ejemplo”. “¿Tu padre canta flamenco?”. “Cantaba”. Bebí un sorbo dulce y aromático. “Ya murió”. Bebí otro sorbo. “Durante años, después de su muerte, yo no lograba escuchar un cante flamenco sin ponerme a llorar”. Ya no tenía más té y sólo me quedé sosteniendo con ambas manos la tacita de bronce. Pronto llegó el muchacho negro. Colocó sobre la mesa una bandeja grande, circular, hecha de mimbre o quizá de hojas secas de palma, y se retiró. Había allí cinco o seis montículos de distinta comida etíope, todos los montículos muy coloridos y todos sobre pedazos de un pan plano, redondo y denso, con un suave aroma fermentado. “Probamos”, me dijo o quizá me preguntó. Sonreía entre gris y celeste.
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3 comentarios:
Fajardo Scarleth: (2009-07-08 14:43:11 horas)
Esa es la maravilla de los libros, como diría Borges, "Viajamos por el mundo sin movernos un centrimetro". Algo asi no???
Eswin Q.: (2009-07-08 14:16:17 horas)
Eduardo, es bueno tener una oxigenación intelectual en medio de tanto desperdicio político. Felicitaciones también por la reciente publicación de un exquisito cuento en la revista peruana Etiqueta Negra. Lo recomiendo a los demás lectores: etiquetanegra.com.pe
3 comentarios: