El viejo italiano estaba lijando un trozo de ámbar rojo mientras me decía que el ámbar rojo en realidad no era rojo. “Los indígenas tzotzil lo extraen de las montañas de Simojovel, aquí cerca, en el norte de Chiapas”. Lucía una barbita de chivo muy fina, de un gris casi blanco. Su poco pelo tenía ese mismo tono entre gris y blanco y a mí se me ocurrió que la suya era una calvicie lenta y progresiva. Hay calvicies más nobles. “También tenemos anillos”, me susurró la chica joven y flaca que hacía de vendedora. “Pues allí, en las montañas de Simojovel, la tierra es muy roja”, dijo el italiano, aún ocupado con el papel de lija, “y entonces se tiñe de rojo la superficie del ámbar”. La chica estaba sacando del exhibidor unos grandes anillos de ámbar y plata. “Pero sólo la superficie, eh”. “Todos estos tienen descuento. Diez por ciento”. “Si ese ámbar rojo se lija lo suficiente, así, bien suavecito, en el fondo es siempre color amarillo”. Me entregó el trozo de ámbar. Era mucho más ligero de lo que había imaginado. “Es muy ligero”. “Debe ser ligero, y no frío”, dijo. “No es una piedra”. “También hay collares”, susurró la chica con una mezcla de pena y compromiso. “Fíjate tú”, dijo el italiano recibiendo el trozo de vuelta y sosteniéndolo en alto como si fuera evidencia. “Veinticinco millones de años metido entre la tierra roja y sólo se logra teñir la superficie un poquito”. “Necio el ámbar”, opiné. “Más que necio. Terco. Testarudo. Como Mussolini”. Quizás hice un gesto de confusión o de intriga porque el viejo rápido levantó una mano abierta, deteniéndome. “Yo era entonces un niño, viviendo con mis padres y hermanos en la campiña afuera de Milán, pero recuerdo muy bien cuando Mussolini anunció lo de las cabras”. “Hay aretes”. “Que las cabras, anunció, no eran apropiadas para un país fascista, y que había que matarlas”. Ella colocaba aretes en fila sobre el vidrio del exhibidor. “Mussolini ordenó matar a todas las cabras de Italia”. Continuaba enfilando aretes. “Yo no entendía nada, claro, era un niño, pero igual ayudé en casa a sacrificar nuestras cabras”. “También hay bonitas pulseras”. Acaso sin darse cuenta, el viejo italiano estaba sobando con sus pulgares el trozo de ámbar, fuerte, como si fuera un amuleto rojo. “Mussolini eliminó a dos tercios de las cabras de mi país”. Siguió un silencio. La chica aprovechó ese silencio y me entregó una frágil y hermosa pulsera de abalorios de ámbar amarillo y ámbar rojo que en realidad no era rojo y yo percibí la ligereza de esa pulsera en mis manos y supe de inmediato, pero lo supe de una manera primitiva, de una manera casi prehistórica, que estaba obligado a comprarla.
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6 comentarios:
Juan Carlos Meza: (2009-07-15 16:17:26 horas)
Qué artículo tan bonito. Expone con sutileza tan variadas cosas reales de la vida. Felicitaciones Señor Halfon. Me atrajo su lectura a partir de tan particular título.
Eduardo Halfon: (2009-07-15 14:42:34 horas)
Quizás tengás razón, Carlos Eduardo. Aunque yo más bien diría que es un desprecio --para usar tu palabra-- hacia vendedoras necias o imponentes, y no hacia vendedoras callejeras en general.
Max Leiva: (2009-07-15 13:00:24 horas)
Esta bonito ese cuento. La ley de minas y canteras y no se que otra cosa que le metieron las "cabras" (perdón a las cabras) del congreso hace unos años ,es bastante absurda por cierto. No se que tiene que ver la minería con el asunto de las canteras, pero hace pensar a muchos que extraer piedras es asunto de riesgo para la ecología y la salud. NADA QUE VER!
Tanta sangre se a derramado a causa de estos tiranos al estilo Mussolini, que se queda corto a comparación de otros que han nacido antes y despús de él. Por acá tuvimos varios especimenes.
No tega pena amigo Halfon ,el gasto valió la pena, esas pulseras salen buenas, son un regalo de la naturaleza. Tantos productos artificiales que se venden por allí, y se ponen hasta de moda!, es una lástima.
Es un honor contar con un escritor como usted, siga adelante!
Max Eduerdo Leiva.
Carlos Eduardo Lopez Y.: (2009-07-15 11:49:10 horas)
Siempre me gustan tus lecturas, pero noto que el tema comun es un desprecio - velado, sutil, aunque certero - a las vendedoras callejeras.
Roberto Ximenej: (2009-07-15 10:59:11 horas)
Y el cabrón del pequeño Mussolini incite, necea, y se retuerce de terco que los que ya están pisados, no se les debe nada, aunque son 2/3 de la población; por que solo aquellos que juntan firmas hacen su derecho. Tampoco que sé este excluyendo a nadie, pueees.
alfonso villacorta: (2009-07-15 08:34:37 horas)
El recuerdo de las cabras italianas seria por el encuentro con una vendedora cabrona?
6 comentarios: