“¡No puede ser!”, gritó y hasta entonces reconocí a la encargada de organizar aquel circo, a la que había estado llamándome casi a diario para asegurarse, a pesar de mi absoluto y supuesto desinterés, de que yo asistiría.
Una banda tocaba en el fondo del salón demasiado iluminado del Camino Real. Había mucha gente platicando y bailando y riéndose en pequeños grupos. Las paredes estaban llenas de fotografías de aquella época, todas ampliadas a tamaño póster y todas por lo tanto un poco desenfocadas. Yo seguía parado en la entrada del salón, percibiendo el vaho que emanaba como un mal aliento de aquel espacio tupido y fogoso.
“Qué tal”, le dije sonriendo falso y secándome la frente con una mano. Me había prometido a mí mismo que no iría. No tenía ganas de ver otras caras envejecidas y blandas. No quería saber, tantos años después de graduados, quiénes más se habían engordado, ni quiénes más se habían quedado calvos, ni quiénes más habían tenido ya sus dos hijos, nene y nena, en ese orden, antes de divorciarse.
“¡Vino!”, volvió a gritar mientras me ponía en la cabeza un sombrero de cartón. “Así parece”. “Qué chévere”, dijo en su mejor jerigonza de los ochenta y yo sentí un leve escalofrío. Algunos aplaudieron. Otros chiflaron. La banda estaba tocando una viejada de George Michael o George Harrison o Boy George o no sé qué otro George. “Niños rojitos oscuros, niñas rojitos claros”, canturreó entusiasta y colgándome alrededor del cuello un collar de claveles rojos y marchitos y zumbando todos con minúsculos jejenes. “Ya”. “El color de nuestro querido colegio”. “Sí, pues”.
Dando un brinco de júbilo, ella cogió algo de una mesa que estaba a su lado, y brincó de vuelta. Era una pequeña calcomanía blanca con letras negras. Me la pegó fuerte sobre el corazón. “Por si acasito ya nadie lo reconoce”.
Iba a decirle que ese no era yo, que me había confundido con otro o me había pegado sobre el corazón el nombre de otro. Pero ella estaba ahora gritándole toda su emoción a alguien más y yo entonces me fui trotando directo hacia el bar con los claveles sacudiéndose y el sombrero resbalándose en mi cabeza y con la vista bien hundida en el suelo.
Pedí un gin tónic. Mientras le daba sorbos noté que en un póster colgado atrás del bar sonreía un grupo de adolescentes pálidos y desenfocados. Tardé en darme cuenta de que allí, entre todos, también estaba yo, de tal vez 15 o 16 años, vestido tan a la moda en unos pantalones paracaídas color turquesa. Me escurrí la frente con una servilleta de papel.
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