El libro, La Niña de Guatemala de Máximo Soto Hall (1871-1944) –obra recién editada por la Tipografía Nacional– reúne...
María Elena Schlesinger / Ayer mes@itelgua.com
El libro, La Niña de Guatemala de Máximo Soto Hall (1871-1944) –obra recién editada por la Tipografía Nacional– reúne, desde una perspectiva cotidiana y familiar, una serie de vivencias e impresiones de nuestro autor sobre José Martí en su paso por Guatemala, allá por 1877 y 1878, época en que el poeta conoció a su famosa musa, María García Granados, La Niña de Guatemala.
Soto Hall frisaba los 70 años cuando escribió esta obra y es una especie de apología a la figura de Martí, a quien el autor conoció siendo chico. Como si estuviéramos ante la creación de un retrato al óleo, Soto Hall va dibujando a través de sus páginas a un Martí de inteligencia brillante, amante de las ideas y de las letras; patriota por sobre todas las cosas; a quien las chicas de sociedad de la época le rendían culto por su elocuencia y erudición.
Me gusta imaginar esta obra como la crónica de paseo del joven José Martí por nuestra ciudad capital. A su lado va nuestro apuntador, Máximo Soto Hall, el niño-joven que conoció a Martí una tarde en el corredor de su casa y se impresionó con su mirada profunda, su talante y su designio: “Tienes un futuro prominente”.
En sus páginas, Soto Hall va ilustrando no sólo las instancias del poeta cubano por la ciudad capital hasta llegar a su fugaz idilio con María –del quien el autor habla muy poco–, sino de paso, y sin quererlo, retrata la capital guatemalteca y sus costumbres, cuyos habitantes estaban divididos, como están ahora, no sólo en clases sociales sino en dos bandos irreconciliables y fraticidas: liberales y conservadores.
En sus páginas encontramos cuadros de costumbres, fotografías de personas y de grupos, además de sensibilidades y valores de la época. Por ejemplo. Nos aproxima a personajes lejanos y en blanco y negro, como los aprendimos a reconocer en los cromos de Piedra Santa, como es el caso del primer presidente liberal, don Miguel García Granados, un hombre medio genio, medio loco, que durante su vejez se dedicó con pasión casi demente al juego de ajedrez, considerándose a sí mismo campeón nacional de esta disciplina: de allí su amistad con Martí y su fugaz amistad con la etérea María García Granados, quien según Soto Hall padecía de tuberculosis.
Podemos ver a la Guatemala de calles empedradas, la cual se convertía de noche en oscura y peligrosa, con los duelos y ladrones. Calles habitadas únicamente de hombres –porque para las mujeres las calles estaban proscritas de noche– de serenos que daban la hora y de sirvientes alumbrándoles el paso a sus señores por medio de farolitos colgantes. Eran tiempos de valores supremos, como la ilustración, el patriotismo, la inteligencia, fidelidad y la palabra empeñada.
Como apuntábamos, La Niña de Guatemala, es un sabroso recorrido por la decimonónica ciudad capital, su gente y su tiempo. Una verdadera joya para los que nos gusta escudriñar en el pasado para lograrnos descifrar en el presente. Una fuente de primerísimo orden para conocer los personajes que poblaron nuestra historia, así como nuestras consabidas taras y costumbres, tan rígidas y sofocantes
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