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Guatemala, domingo 02 de agosto de 2009

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Opinión:

Economía y Justicia: Una gran oportunidad para los pequeños agricultores

Jeffrey D. Sachs

Fuente menor Fuente normal Fuente grande
NUEVA YORK - La iniciativa del G-8 de destinar US$20 millardos a las pequeñas explotaciones agrícolas, lanzada en la reciente reunión de ese grupo en L’Aquila (Italia) es un potencial hito histórico en la lucha contra el hambre y la pobreza extrema. Con una gestión seria de los nuevos fondos, la producción de alimentos en África se disparará. De hecho, la nueva iniciativa, combinada con otras en materia de salud, educación e infraestructuras, podría ser el mayor paso hasta ahora para lograr los fines de desarrollo del milenio, el esfuerzo internacionalmente acordado para reducir a la mitad la pobreza extrema, la enfermedad y el hambre en 2015, a más tardar.

Durante el período 2002-2006, yo dirigí el Proyecto del Milenio de las Naciones Unidas, encaminado a lograr los objetivos de desarrollo del milenio, para el entonces secretario general de las NN.UU., Kofi Annan. Una de las piedras angulares del proyecto eran los “agricultores con pequeñas explotaciones”, es decir, familias de agricultores de África, América Latina y Asia: explotaciones agrícolas de una hectárea, aproximadamente, o menos. Se trata de algunos de los hogares más pobres del mundo y también –cosa que resulta irónica– algunos de los más hambrientos, pese a ser productores de alimentos.

Pasan hambre porque carecen de la capacidad para comprar semillas de gran rendimiento, fertilizantes, equipo de riego y otros instrumentos necesarios para aumentar la productividad. A consecuencia de ello, su producción es escasa e insuficiente para su subsistencia. Su pobreza causa poca productividad agrícola y esta intensifica su pobreza. Es un círculo vicioso, técnicamente denominado “trampa de la pobreza”.

El Equipo de Tareas del Proyecto del Milenio de las NN.UU. sobre el hambre, dirigido por dos científicos de prominencia mundial, M. S. Swaminathan y Pedro Sánchez, examinaron posibles formas de superar ese círculo vicioso. El Equipo de Tareas sobre el hambre concluyó que, si se concedía ayuda a los agricultores con pequeñas explotaciones en forma de insumos agrícolas, África podía aumentar sustancialmente su producción de alimentos. El Proyecto del Milenio recomendó un gran aumento de la financiación mundial para ese fin. A partir de esa labor y conclusiones científicas conexas, Annan lanzó un llamamiento en 2004 en pro de una revolución verde africana, basada en una asociación ampliada entre África y los países donantes.

Muchos de nosotros, en particular el actual secretario general de las NN.UU., Ban Ki-moon, hemos trabajado denodadamente para hacerlo posible y Ban ha subrayado repetidas veces la emergencia especial provocada por las crisis alimentaria, financiera y energética mundiales de los dos últimos años. El anuncio del G-8 refleja esos años de esfuerzo y, naturalmente, los impulsos dados al respecto por el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, el primer ministro español, José Luis Rodríguez Zapatero, el primer ministro australiano, Kevin Rudd, el presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, el comisario europeo Louis Michel, el diputado al Parlamento Europeo Thijs Berman y otros.

Ahora la clave está en hacer que ese esfuerzo dé resultado. Las lecciones de la historia son claras. Brindar semillas y fertilizantes a agricultores con pequeñas explotaciones a precios en gran medida subvencionados (o incluso gratuitamente en algunos casos) constituirá una gran diferencia duradera. No sólo aumentarán las cosechas de alimentos a corto plazo, sino que, además, los hogares de agricultores utilizarán sus mayores ingresos y mejor salud para acumular toda clase de activos: saldos de efectivo, nutrientes para la tierra, animales de granja y salud y educación de sus hijos.

Ese aumento de los activos permitirá, a su vez, a los mercados crediticios locales, por ejemplo, el de la microfinanciación, comenzar a funcionar. Los agricultores podrán comprar insumos, ya sea con su propio dinero o mediante préstamos gracias a su solvencia crediticia.

Ahora se ha logrado un consenso sobre la necesidad de ayudar a las pequeñas explotaciones, pero siguen existiendo obstáculos. Tal vez el riesgo mayor sea el de que las “burocracias de la ayuda” se disputan para intentar conseguir una buena tajada de los US$20 millardos, con lo que gran parte de estos se irían en reuniones, consultas de expertos, gastos generales, informes y más reuniones. Las “asociaciones” de donantes pueden llegar a ser un oneroso fin en sí mismas, con lo que simplemente retrasan la aplicación de las medidas reales.

Si los gobiernos donantes quieren de verdad obtener resultados, deben dejar de poner el dinero en manos de 30 o más burocracias distintas y juntarlo en 1 o 2 lugares, el más lógico de los cuales sería el Banco Mundial, en Washington, y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), en Roma. Uno o 2 de esos organismos tendrían entonces una cuenta con varios miles de millones de dólares.

Después los gobiernos de regiones azotadas por el hambre, en particular África, presentarían planes nacionales de acción que facilitarían los detalles sobre cómo utilizarían los fondos de los donantes para brindar semillas de gran rendimiento, fertilizantes, riego, herramientas agrícolas, silos de almacenamiento y asesoramiento local a los agricultores empobrecidos. Un grupo de expertos independiente examinaría los planes nacionales para comprobar su coherencia científica y de gestión. En el caso de que un plan fuera aprobado, se desembolsaría rápidamente el dinero para apoyarlo. Después, cada uno de los programas nacionales sería supervisado, auditado y evaluado.

Ese método es sencillo, eficiente, responsable y científicamente sólido. Dos recientes ejemplos de éxito en materia de ayuda han utilizado ese método: la Alianza Mundial para el Fomento de la Vacunación y la Inmunización, que consigue inmunizar con éxito a niños pequeños, y el Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la tuberculosis y la malaria, que apoya los planes nacionales de acción para luchar contra esas mortíferas enfermedades. Los dos han salvado millones de vidas durante el pasado decenio y han preparado el terreno para un método más eficiente y científicamente sólido de asistencia para el desarrollo.

No es de extrañar que muchos de los organismos de las NN.UU. y de los organismos de ayuda de los países ricos se opongan a ese método. Con demasiada frecuencia, lo que se disputan es el territorio y no la forma más eficaz de acelerar la llegada de la ayuda a los pobres. Así pues, Obama, Rudd, Zapatero y otros dirigentes innovadores pueden obtener unos resultados mucho mejores cumpliendo sus promesas en el G-8 e insistiendo en que la ayuda dé certeros resultados.
Hay que saltarse las burocracias y llevar la ayuda a donde se la necesita: en la tierra labrada por las familias de agricultores más pobres del mundo.

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1 comentarios:

  1. sergio licardie V: (2009-08-02 11:19:26 horas)

    Si los países pobres tuvieran dinero, serán mercado, los países ricos les venderían alimentos pero como no lo tienen, los ricos pretenden que se le otorguen créditos a los agricultores para comprarles barato los alimentos y los exporten y ellos los revendan. El pobre mercado interno, local, no importa, ese que se siga muriendo de hambre. Hay países de mercados internos pobres pero de mucha riqueza en minerales caros, diamantes, fauna exotica, etc (Hasta Fidel mandó soldados). Esos que se mueran de hambre. Revolucionariamente tribus masivas actúan en el mayor salvajismo, se les venden armas y exportan hambrientos que les llaman refugiados a los que han despojado de cualquier forma de propiedad colectiva o individual. En el mundo y en los países hay dinero, mucho dinero, pero no se usa para solucionar sino para el poder. Si el dinero se orientara a promover el consumo a través del crédito al consumidor los proveedores harían hasta lo imposible para captar ese mercado, entonces cambiarían sus dinámicas de mercado y en la relación pueblo gobierno sin intermediarios otros mariachis nos cantaran
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