Estaba ella en calzón blanco y sostén blanco y peinándose frente al espejo su largo cabello trigueño y me dijo que sus papás le mandaban cartas entre el pan. “Cuando ellos estaban en la montaña”. Eufemismo, por supuesto. “Y yo era una niña, creciendo con unos tíos fuera del país”. Había terminado de peinarse. Bajó el cepillo. Se acercó al espejo, mucho, como para verse bien el cutis. “A los nueve meses de haber nacido, mis papás me sacaron del país. Por seguridad. Porque en los años ochenta no se podía tener hijos en la montaña. Era prohibido. Entonces, a veces, me llamaba Micaela”. Yo estaba fuera. Me sentía fuera. Me quedé callado y observándola medio desnuda y con sus calcetitas blancas abultadas en los tobillos y bien encuadrada por el marco de la puerta. “Desde la montaña, mis papás me escribían cartas y se las daban a un compañero que tenía una panadería”. Elevó el brazo derecho. “Chimeco. Así se llamaba el panadero. No sé si siempre o a veces”. Su axila, en el espejo, me pareció más pálida, más lampiña y tersa. Se untó desodorante. Cambió de brazo. “Y pues este Chimeco, en su panadería, doblaba el papel y lo metía entre la masa cruda y horneaba la masa con la carta de mis papás escondida adentro”. Se puso una ligera blusa de lino, color crema, con florecitas azules alrededor del cuello. “Luego, alguien más, algún familiar o compañero de ellos en la montaña, supongo, sacaba ese pan del país, clandestinamente”. Se puso unos jeans viejos y gastados. “Era un pan rústico, recuerdo, como de campesino”. Se quitó las calcetitas blancas y las dejó tiradas sobre la fría cerámica del baño. Alcanzó sus sandalias. “Cuando de pronto llegaba alguien con aquel bollo de pan, mis tíos me lo daban para que yo misma lo partiera en dos y metiera mis deditos entre la miga blanca y suave y buscara allí la carta de mis papás”. Se contempló entera en el espejo. “Y yo entonces era Micaela. Y como Micaela me sentaba en el suelo y escuchaba atenta a mis tíos leyéndome las palabras de mis papás. Unos papás invisibles, algo abstractos, que yo apenas conocía, y que siempre me imaginaba viviendo en una montaña verde y frondosa y donde todo olía a pan recién horneado”. Volvió su mirada hacia fuera. “Lista”.
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