La educación que recibí del colegio y la universidad parecía planeada para hacer de los mejores años de mi vida, una sutil tortura. Que afán de querer bajarme la cabeza y volverme una nada viviente, un títere del qué manda. Ojalá lo hubieran logrado, tendría una existencia sin sobresaltos, uniforme y protegida en la manada. Y las alas sólo me servirían para abrazar calzones (chiste Kotex).
¿Sería más feliz recibiendo un cheque mensual y esperando una jubilación devaluada? ¿Cuánto puede aguantar una persona nadando contra la corriente? ¿Se puede apostar por los sueños propios en una sociedad que lo único que quiere son soldados y mano de obra barata? ¿Sirve de algo la eterna rebeldía? ¿Valdrá la pena reivindicar el espíritu insurrecto?¿O será que todos estamos condenados, tarde o temprano a caer de rodillas ante el sistema que nos oprime tanto la risa?
Sobresalir o no encajar, creerse dueño de su vida, andar despeinado por el mundo es algo mal visto. Las ovejas negras del rebaño, los marcados con el signo de Caín, los descendientes de los ángeles caídos. Son almas torturadas que no creen en el paraíso que promete la Iglesia, ni la paz que la meditación y el yoga ofrecen. Es un desasosiego que te come por dentro.
Comienzo a cansarme de ser la eterna adolescente que nada contra la corriente, sólo buscando un espacio para respirar. Que frustrante recibir cada día tanta mierda, en su versión anónima, firmada y social.
¿Entorno difícil? Ahí está el puente.
Cómo las frutas, habrá que madurar, pasar de lo ácido a lo dulce y luego podrirse por dentro y por fuera como único destino seguro. El tiempo pasa. Tarde o temprano, dejaré de luchar, mis gritos ya no se escucharán, dejaré de aruñarme el alma.
Y será tan rico, sentir que la corriente por fin me está llevando.
Al Gato
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