Me acosté boca abajo y metí el rayo de luz en la estrecha ranura entre el piso de parqué y el refrigerador. “No puedo creerlo”. Sentado, observándome curioso, sólo bostezó. “¿Cómo es posible?”, le pregunté sin realmente esperar una respuesta. Algo se movió. Mantuve quieta la linterna. Fijé un poco la vista. Una mota en el aire, nomás. “Dime”, le dije, poniéndome de pie. No me dijo nada. No me miraba. Se estaba rascando el costado. “Pero qué bárbaro”. Caminé a la sala. Busqué en el área debajo de la mesa, atrás de un cofre, entre las patas de una vieja banca de pino y mimbre. Había más bolitas oscuras sobre los cojines del sofá blanco. “Ven a ver esto”, le dije, y llegó despacio, cauteloso, quizás arrepentido. Iluminé el rincón entre el sofá y la pared. “¿No te da vergüenza?”. Se me pegó. Traté de ignorar sus roces en mis tobillos. “¿O es que no entiendes que tu responsabilidad aquí es ahuyentarlos?”. Usando la linterna sacudí las pequeñas heces negras de los cojines. Me tumbé derrotado, confundido, y casi de inmediato me brincó encima. Se acomodó perfecto y caliente en la hendidura de mi regazo. Se lamió los bigotes. Me miró con ojos medio cerrados. Había encendido ya su débil motor.
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