“El pozo está allí, detrás”, dijo Aura extendiendo un brazo hacia el pequeño patio escondido bajo la sombra de su casa de madera y lámina. Una docena de ojos trataban de atisbar el fondo, de alcanzar a ver si había algo allí abajo. Los bomberos se afanaban en drenar toda el agua, en dejar seco aquel agujero que servía de sustento para la familia. Aura se acariciaba una mano con la otra, mientras esperaba el resultado. Los niños y los perros callejeros permanecían en guardia, en la entrada de la casa, a la expectativa. Uno de los policías alcanzó a ver algo, subió las cejas e hizo una mueca a su compañero. Cuando el pozo quedó seco, uno de los bomberos descendió ayudado por un lazo. El eco de su voz subió por los 22 metros de profundidad y salió a la superficie con la noticia: “Aquí está”. Tal como lo imaginaron: el machete había sido lanzado al fondo. Para ese entonces la cara de Aura ya estaba empapada, una carrera de lágrimas se apresuraba por bajar hasta su cuello: el arma con la que mataron a sus tres hijas estaba en su propia casa.
Heidi, Wendy y Diana iban juntas a todas partes, dormían en la misma cama, jugaban los mismos juegos y nunca salían si no era en trío. El trío dinámico que tanto hacía reír a los que estaban cerca. “Cuando sea grande voy a usar unos taconones”, decía Wendy, la mayor, “me voy a ver bien bonita, con unos mis aretes y una falda. Voy a ser secretaria”, soñaba. Diana la interrumpía, “yo voy a ser doctora, sin tacones ni nada de eso, yo quiero curar a los enfermos”, y Heidi, la menor, movía la cabeza de izquierda a derecha: “lo mejor es trabajar en una casa, como mi mamá. Allí le dan comida y sale temprano para estar con sus hijos”. Su lógica hacía sonreír a las otras dos soñadoras.
Aura no lo comprende, “me lo hubieran hecho a mí”, dice con un hilo de voz y luego se reprocha, “por qué las mandé a la escuela, mejor se hubieran quedado en casa”.
Fue el viernes 29 de mayo. El despertador resonó en las paredes improvisadas con tablas y ajustadas con cartón. La madre se apresuró a poner en el fuego una olla de café y a levantar a sus 3 niñas. Wendy de 12 años, iba a segundo primaria, Diana de 7 y Heidi de 9 a primero. La escuela estaba a poco más de 7 kilómetros. Habían de pasar por un camino boscoso que opacaba el sol, las ramas de los árboles eran el cielo y la tierra un lodazal que en invierno les cubría las piernas. Pasaron a la tienda a comprar un refresco y siguieron la ruta contraria a la de Aura. La madre fue a trabajar como empleada doméstica y las niñas a estudiar.
Aura llegó a su trabajo, y a eso de las diez recibió una llamada: “Vení porque algo le pasó a las nenas”, le dijeron. “¿Qué pasó, están bien?”, preguntó la madre y la voz al otro lado del teléfono titubeó. “Están desmayadas en el bosque”, respondió y eso fue suficiente para que Aura sintiera que el mundo se desmoronaba, salió de la casa sin aliento, le temblaban las manos y las piernas.
Por su cabeza pasaban las clínicas más cercanas, los médicos, alguien que atendiera de inmediato a sus hijas. No podía imaginar que ya de nada serviría.
Lo que encontró fue más horrible que cualquier pesadilla. Sus tres niñas estaban tiradas en el suelo. Una grieta horizontal atravesaba sus cuellos dejando paso a un torrente de sangre que les pintó de bermellón la blusa del uniforme. Sus manos sin pulso y sus ojos ya sin mirada. Al lado sus mochilas esparcidas por la grama. Nunca llegaron a clases. Wendy nunca va a usar tacones y Diana no curará a nadie.
“El Coche”
Moroni Hared Silva Urbina llegó a vivir al caserío Chicamán hace más o menos 2 años. Se integró a un pueblo de 430 habitantes, donde la mayoría son familiares, los lazos sanguíneos se tejen por todas las casas y las calles. Silva era distinto, no sólo porque sus apellidos nada tenían que ver con los de los demás, sino porque su carácter era violento y su lenguaje más soez que el de cualquiera. Decían que pertenecía a una mara y que robaba.
Que el primer nombre que saliera de la boca de Aura Suruy fuera el de Moroni, no era de extrañar. “Ese fue El Coche”, dijo la madre con las pocas fuerzas que le quedaban, y aquel nombre salió como si fuera la última palabra de un agonizante. A Silva le decían El Coche por su aspecto regordete y sus mejillas flácidas.
La Policía ya lo conocía. Lo habían detenido en 2007 por extorsión. Los microtaxistas organizaron un plan para atraparlo. Silva pensaba que iba a cobrar una extorsión, pero en realidad era una emboscada que culminó con su entrega en la comisaría. Cuando le dejaron libre se topó con uno de los taxistas, “te voy a cortar la cabeza”, le amenazó.
Silva hablaba de cuchillos y machetes con frecuencia. Una de sus vecinas recuerda cuando le gritaba a su esposa embarazada: “Te voy a abrir la panza con un cuchillo y voy a matar a ese güiro”. A Wendy también la amenazó.
La niña de 12 años lo descubrió robando en la casa de su tía. Wendy corrió a contarle lo que había visto a su madre. Días después, El Coche le reprochó: “Por andar de bocona te vas a arrepentir, te voy a matar con un cuchillo”. La niña informó de las amenazas a sus padres. “Yo le dije que no tuviera miedo, que El Coche no le iba a hacer nada”, recuerda su madre. “Yo no tomé nada en serio”, dijo el padre, “como vivimos en un pueblo pequeño donde nunca hemos visto cosas de esta forma no pensé que fuera a pasar”.
Con el historial de El Coche y la amenaza a la niña mayor, no era difícil sospechar que él estuviera involucrado en el crimen. La sede central de la División de Investigación Criminal (Dinc) envió a sus mejores investigadores a la aldea, 24 horas después los oficiales Luis de León y Adolfo Pineda Carías ya tenían armada una teoría. Pedían al Ministerio Público (MP) que autorizara la orden de captura de Silva y que allanaran 2 residencias. En el informe agregaban una serie de declaraciones de testigos que vinculaban a El Coche con el crimen.
“La Policía hizo un muy buen papel”, dice Rootman Pérez, abogado de la Fundación
Sobrevivientes, querellantes adhesivos en el caso, “se movieron rápido y presentaron todos los indicios al MP”. Pero la Fiscalía antigüeña no se movió tan rápido, “dijeron que les faltaban elementos para girar las órdenes”, explica Pérez, “no se qué más querían si la Policía entregó un informe detallado, nos topamos con criterios muy lentos y por eso solicitamos que se trasladara a la capital”, agrega. Maritza Juárez, jefa de la unidad del MP en Antigua, lo niega, “se puede ver en el expediente que no perdimos tiempo”, asegura.
Sin embargo la Fundación Sobrevivientes consiguió que fuera la Agencia 14 del MP central la que se encargara del caso.
Al día siguiente del crimen, la Policía logró capturar a Silva que estaba tranquilo en su casa.
Llevarlo a la comisaría fue una odisea. Los vecinos de las niñas querían encargarse ellos mismos de hacer justicia y exigían a la Policía que les entregara a El Coche para lincharlo. En su intento por resguardar al sindicado, un oficial salió con un chichón en la cabeza, la patrulla sin los 2 vidrios, delantero y trasero, con una puerta abollada y más de 40 piedras en la palangana. Para El Coche sólo fue un susto.
En su primer testimonio, Moroni soltó la lengua e implicó a sus dos grandes amigos en el crimen: Luis Socoreque y Noé Cho. Luis es el hijo del alcalde auxiliar y Noé es el esposo de la hermana mayor de las niñas, vivía en la misma casa que las tres pequeñas. Los tres pasaban largas tertulias acompañados de cervezas, muchas de ellas en casa de Aura, a tres pasos de las niñas.
Noé
Jéssica Suruy tiene 19 años, pero parece una niña. Es bajita, de cabello negro y sedoso y unos ojos pequeños que resaltan en su cara morena. Es la mayor de los 7 hermanos Suruy y la madre de los 2 únicos nietos de Aura. Cuando Jéssica tenía 15 años era igual de bonita que ahora, su cuerpo frágil llamaba la atención de los hombres y sus labios finos y brillantes atraían miradas.
Miradas como las de Noé, que en ese entonces tenía 23 años.
Aura intentó alejarlo, su hija todavía era una niña, pero los consejos y los regaños de la madre no sirvieron de mucho. Noé se llevó a la pequeña de 15 años. Aura no sabía qué hacer y su primer impulso fue ir a la Policía a denunciarlo. Pero el padre del joven intervino: “Mejor que se casen”, propuso. Y ante la mirada aguada de su hija enamorada, Aura aceptó. Noé llegó a vivir a la casa de los Suruy y empezó a trabajar en una construcción cercana. Jéssica Suruy asegura que Noe siempre fue un buen esposo, que nunca le levantó la voz y que amaba a sus 2 hijos.
Pero Wendy no estaba de acuerdo con eso. Una tarde llegó empapada en lágrimas con su mamá: Noé le había tocado las piernas y le había dicho cosas soeces al oído. Aura lo enfrentó y el yerno negó todo con vehemencia. Pero Wendy no se retractó nunca. Aura no pensó que fuera a llegar a más, y le aconsejó a sus hijas que lo evitaran y que si les decía o hacía algo corrieran a contárselo.
Le creyó a la niña, Wendy no acostumbraba decir mentiras y en sus ojos asustados de aquella tarde Aura encontró miedo.
Luis
“El Güicho me amenazó”, dice el dependiente de una de las tiendas del barrio, vecina a la casa Suruy. “Entró y me dijo: dame dos cervezas, mañana te las pago. Yo le dije que no daba fiado y entonces sacó una pistola y me amenazó”.
Luis es hijo de un primo hermano de Aura, es decir, tío en segundo grado de las niñas. El testimonio de El Coche lo pone en el lugar de los hechos, pero también los relatos de otros testigos indirectos.
Un campesino, cuyo nombre no puede ser divulgado, se ha convertido en pieza clave. Él vio a los tres implicados muy cerca del lugar del hecho. Salió a eso de las siete de la mañana rumbo a su trabajo, y en el camino boscoso se encontró con El Coche y Luis, los seguía Noé con un machete en la mano. Al campesino le pareció que estaban borrachos y sintió miedo. Unos pasos más adelante se topó con las hermanitas Suruy, las saludó con la mano y siguió adelante. No vio a nadie más por esa zona y los horarios coinciden con el momento de la muerte de las pequeñas.
Los tres guardan prisión en Pavón. Están en una celda apartada, porque desde que los demás reclusos supieron el delito que se les imputaba, intentaron lincharlos. Noé y Moroni salieron magullados de un intento de “justicia” de sus compañeros de cárcel.
Los tres escribieron una larga carta a Aura en la que le ruegan que retire la acusación, “hágalo por nuestros hijos”, le decían. A lo largo de cuatro páginas cuadriculadas, los tres acusados piden clemencia, le aseguran que todas las noches le piden a Dios por ella y por sus demás hijos y le recuerdan que el padre de sus nietos está preso. “Nuestros hijos preguntan todos los días cuándo va a regresar su papá del trabajo”, argumentan. En ninguna de las líneas aseguran que son inocentes.
En los allanamientos se encontró algunos indicios que vinculan a los tres acusados con el crimen, aunque de momento no se puede revelar exactamente de qu'e se trata, para no entorpecer la investigación.
Hubo que exhumarlas a las tres niñas. “La exhumación fue por negligencia del Inacif”, de acuerdo a Pérez. No se habían guardado muestras de sangre de las menores y una de las conclusiones era solo “Alta sospecha de violación sexual’. Aura enterró, desenterró y volvió a enterrar a sus hijas.
En la ropa interior de Wendy, la niña mayor, se encontraron restos de semen. Los abogados sospechan que pertenece a Noé, el cuñado del que se quejaba la niña. El juez ordenó tomar una muestra a los tres sindicados, pero el abogado defensor detuvo el proceso. Argumentó fallos en el informe y pidió que no se realizara. “Eran cuestiones de forma, no de fondo, y por eso hubo que dar marcha atrás”, cuenta Edwin Peñate, el juez que lleva el caso. La Fiscalía tuvo entonces que preparar otro informe y solicitar de nuevo que les tomen la muestra.
Se programó la toma de muestras para el 25 de agosto pero tampoco se realizó en ese fecha, el juez estaba enfermo..
Tres pupitres vacíos
En la escuela El Manzanillo, de San Lucas Sacatepéquez, los 330 alumnos no pueden correr ni jugar pelota en el recreo. Su espacio se redujo inmensamente después de que 3 de sus compañeras fueran asesinadas. El enorme campo verde que está frente a la escuela no recibe más los pasos de los pequeños. La directora decidió no sacarlos, ahora viven con miedo y con los ojos puestos en cada niño. Se acaban de dar cuenta de que la región no es tan segura como pensaban.
En primero primaria, no se habla de Diana. La maestra ha descolgado sus trabajos de la pared y ha guardado sus cuadernos y exámenes. “La supervisora departamental dijo que lo mejor era que no les recordáramos a Diana a los niños”, dice la directora y por eso en la escuela es como si las hermanitas Suruy no hubieran existido. Para Vivian Martínez, la maestra, la niña que a cuatro meses de haber empezado el año ya había aprendido a leer, es un tema tabú con sus alumnos. Pero los niños la recuerdan, su mejor amiga, una niña alta y morena se acerca con la mirada sorprendida, igual de sorprendida que hace tres meses, “a Diana la mataron”, dice quedito. Los maestros de Heidi y Wendy fueron trasladados por motivos personales.
Nadie envió un psicólogo a la escuela, un profesional que ayudara a los niños y a los profesores a sobreponerse al crimen. Es imposible salir ileso después de conocer la muerte tan cerca, la violencia en su mayor expresión, el horror de una vida inocente arrancada de tajo. Todos los compañeros lo afrontan en silencio. “Hubiera sido bueno, creo que nos hubiera ayudado tener un psicólogo”, expresa la directora.
El psiquiatra que ayuda al hijo mayor de Aura lo paga la Fundación Sobrevivientes, el niño de 15 años no ha podido soportar la muerte de sus hermanitas. “La seño Norma Cruz y los abogados son ángeles que me mandó Dios, porque yo sin ellos no hubiera podido”, dice Aura.
Esos ángeles consiguieron quitarle el caso a la lenta Fiscalía de Antigua y reasignarlo a la Agencia 14, a manos de las fiscales Roxana González y Claudia Tijirix, cuyo trabajo ha dejado satisfechos a los abogados y a la madre.
Los investigadores han encontrado una debilidad y una fuerza en el pueblo. La fortaleza es que como es un cantón pequeño, muchos vieron, oyeron y saben. La debilidad es que casi todos son familiares y la ley les protege de declarar en contra de un pariente. Los habitantes de la casa que está a escasos metros del sitio donde mataron a las hermanitas huyeron de la noche a la mañana.
Se negaron a hablar con la Policía. Los parientes de Silva también dejaron Chicamán.
Pero a pesar del parentesco, la Policía ha logrado testimonios reveladores. Como el que indicó que el machete estaba escondido en el pozo de la casa de los Suruy. Cuando lo obtuvieron, corrieron a detener al cuñado de las niñas. No lo encontraron, había huido. Pero el pueblo pequeño lo mira todo y alguien sopló a los policías que Noé estaba en la carretera esperando la camioneta para irse a Quiché. Luis de León y compañía zumbaron hasta atraparlo. Unos minutos tarde y se hubiera fugado. El machete hundido en el pozo le pertenecía.
Aura se quebró al ver que estuvo conviviendo por cuatro años con uno de los presuntos responsables de la muerte de sus hijas. Jéssica no puede casi hablar del dolor. “Me hacen mucha falta las nenas”, dice en una jerigonza que sus lágrimas y su nariz tapada no permiten distinguir, “yo no sé si fue él o no. Esto me duele, yo no quiero pensar nada, no quiero”, recalca y sus dos niños, de dos y cuatro años, se aferran a sus piernas.
Aura trata de seguir viviendo por sus cuatro hijos. El menor, un niño inquieto de seis años que corre sin parar, que ríe y hace travesuras a cada instante. Casi no conoció a sus hermanas y es probable que de mayor no las recuerde. Pero intuye que algo está mal en casa cuando ve a su mamá empapada en lágrimas y cubriéndose la cara con las manos. “Yo esto no lo entiendo”, dice, “le he pedido tanto a Dios que me dé una explicación, porque no puedo entenderlo. Eran niñas inocentes, eran niñas”.
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