¡Cuánto quisiéramos que nuestros hijos pudieran transitar sin miedo por las calles de la ciudad! De hecho, en otras naciones sí es posible que los jóvenes circulen sin restricción. Sin embargo, esa libertad que experimentan no es suficiente, si no viene acompañada de responsabilidad. En las últimas semanas se ha reabierto el debate en España alrededor de la generalizada práctica del “botellón”, costumbre de consumir bebidas alcohólicas, acompañadas o no de comida, refrescos, tabaco u otras drogas, en grupos numerosos en la vía pública. La sociedad ha permitido que los jóvenes, incluso los menores de edad, se vayan de farra, se diviertan sin ninguna supervisión y se apoderen noche tras noche de plazas y avenidas. De esta cuenta, tanto en las urbes como en los pueblos pequeños, las primeras luces del amanecer son testigos de jóvenes que trastabillan, luego de una noche de excesos y desvelo. Esta imagen viene de la mano de la de los trabajadores municipales limpiando los desechos y recolectando los vidrios rotos, producto de tanta botella tirada de manera despreocupada e intencional al suelo. Las ventanas herméticamente cerradas en los vecindarios también evidencian el clamor ciudadano por recobrar el silencio y la paz nocturna.
Madrid fue foco de atención hace escasos días, luego de que un botellón en Pozuelo de Alarcón derivó en una serie de desórdenes públicos, desde la quema de carros, hasta el enfrentamiento entre jóvenes y elementos de la Policía. El lamentable suceso ha motivado una reflexión colectiva sobre los límites que es necesario establecer para propiciar un uso responsable de la libertad y para que estas fiestas no se salgan de control. Algunos atribuyen el problema al fracaso de la educación que brindan la escuela y la casa. Cuando se educa sin sentido de límite, es difícil pretender que cuando crezcan, los jóvenes no quieran siempre salirse con la suya. La libertad se ha confundido con mera autonomía, sin responsabilidad. En último extremo, es una manifestación de la ausencia de valores, que ignora y desatiende los derechos de los demás.
Para nosotros, la imagen de ver salir a nuestros hijos a celebrar en la calle es inviable, pues la inseguridad nos acecha y nos ha maniatado. Aun así, buscando aprender de las experiencias de otros, en sociedades más prósperas que las nuestras, un manejo equivocado de la añorada seguridad ha permitido que los menores ejerciten irresponsablemente su libertad, muchas veces con excesos recurrentes, como los de los mencionados botellones. Que los jóvenes puedan pernoctar en las calles y avenidas no simboliza necesariamente bienestar. Como todo en la vida, es indispensable alcanzar el justo equilibrio.
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3 comentarios:
pepe rubio: (2009-09-18 18:00:01 horas)
Para carlos avila (Así en minúsculas y con falta de ortografía, como él ha escrito):
Decia G. Marx que "Más vale tener la boca cerrada y parecer tonto, que abrirla y confirmarlo"
Manuel Aler: (2009-09-18 16:27:06 horas)
En Guatemala ya se emulan, burdamente, esos "botellones" en lugares como Cuatro Grados Norte y "Pana".
Los nenes y las nenas, libres de papi y mami (que se los zafan para poder ir sus propios botellones) se sienten Europa. La policía, lejos de cuidarlos o poner orden, solo llega para cobrar su cuota (saben que ahí, hay fichas).
carlos avila: (2009-09-18 10:46:03 horas)
España ha sido siempre particular, recuerdo a la España de Franco, se decía en el resto de Europa que Africa empezaba en los Pirineos, yo aún lo creo, los españoles son tan africanos como el retraso mismo. Cuando murió Franco y a los españoles les dieron "libertad", como la que tiene el resto de Europa, los españoles no entendieron lo de "libertad" y lo confundieron con "libertinaje" y por eso creen que hacer despelotes es normal, pero eso es cosa que los jóvenes del resto de Europa no hacen, aunque así haya pequeños grupos en Inglaterra u otro país que haga cositas así, pero no como los españoles y españolas que están más perdidos que los hijos de la llorona .
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