El lago de Atitlán es absolutamente rescatable, sostienen los expertos, y es probable incluso que en diciembre, cuando las aguas hayan vuelto a enfriarse, la mayor parte de las algas que han proliferado por estos días desaparezca sin más. Pero nada de eso debería engañarnos. El lago se encuentra ya tan dañado por el excesivo número de personas que vive en su cuenca, por la cantidad de drenajes vertidos en sus aguas y por la irresponsabilidad con la cual es tratado por autoridades nacionales y locales, así como por sus habitantes permanentes y ocasionales, que la cianobacteria volverá de nuevo a aparecer una y otra vez.
La cuenca del lago de Atitlán sostiene 10 veces más de la población recomendable para mantener en óptimas condiciones un ecosistema tan frágil. En lugar de los 40 habitantes por kilómetro cuadrado que idealmente deberían habitar en sus orillas, hay hasta 450 personas por kilómetro.
En parte, por eso el lago de Atitlán recorre la ruta de la destrucción que llevó al de Amatitlán a convertirse en un depósito maloliente desde hace tiempo. Lo mismo ocurre con todos los cuerpos de agua y ríos de este país. Baste ver al río Motagua, contaminado a diario por las heces de los capitalinos sin que alguien diga, agua va.
La cantidad de fosfatos y nitratos que se acumulan en el embalse del Atitlán es gigantesca. Provienen de las aguas servidas, de los meados y las heces que en lugar de ser procesadas en plantas de tratamiento, se vierten en las aguas cristalinas y frías de ese inmenso agujero que algún día se abrió a causa de un cataclismo.
Estos elementos actúan como abono para especies de algas como la que hoy genera tanta alarma. La enorme profundidad del lago había evitado hasta hoy que la contaminación se manifestara antes de manera tan notoria, pero se encontraba ahí desde hace rato. Un factor más: el calentamiento de las aguas ha propiciado también que por estos días proliferaran las algas.
La causa principal del daño que se le hace al lago de Atitlán puede corregirse sin duda y debería hacerse sin dilación. Es necesario impedir que un sólo drenaje más desemboque en el lago. Eso se dice fácil, pero requiere de un plan determinado para lograr su cumplimiento. Y por supuesto que requiere de financiamiento para que las municipalidades construyan todas sus plantas de tratamiento de agua y sus sistemas de manejo de desechos sólidos. Requiere de una autoridad que sin miedo y con rigor obligue a todos, hoteleros, dueños de chalets, humildes habitantes de rancho, a todos, a construir los mecanismos esenciales para manejar sus residuos.
Lo más penoso es que ni los habitantes permanentes ni ocasionales del lugar, ni las autoridades locales, como los alcaldes, o las nacionales representadas por el gobernador, los diputados, la Autoridad para el Manejo Sostenible del Lago, o el Ministerio de Medio Ambiente, parecen suficientemente concernidos respecto a este tema. Todos han dejado que transcurra demasiado tiempo sin hacer lo esencial. Todos se inculpan entre sí, aluden a la inexistencia de leyes y hablan de lo mal que han hecho las cosas sus antecesores o lo difícil que les resulta a ellos cumplir con su cometido.
Lo que se necesita de una vez por todas es que alguien asuma la responsabilidad y fuerce a todos a cumplir su parte.
Ojalá y una vez resuelto lo más urgente, que es detener el vertido de aguas servidas al lago, se siga adelante con el saneamiento de las poblaciones de la cuenca, a cual más fea e insalubre. Que se reforeste el lugar. Que se regule el uso de su territorio. Que se planifique su crecimiento económico y se discuta el volumen de población en su cuenca. Que se deje de matar de a pocos al lago.
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