Atitlán ha pasado de paisaje de postal inmutable a imagen de catástrofe ecológica.
Atitlán ha pasado de paisaje de postal inmutable a imagen de catástrofe ecológica. La paleta de azules ha cambiado al tinte cianobacterioso de matices radioactivos, que lastima el orgullo nacional. El panorama es desolador y nos confunde.
La gran paradoja es que ya se tenía una idea de lo que podía suceder desde 1976, pero la belleza contaminada no nos afectaba. La naturaleza estaba lejos, era un escenario de fin de semana y el mito podía más que la anunciada agonía. En medio de las crecientes cantidades de porquerías seguíamos afirmando que Atitlán era y es el lago más bonito del mundo.
Ahora, entre la alarma y la preocupación, la sociedad civil siente culpa. La constante de los últimos días ha sido repartir la responsabilidad del desastre hacia todos. Por primera vez nadie se ha atrevido a sacar el trillado argumento de la ecohisteria, a cambio hay un consenso que vislumbra un código ético de incumbencia ciudadana y hasta hay ánimo para organizarse. Lamentablemente con eso no concluye el drama. La conciencia colectiva resulta frágil si no se suma al derecho de exigir el cumplimiento de las restricciones en favor del ambiente, que es algo muy concreto y atribución directa del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales, primera entidad del sector público a la cual le corresponde proteger los sistemas naturales. Y aún hay más. En esta cadena alimenticia de responsabilidades hemos sido lentos en no distinguir los efectos de algo aún más voraz que el napalm. Ana Cofiño lo definía como el triunfo del espíritu de conquista que ve a la naturaleza como un objeto del que es preciso adueñarse para extraerle lo que tenga y convertirla en mercancía. Para una sociedad donde la desigualdad y la preeminencia del poder económico son la norma, cualquier esfuerzo para proteger recursos queda en el olvido si no son negocio. Porque median los intereses económicos, no hay nada que nos garantice que habrá un alto a la distribución de fertilizantes o a la importación de pesticidas producidos en Estados Unidos; prohibidos en el imperio pero de venta libre en el Tercer Mundo. Peor aún. No hay señales claras de lo que será el papel del mencionado Ministerio frente a las empresas privadas de minas, explotación de petróleo o cementeras. ¿La medida de su compromiso? La condescendencia con discursos de publicidades engañosas que nos venden la idea de progreso y desarrollo.
Atitlán es uno de los recursos más lucrativos del sector turístico. La gallina de los huevos de oro no vivía en Amatitlán; el balneario de la clase baja capitalina. Si esa es la pauta para decidir qué merece ser protegido o qué no, la visión de futuro da escalofríos. Sólo queda rezar y decir: ojalá que ese vínculo sentimental con el lago –al menos– logre desprogramar algunos paradigmas. Para comenzar, nuestra eterna manía de romantizar la naturaleza. Lo cual siempre está a punto de ser sinónimo de sublimación de nuestras cacas.
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