El Maximón de Santiago Atitlán fascina, porque debajo de la máscara no hay rostro. No hay nada.
Si alguna moraleja se puede sacar del mito de Narciso, esta tiene que ver con la inconveniencia de identificarnos con la imagen que nos devuelve el espejo, pues esa identificación corre el riesgo de convertirse en una fascinación abismal de fatales consecuencias, cuando el sujeto, atrapado por la creencia de que es igual a su reflejo, se ve deglutido por este al extasiarse mirándose en él, y acaba fundido con su mejorada réplica para así convertir en nada su imagen y su persona. Es lo que le pasa a Lida Sal cuando se prenda de su gloriosamente mestizo traje de “perfectante” y cae al lago.
En la vida real, el peligro de identificarnos con la imagen que nos formamos de nosotros mismos quizá no tenga las consecuencias mortales del mito, pero en tanto que nuestra imagen no somos nosotros sino sólo nuestro reflejo invertido, bien vale la pena preguntarnos quiénes somos sin la máscara que los otros (nuestros espejos) nos colocan sobre el rostro para darnos un nombre y así diferenciarnos. Pretender que nuestra imagen y nosotros somos la misma e idéntica cosa y no darnos cuenta de que la identidad es una ficción, nos hace andar por la vida eternamente disfrazados de lo que no somos, creyendo a pie juntillas que somos el disfraz.
Por eso el Maximón de Santiago Atitlán fascina. Porque debajo de la máscara no hay rostro. No hay nada. Tampoco tiene cuerpo ni consistencia alguna debajo de las estacas y los trapos que lo conforman. Con ello pareciera decirnos: “Somos la máscara, eso es lo único que pobremente sabemos. Pues es de la máscara, de la imagen, del reflejo, que sacamos nuestro sentido de mismidad. Para conocer lo que hay más allá hace falta trascender el espejo, y para lograr esto hay que superar la identidad en lugar de engolosinarnos con ella. El precio a pagar por esta osadía de conciencia es alto, aunque si logramos reponernos de la caída podremos a la vez alcanzar una forma superior (por más consciente) de existencia. Ahí está Kukulkán para probarlo. A él, sus enemigos le regalaron un espejo para hacerlo sucumbir en la vanidad, y lo lograron. Antes del espejo él no sabía que tenía rostro, identidad. Al llegar a creer que él y su identidad eran lo mismo, cayó, como Narciso, víctima de su propio engaño. A pesar de esto, no tenemos más remedio que asumir la identidad, la máscara. Pero sólo como una oportunidad para ir más allá de nuestro rostro reflejado y así descubrir quiénes somos de verdad. Esto fue lo que hizo Kukulkán para redimirse al descubrir que lo que hay más allá de la imagen tiene poco que ver con ella, con la identidad”.
La identidad sólo puede forjarse ante el espejo que son los otros, y por eso la imagen resultante no nos corresponde. Es un reflejo en el cual creemos, un atributo adjunto que nos sirve para diferenciarnos, como la ropa. Nada de anómalo hay en ello. Fatal sería percibir el reflejo, la imagen, la identidad como algo esencial y dado por los dioses, y no construido por nosotros. Pues al identificarnos con la imagen nos pasa lo que a Narciso y a Lida Sal: el reflejo nos devora como la luz al insecto y nos impide saber quiénes somos de verdad, ya que al sólo creernos la imagen, deshistorizamos su construcción y renunciamos a explicarnos los procesos concretos que nos llevaron a percibirnos de esta o aquella manera.
La máscara de Maximón no oculta un rostro porque es Kukulkán redimido. Ya venció a sus demonios y no requiere de espejos para saber quién es ni para transfigurarse en su contrario cada vez que le da la gana.
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